Ilustración de Juan Barjola en la portada, sobre fondo negro y con tipografía blanca: Edad. Las anotaciones de la primera página, mi nombre y apellidos, una fecha, indican que compré el libro seis años atrás, aunque su aspecto -el propio de los volúmenes que, una vez descubiertos, subrayan y vuelven a abordar de forma incansable- parece multiplicar el tiempo de permanencia junto a mí. Especialmente durante los últimos dos, tres años, los poemas de Antonio Gamoneda -reunidos de manera más completa, por actualizada, en Esta luz, merced al espléndido trabajo de Miguel Casado- me han acompañado no sólo frente a mis propios textos, sino -sobre todo- en mi día a día, como bálsamo y revulsivo en horas bajas.
Y ahora tecleo con Esta luz aún más cerca, de la estantería de mi dormitorio a la mesa de trabajo, festejando con su proximidad la concesión merecida, justa y necesaria, del Premio Cervantes a Antonio Gamoneda.
Pese a que nuestras poéticas ocupan -en apariencia- lugares diferentes, lo cierto es que Gamoneda es uno de mis autores de referencia, y me resulta complicado explicar qué y cómo escribo eludiendo su magisterio. Durante la escritura y corrección de mi último poemario, cuando el tono y el tema buscaban afianzarse, la relectura de sus poemas contribuía a clarificar mis objetivos: no hablo de mímesis, sino de guía, de modelo, de luz, en cierto modo. Yo concibo la poesía de Antonio Gamoneda como un juego de espejos enfrentados: lejos de la oscuridad y dificultad preconcebidas -que no son sino, a mi modo de ver, reinvención del lenguaje, edificación de un mundo propio, en el que cada palabra cobra un nuevo y más hondo significado-, su poética constituye una experiencia intensa, llena de vida, exultante. Antonio Gamoneda aborda la existencia desde la conciencia de la muerte, del tiempo como mero tránsito, y escarba en el dolor para conseguir una aguda tensión entre tristeza, penumbra, hermosura y placer. Devasta el resultado, sí, porque no pone las cosas fáciles y obliga a la reflexión, invita a que otorguemos una interpretación nueva, quizá distinta, propia al fin y al cabo; a que construyamos, en resumen, nuestra propia memoria.
Blues castellano -de inminente reedición en Bartleby- y Cecilia, en dura pugna con Descripción de la mentira y Libro del frío, son los libros suyos a los que yo, como lectora, me siento más cercana, y que más disfruto. Ambos demuestran que Gamoneda no es un poeta inaccesible; quizá no fácil, pero sí agradecido, riguroso, esencial -en dos sentidos: despoja su poesía, y aporta multitudes-, meticuloso con su expresión y testigo de cuanto sucede. Sus poemas zarandean y emocionan, dan la mano -más allá de generaciones y circunstancias- al lector.
Aquí reside la magia de su escritura: es inteligente y sublime, vuela alto, pero mantiene los pies en la tierra, mira alrededor, conmueve y se conmueve, canta. Así, frente a aplausos y reconocimientos, permanecen las palabras de Antonio Gamoneda: luminosas, verdaderas, mayores.
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