Desde el primer día en que me vi cara a cara con Claudio Boada, a principios de los años sesenta, hasta que nos despedimos antes de las vacaciones veraniegas, hace cuatro meses, han pasado 45 años.

Casi medio siglo de relaciones, que empezaron siendo simplemente comerciales y terminaron transformadas en una íntima amistad. Empezaré por detallar los perfiles del Claudio que todos guardamos en la memoria: inteligente, eficaz, honesto, familiar, gran conversador, espíritu burlón, buen amigo, ayudando siempre al que necesitaba su apoyo. And last but not least el mejor catalán que yo he conocido y, en todo momento, un gestor empresarial fuera de serie.

El aspecto más destacado de Claudio, para el gran público, ha sido siempre el de un gran directivo de empresa. El presumía de su papel de gestor, en el que era consciente de su valía y, por el contrario, le gustaba dejar bien claro que nunca le interesó tener su propia empresa, es decir, ser empresario, porque siendo gestor veía satisfecha su vocación más esencial: mandar.

Pronto me di cuenta y admiré su facilidad de comunicación con cualquiera. Esta facilidad le permitía sentirse como pez en el agua con blancos y negros, con izquierdas y derechas, con ateos y creyentes; tarea en la que su particular sentido del humor le ayudaba mucho para caer bien a todo el mundo, estuviera o no de acuerdo con él. Otra de sus cualidades era su habilidad como negociador. He sido testigo de algunas situaciones en las que acudía a negociar como seguro perdedor y de las que, pese a todo, retornaba vencedor.

Recordaré una anécdota que sólo conocí muchos años más tarde y que refleja muy bien el carácter de Claudio. Trabajaba él entonces, joven ingeniero, en SACA, una empresa del INI que fabricaba maquinaria agrícola. Acudió de visita a la fábrica el presidente del INI, Juan Antonio Suances, un mito de la época para todos los directivos del holding.

Suances debió sacar una buena impresión porque una vez terminada su inspección, se dirigió al director preguntándole: Óigame Boada, ¿qué planes tiene Vd. para el futuro? El joven Boada con el natural desparpajo que tuvo siempre y prodigó toda su vida, disparó a bocajarro: Pues mire Vd. presidente. Lo que a mí me gustaría, de verdad, es llegar a sentarme en su sillón.

Sana ambición
Obviamente, Suances no le hizo caso, pero le impresionó el carácter y la decisión que se escondía detrás de aquella respuesta. Y quizás por ello, poco después, Claudio subía unos peldaños más en la escala jerárquica del INI, y pasaba a dirigir la fábrica de Pegaso en Barajas en su calidad de director gerente de Enasa.

Fue allí, en su despacho de Barajas, donde tuvo lugar nuestro primer encuentro. Cuando en 1966 me volví a encontrar con Claudio, yo había pasado al sector público y preparaba, en el II Plan de Desarrollo, el Plan Siderúrgico Nacional. El presidía entonces Altos Hornos de Vizcaya (AHV), donde había llegado a instancias del ministro López Bravo, que conocía bien su historial y la brillantez de su gestión en Enasa.

El problema que el ministro puso en sus manos fue uno de los más difíciles de su dilatado historial: sanear aquella empresa, buque insignia de la industria del País Vasco. El saneamiento de Altos Hornos fue una típica operación made in Boada. Se rodeó de buenos profesionales, de su absoluta confianza, cambió lo que había que cambiar, se hizo respetar y llevó a cabo una espléndida labor.

Años más tarde, siendo yo ministro de Industria, me enfrenté con la necesidad de sanear el INI, tanto desde el punto de vista financiero como de la simple gestión empresarial en el holding y en la mayoría de sus empresas. Cuando voy diseñando el perfil del hombre más adecuado para llevar a cabo esa tarea, lo que va apareciendo en el papel es la inconfundible silueta de Claudio Boada. Le hice entonces la propuesta de presidir el INI, sin saber en aquel momento que esa era su mayor ambición.

Me dijo que lo tendría que pensar –cauto él, como siempre– y cuando a los dos días volvió con la respuesta que yo esperaba, me preguntó si tendría libertad para escoger a sus más directos colaboradores. Le dije que esa elección era responsabilidad suya. Durante los cuatro años que duró nuestra colaboración en el Ministerio, nuestro entendimiento fue perfecto.

