Hay estos días un cierto miedo en el ambiente con respecto al polonio 210, que es un elemento altamente radiactivo y muy peligroso en las distancias cortas, pero no tanto cuando hay una capa de aire entre el mismo y cualquier persona.
Las células de nuestros cuerpos se reproducen constantemente. Cuando las moléculas del ADN reciben mucha energía se recombinan en las nuevas células de manera distinta de las originales y así pueden reproducirse a alta velocidad, quitando al resto de las células la energía disponible, produciendo la muerte de las mismas en lo que es la definición de cáncer.
El polonio emite partículas alfa que tienen mucha masa. Las altas velocidades con que son emitidas les confieren una gran energía. Pero al mismo tiempo son tan grandes que las moléculas del aire las capturan en distancias muy cortas. El peligro para los seres humanos sólo existe si hay altas dosis de partículas alfa muy cerca de los tejidos, esencialmente en el interior del cuerpo. Las partículas alfa sobre la piel no son peligrosas, pues la epidermis consta esencialmente de células ya muertas que protegen al cuerpo de la entrada al mismo de sustancias nocivas. Su peligro sobre la piel deriva de que puede acercarse a la boca o la nariz e introducirse en el interior del cuerpo.
El polonio es letal en el cuerpo humano y peligroso sobre la piel, pero deja de serlo a una pequeña distancia del cuerpo humano. Su introducción en él, a través de las vías respiratorias, de la ingesta o de alguna herida es mortal incluso en cantidades realmente muy pequeñas.
Antonio Ruiz de Elvira es catedrático de Física Aplicada en la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid).
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