GAMONEDA, PREMIO CERVANTES
Desde hace muchos años, la obra de Antonio Gamoneda ha impuesto su presencia, al tiempo con lo que en el vocabulario de la crítica literaria anglosajona llamaríamos su autoridad verbal y también su autoridad moral. Aunque todo es fortuito en apariencia, nada lo es quizá en lo profundo y no me parece casual que el premio a Gamoneda se haga público el mismo día en que se inaugura una nueva exposición de Tàpies, con el que en momentos distintos Gamoneda y yo hemos colaborado y que ha sido siempre un ejemplo de rigor y depuración, paralelo al que todo poeta debe proponerse.
Solitariamente, a sabiendas alejado tanto del aparente epicentro literario como del ilusorio epicentro geográfico y administrativo, Gamoneda ha construido con tenacidad y pasión por la palabra un universo autónomo que se impone por su coherencia interior y por su indeclinable vocación exploradora y autointerrogativa.
Cada palabra, aquí, es a la vez fulguración y cristalización, con algo de mineral y de relámpago a un tiempo; tempestad de fonemas y de imágenes que el lenguaje genera al generarse a sí mismo; es decir, ser y evolucionar de la verdadera poesía.

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