A Claudio le gustaba mandar, pero siempre guardó mucho respeto por lo que él llamaba “la superioridad”, siempre que ésta le dejara amplios márgenes de libertad para desarrollar su trabajo. De hecho, podría hacer suya la frase que yo había oído tantas veces entre contratistas en los primeros tiempos de mi vida profesional: “En cuestiones de criterio, siempre tiene la razón el que está en el Ministerio”. Claudio, acataba aquel dicho a rajatabla.

Pablo Martín Aceña y Francisco Comín en su obra “INI, 50 años de industrialización en España”, relatan así nuestro trabajo en el Instituto: “...el tandem López de Letona-Boada consiguió remozar el holding y transformar un grupo formado por un conjunto de empresas en ruinas en una corporación con beneficios y sociedades viables, gestionadas con criterios similares a los comunes en empresas privadas”.

Veintiocho días después de dejar yo el Ministerio, en la crisis obligada por el asesinato del Presidente del Gobierno, Almirante Carrero Blanco, Claudio presentó su dimisión en el INI. Pocos meses más tarde era nombrado presidente de Ford España, y siete años después dejaba la compañía al ser designado por el Gobierno presidente del Instituto Nacional de Hidrocarburos.

El último hito de su trayectoria de gran gestor tiene lugar en la última operación de saneamiento para la que fue requerido. Desde la presidencia del Banco Hispano Americano, llevó a cabo una notable tarea hasta colocar de nuevo a la histórica entidad financiera en la línea de beneficios que haría posible su posterior fusión con el Banco Central, para constituir el BCH. Claudio anunció con anticipación que dejaría la presidencia del banco al cumplir los setenta años, como estaba establecido. Cerró así una trayectoria profesional jalonada de éxitos.

El BCH le nombró Presidente de Honor pero su jubilación fue solamente de iure pero no de facto. No sabía estar sin trabajar, y su nueva situación le permitió dedicarse más a lo que eran sus gustos y sus preocupaciones: La Asociación Nacional Contra la Droga, la Fundación Dalí, la Fundación Príncipe de Asturias y, por último, lo que le produjo una de sus mayores satisfacciones: CUNEF.

Claudio Boada, nacido en Cataluña, catalán ejerciente hasta la médula, catalanoparlante en familia, fue la perfecta encarnación del seny, es decir, de la cordura, el buen juicio y el sentido común. Disfrutaba navegando, y si era al timón y con la mar un poco movida, mucho mejor. Y disfrutaba, sobre todo, con la vida familiar. Su vida privada era sagrada y la cuidaba con esmero. Se encontraba muy bien entre los jóvenes, le gustaba escuchar sus puntos de vista sobre cualquier tema y debatirlo.

A veces surgía en nuestra conversación el tema de nuestros hijos y cómo tratar las diferencias y los problemas provocados por la evolución de las costumbres, el modo de vida de los jóvenes de hoy, o la manera de tratar y aconsejarlos sobre los problemas que les planteaba su trabajo. “Mira –decía– con los hijos, al final, lo mejor es ponerte de alfombra”. Esta frase resumía su máxima: cualquier cosa es mejor que perder su confianza, aunque no le gustara mucho ceder en sus posiciones.

Son dos los principales factores que transforman un trato pasajero en una sólida amistad: la mayor frecuencia de los contactos y el descubrimiento, con ellos, de afinidades y puntos comunes. Estas circunstancias se produjeron, en nuestro caso, como consecuencia, primero, de estar obligados a encontrarnos porque el puesto que desempeñaba cada uno de nosotros nos incitaba a ello, como sucedía por ejemplo en la etapa Plan de Desarrollo, AHV, INI y Ministerio de Industria. O porque nos sentábamos en una misma mesa como sucedía en Ferrovial, Círculo de Empresarios y APD.

Estoy seguro de que hoy todos nos sentimos cerca de él unidos por un afecto que siempre perdurará. Querido Claudio: los que te hemos conocido de verdad, tus amigos, no te podremos olvidar. No te queremos olvidar.

José María López de Letona y Núñez del Pino. Presidente de Honor del Círculo de Empresarios.

(Resumen de la intervención en el homenaje a Claudio Boada Vilallonga organizado por CUNEF, APD y Círculo de Empresarios el martes 28 de noviembre de 2006)