EL NUEVO ESTILO DE GOBIERNO DEL TRIPARTITO
Por mucho que en el Govern repitan bastantes consellers, no crean al pie de la letra los titulares de periódicos que hablan de continuidad. Eso es únicamente una manera de hablar. Algunos aluden a la continuidad con cierta ingenuidad, pero, en el fondo, es mayoritariamente un argumento de mala leche emitido por quienes desean que se repitan las estridencias del anterior Govern de izquierdas. Pero si atendemos al eslogan favorito de José Montilla, Hechos y no palabras, tal como ha ido la gestación de la Entesa, tal como han empezado a expresarse el nuevo president y sus socios de Govern, hay indicios concretos de que, de continuidad, nada.
La oposición lo sabe. De golpe, han desaparecido las sonrisas de suficiencia que abundaban antes del debate de investidura. Pende sobre las cabezas de la oposición el temor a que puedan ser, de momento, cuatro años. Hace solo tres meses, esa misma oposición estaba eufórica porque el contrincante electoral era Montilla en vez de Pasqual Maragall. Miopía. Le parecía tan fácil machacar al cordobés que aspiraba al cargo de Macià, Companys y Tarradellas, que en vez de intentar ganarle, decidió buscar arrollarle por goleada a través de un plebiscito. Ya sabemos lo sucedido: la oposición perdió el plebiscito y ya no le fue suficiente la mera victoria relativa.
A pesar de esa lección, la oposición persistió en sus errores de cálculo. Cuando Montilla empezó a hablar, con los votos necesarios del Parlament en el bolsillo, continuó el ninguneo. Creía a pies juntillas en el hilo conductor del Polonia, de TV3, magnificando sus limitaciones al expresarse en catalán y su rigidez como orador. Pero, de forma particular, la oposición esperaba un espectáculo en la negociación entre PSC, ERC e Iniciativa. Confiaba en el efecto Iznájar. Que la falta de pedigrí catalanista de Montilla acabaría haciendo crujir las entrañas de Carod, Puigcercós y Saura como en el fondo remueven las tripas de amplios sectores del nacionalismo burgués.
Esa visión era fruto de otra miopía. Carod y compañía creen más en lo que ellos mismos dicen sobre el catalanismo popular de lo que sospechan en CiU y el PP. Además, Montilla es un especialista en desbordar por la izquierda. Ya está en las hemerotecas que ha puesto como prueba de que el catalán necesita protección su propio acento tosco. Asimismo, las actas del Parlament recogen su definición, hecha ante la mirada de su padre y su madre, de que Catalunya es ahora su patria; de que no lo es por sus antepasados, sino por sus descendientes, un mensaje con particular enjundia ahora que vivimos la segunda y definitiva oleada de inmigrantes.
HAY DIVERSAS claves que confirmarán que no estamos ante una continuidad. Montilla, un hombre de izquierdas que cree en los esfuerzos colectivos, no es el individualista Maragall. Eso es importantísimo. El PSC no actuará con el primero como lo hizo con el segundo. Tampoco Carod y Esquerra se comportarán de la misma manera con este president, que, por su parte, buscará en ellos la máxima complicidad horizontal que le permita la autoridad final de su cargo. Las lecciones aprendidas durante tres años engrasarán estas predisposiciones a ir en equipo, que son notablemente mejores y más maduras que las que había en el Tinell. Que conste que Maragall ha acabado pagando una factura que no era exclusivamente suya, y no solo deja el Estatut que Jordi Pujol nunca consiguió, sino que, ahora que ha salido de escena, brota la evidencia de que inició un giro social en la Generalitat que, en sí mismo, si requiere continuidad.
Una de las verdades o mentiras a medias que se difunden ahora es que Montilla ha llegado a su actual cargo gracias a la apertura de miras que le dio Pujol al catalanismo. Sí, pero no exclusivamente. La lucidez del fundador de CiU fue entender que el nacionalismo no podría ser hegemónico si no era integrador. Pero Montilla es mucho más hijo político de todo lo que han hecho y encarnado el PSC y Maragall que de ninguna otra formación o persona. La prueba del nueve la ha dado Felip Puig con su mensaje de que, con Montilla, la Generalitat se parecerá a una simple diputación o a una autonomía del montón. Y es que, para el imaginario de algunos nacionalistas conservadores, la integración de la que hablaba Pujol era necesaria o quizá inevitable, pero manteniendo unos límites que ahora se han transgredido.
LA SERIEDAD y discreción durante la negociación del Govern no es continuidad. Menos aún los cambios conceptuales de algunos departamentos: que Benestar i Família pase a ser Acció Social i Ciutadania, o que Agricultura sume los conceptos de Alimentació y de Acció Rural, o que se subraye que la innovación y la vida empresarial son inseparables de la universidad, me parece prometedor. Que alguien tan poco sospechoso como Carod, cuyo partido tendrá la máxima responsabilidad en la cultura y la defensa del catalán, esté explicando por activa y por pasiva que hay que despolitizar la lengua y reforzar su carácter de herramienta comunicativa, es una inflexión interesante cuando los únicos que estos días han removido esa cuestión en el Parlament han sido el PP y Ciutadans. No, no creo que estemos, por fin, delante de ninguna continuidad. Y es Montilla quien encarna el giro.
Decían de él que era inexpresivo, pero en las pocas semanas que han transcurrido desde las elecciones, su figura y su perfil propio están expresando muchas cosas.

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