Los separatistas vascos, también llamados independentistas y soberanistas, con etabatasunos como punta de lanza, han dirigido alguna mirada de curiosidad al llamado “referéndum gibraltareño sobre el derecho de autodeterminación”. Que respecto a una colonia de treinta mil habitantes, usurpada a España en uno de los momentos mas deprimidos de nuestra historia, digan ahora algunos, que ha votado sobre su autodeterminación, es algo que equivale a un sarcasmo. Gibraltar no puede autodeterminarse porque carece de soberanía para organizar un referéndum de esa naturaleza, ni de ninguna; pero es que además al Reino Unido no le interesa un experimento de ese tipo ni por ahora violar descaradamente el Tratado de Utrecht que concede a España, si Londres se marchare del Peñón, la primera opción para recupera esa parte del territorio nacional.

A los vascos separatistas, como también a los catalanes de idéntica inclinación, les hubiera agradado que Gibraltar hubiese conocido el éxito verdadero de ese llamado referéndum. Pero, en primer lugar, no se votaba una Constitución, como pretendía Peter Caruana, sino una carta otorgada por la reina inglesa, lo que en el idioma de Shakespeare se denomina “order in council”. O sea, que ni el referéndum era referéndum ni la supuesta Constitución era una Constitución. A favor de la “order in council” votó un 60,24 por ciento de los habitantes de Gibraltar y en contra un 37,25. Y si se tiene en cuenta que los electores, como queda indicado antes, apenas rebasan los treinta mil, el reparto no puede resultar más ridículo.

Peter Caruana pidió el voto en apoyo de su idea, mientras Bossano, el otro líder “llanito”, sugirió el voto de conciencia, que no parece un estímulo entusiasta. De todos modos, los gibraltareños han montado un supuesto referéndum para intentar “demostrar” que son cada vez más libres y más suyos. El resultado no ha sido una Constitución de independencia, sino una “carta” evasiva. En realidad, si pudieran, los habitantes de Gibraltar no concederían al Reino Unido el divorcio, y siempre dirían que no lo hacen por culpa de España, en cuyas “garras” no desean caer mientras vivan con la confortabilidad con que viven, ordeñando la vaca hispana y disfrutando de las prerrogativas que le concede su antigua y actual metrópoli.

En realidad, los “llanitos”, que veranean a lo grande en Sotogrande, muy cerca de su territorio colonial “a la carta”, pueden ahora sacar pecho; pero no por esta ficción de referéndum, sino porque el 18 de septiembre de 2006, hace poquísimo tiempo, después de cinco rondas de conversaciones hispano-británicas, se acordó en Córdoba algo así como que Gibraltar es parte en el pleito. Obtuvieron el compromiso de un paquete de acuerdos dirigido a fomentar el desarrollo económico-social del Peñón y de su entorno. Entre otras ventajas lograron un “status” para el aeropuerto de la colonia, asentado sobre una plus de territorio español usurpado al margen del Tratado de Utrecht, que como tal aeropuerto se hacía competitivo respecto al de Jerez y al de Málaga.

Vascos y catalanes han envidado a Gibraltar delegaciones de hermanamiento porque –dicen—sufrimos el mismo problema como parte de la península ibérica.

A los vascos hay que oírles llorar. Québec ya es nación dentro de Canadá, aunque se mantenga, por supuesto, la federación canadiense, y los independentistas vascos invitan a tomar ejemplo en todo aquello que dialécticamente les beneficia para mantener viva la llama que todos sabemos. Y, naturalmente, citan y recitan a Irlanda, a Sudáfrica…

En cambio, ironizan, Zapatero se esfuerza en reflotar el diálogo israelo-palestino, y no el que debería reflotar. Lo quieren todo. Está claro.