CANELA FINA

José Luis Rodríguez Zapatero ha designado a Antonio Gamoneda Premio Cervantes 2006. De los once miembros del Jurado, ocho están nombrados por el Gobierno. En mi artículo de ayer en El Cultural, La farsa del Cervantes, denunciaba yo la politización del premio. Dicho esto, que así lo exige la honradez intelectual, la elección ha sido magnífica. Yo hubiera votado a Gamoneda y para que no haya dudas reproduzco a continuación algunas de las cosas que sobre él he escrito mucho tiempo antes de que ganara el Cervantes.

«El poeta mira sus ojos en el instante de la nieve mientras gime sobre las tejas que se abrasan. Le azota el huracán de la melancolía, pues ella, la amada, es la confusión de los párpados, la sombra en el hueco de las manos, la juventud caliente de la risa, el llanto en el vacío, el rojo corazón desmenuzado, la garganta llena de luz, la piel inconfundible, ungida por la serpiente portadora de grillos y de umbrías.

»Aparece a ráfagas Lorca, esta luz, este fuego que devora, el Lorca de los Sonetos del amor oscuro, entre las ruinas de su pecho hundido, entre los escombros de la inteligencia. La soledad se desnuda en los poemas de Gamoneda como la muchacha interminable de Pablo Neruda. Los versos del poeta fluyen y fluyen con lentitud sobre el lecho de río salvaje del dolor para perderse dulcemente en el mar. Están compuestos como notas musicales. Se nutren de la palabra del sonido. Tienen rima interior, ritmo de música callada, de soledad sonora.

»Y llega la noche, la hora de perderse en el cabello y en el llanto de la amada. Bajo la piel de ella arde una amapola amarilla. La desnudez de sus pechos pone ceniza en las manos del amado. Hay cales vivas en láminas abrasadas, piedra trabajada por los gemidos, hervor germinal, saliva con yodo y polución de alheña, ebriedad azul y cansancio lleno de pétalos en los pezones de ella. De ella, que está desnuda en el silencio, vacía en la oquedad de Dios, corporal en los abismos, exacta en su limitación. En la amada acaba la noche, en su ribera mana el agua amante y la pasión mordida, mientras la rosa mortal desciende a la humedad sagrada y sobre la piel del poeta enamorado hierven las lágrimas.

»Como una leche silenciosa, como un camino de azucena y sombra, Gamoneda se adentra en los desvanes de la infancia para escudriñar a la madre adorada y sentir de nuevo la vida humilde y sencilla, la hora de los cielos descendidos, la boca de Dios. La música, que nace en los ojos de la amada, es la labranza del aire. Y el poeta la escucha mientras siente el dolor de los demás porque 'la desgracia de los otros entró en mi carne', según el estremecimiento de Simone Weil en Meditaciones precristianas. 'No penetra los ázimos hurmiento como en las telas de mi corazón mete sus manos la desgracia'. Pero la herrumbre de la madre se hace gloriosa. Siente el poeta la mirada de la desolación, el vientre solidario del cuchillo y escucha las voces del vértigo y el olvido mientras gimen los restos de la música.

»El poeta ha envejecido en los ojos de la amada. Es ya el cantor de las heridas. De ella queda un espesor viviente en las redes azules de los párpados. Una paloma inmóvil se adensa en sus arterias y en sus huesos. Ya no hay otra pasión que la indiferencia.

»El destino se opone a la eternidad. ¡Qué cansancio abandonar la inexistencia y morir después todos los días! Hay cerezas ocultas en la nieve y se muestran las espátulas, tan útiles en la preparación de la agonía. El poeta conoce los sudarios habitados y azota a los dioses extinguidos. Entra a fondo en la realidad atroz de la vida: no saber adónde vamos ni de dónde venimos. Le estremece ya la oscura penumbra del más allá. Sólo ve luz en las habitaciones de la muerte. De la vasta, vaga y necesaria muerte del verso de Borges, su incorruptible tesoro. Y se queda indeciso, atónito, invertebrado. Porque no sabe si la muerte es el silencio de Dios».

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

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