VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA
Un paseo por la capital de la Champaña en pleno bombardeo alemán
Era el 23 de julio de 1915, y el reportero de La Vanguardia entraba en Reims mientras las tropas del Káiser bombardeaban con ganas la capital de la Champaña.
"Oímos a lo lejos un profundo rumor, como de trueno - escribía Gaziel-. El cielo estaba claro, diáfano. Alos dos segundos percibimos otro estruendo de tempestad invisible. El capitán se detuvo, muy serio, para decirnos dos simples palabras: ´¡Ya empiezan!´. Un silbido tenue, estridente, como de un cohete enorme que se remontara, rasgó los aires; y, de pronto, una explosión seca, metálica, estallaba en el ángulo mismo que forma la calle Noël con el bulevard de la República, a cincuenta metros escasos del lugar en que estábamos. El balcón de la casa que ocupa el chaflán desapareció, arrancado de cuajo. En la acera se abrió un hoyo capaz de sepultarnos a todos".
Hoy ya no existe el edificio del balcón que Gaziel vio volar por los aires. Nadie se acuerda de la casa (ni del balcón, claro). En su lugar hay un edificio art déco, el estilo que tan linealmente sustituyó a las muchas ruinas que la Gran Guerra dejó en el norte de Francia. Y en los bajos existe un restaurante que - para ir abriendo boca, como ya veremos- recomienda cigare croustillant d´escargots en persillade juxtaposé de sa quenelle aux herbes.
"Las granadas alemanas - continúa explicando Gaziel en su crónica- iban cayendo sobre el paseo desierto y entre las ruinas de lo que fue la estación. El acero hecho añicos azotaba el aire con ráfagas densas, sonoras. Vivos relámpagos destacaban sobre el fondo del cielo estival, dominándole con su fosforescencia (...) Acurrucados contra los muros del bulevard, esperamos ansiosamente la llegada de los coches. Tardaron un minuto en venir, pero parecía que andaban a paso de tortuga, con esa rara contrariedad de los sucesos que ocurren en los sueños nefastos. Una vez instalados en el interior de los autos, el capitán ordenó: ´¡Al hotel du Nord! ¡Volando!´".
Pues volando hacia el hotel du Nord, que ha superado el impertinente siglo XX y sigue abierto ahí, en el número 75 de la plaza Drouet d´Erlon, con los impactos de la artillería del Káiser todavía mordiendo bien visibles una de sus fachadas laterales.
- ¿Se quemaron muchos coches en Reims el pasado otoño? - pregunto a la recepcionista mientras me registro-.
- ¿Coches quemados? ¿De qué me habla?
- Sí... La banlieue...Otoño de 2005... Miles de coches quemados en toda Francia...
- No he oído que se quemara ningún coche en Francia... ¿Tú sabes algo?... - pregunta la recepcionista a su compañera-.
Mejor pido la llave y subo a la habitación a releer a Gaziel.
"Por fortuna - escribe el reportero en su crónica-, el hotel du Nord, el único abierto actualmente en Reims, estaba cerca, en la plaza Drouet. A cada granada que estallaba por las cercanías, la misma pregunta involuntaria nos asalta el ánimo: ¿dónde caerá la siguiente?... Al llegar al hotel saltamos de los coches. La patrona salía a recibirnos clamando: ´¡Pobres señores! ¡Qué barbaridad! ¡Andar por las calles con semejante tormenta!´ (...) La previsora matrona, sin detenerse ni un instante, nos condujo hasta el fondo de una bodega subterránea, donde el aire era fresco como en las grutas marinas".
"Sobre una mesa grande y aseada - sigue explicando Gaziel-, cubierta de flores y puesta bajo la luz de un quinqué, había un pastel hojaldrino, de insuperable aspecto, oliendo a cálido perfume de trufas. Unas botellas legítimas de champaña lo realzaban. Nos quedamos suspensos. Pero, a poco, una detonación espantosa sacudía los muros.
- ¡Santo Dios! - gritó la dama- ¡Ésta debe haber estallado en la casa de enfrente!
- ¡Señora! - dijo el conde sueco que nos acompañaba mirándola con ojos sombríos- ¿estamos o no seguros en esta bodega?
- ¡Segurísimos! - contestó la dama-.
- Pues entonces, señora - prosiguió el conde suavizando la voz-, no se hable más de miserias y ¡empiece el banquete!".
"He aquí - concluye sin rubor Gaziel la crónica- cómo terminan, casi siempre, las espeluznantes aventuras de los corresponsales de guerra. Nadie sabría, si alguien no lo dijera, las comilonas opíparas que acostumbran a celebrarse bajo las ruinas con excusa de la guerra y a dos pasos de la línea de fuego".
Habrá que ir a ese sótano, pienso yo. Bajo a la recepción con la vieja crónica en la mano, pido por el sótano, me miran raro, me dan la llave y bajo impaciente.
El sótano sigue fresco, y puedo confirmar que si hubiesen pasado el mocho alguna vez desde 1915 no sería un mal lugar para tomar pastel de hojaldre y unas copitas de champaña mientras te bombardean. En lo alto, por el tragaluz, Gaziel vería hoy un restaurante japonés llamado Matsuri, con servicio de livraison à domicile y a reventar de clientes deleitados con sus matsuri drinks y todo tipo de sushis. Y, al horror de los proyectiles que llovían sobre Reims, el actual restaurante japo habría añadido considerables dosis de alucinación a un periodista - Gaziel- que pocos meses después, aturdido tras su viaje a los Balcanes en guerra y abierto ya a todas las incredulidades, especulaba irónico con un futuro dominado por Japón.
"Nuestra Señora de París - escribía el 19 de noviembre de ese 1915 en La Vanguardia-estará dedicada quizá al culto de Confucio. Por las calles de Roma se paseará un gobernador japonés, verde, mustio, con sombrero de copa, habitando en el Vaticano y comiendo con palillos un ragout compuesto de chuletas de gacela, macarrones y pétalos nostálgicos de crisantemo...".
La guerra - eso ya lo digo yo- tiene estas cosas: a veces hace que sus corresponsales vean visiones que el resto de los mortales no tienen. Como las ruinas, por ejemplo. No se ven igual. "A menudo - escribía Gaziel-, mis amigos me dicen: ´¡Qué suerte! Poder visitar las poblaciones destruidas, recorrerlas y hacerse cargo palpablemente de su desolación monstruosa pero interesantísima´. ¡Qué error de perspectiva tan considerable! - continúa escribiendo el mítico corresponsal-. En mis excursiones por los campos de batalla y las líneas de fuego he contemplado escenas inolvidables, paisajes hondamente emotivos, torturas y sufrimientos supremos y altos ejemplos de grandeza de ánimo. Pero del interior de las poblaciones destruidas no conservo otra cosa que el recuerdo de un cansancio y un aburrimiento infinitos".
El Reims de 2006 apenas se acuerda de que un día fue ruina, y sufre exactamente el otro tipo de aburrimiento.La ciudad espera la llegada del tren de alta velocidad en el 2007 y el tranvía para el 2011. Con el TGV, la capital de la Champaña quedará a 45 minutos de París y a media hora del aeropuerto Roissy-Charles de Gaulle. Es lo que calculan en el Ayuntamiento: quedar integrados en la metrópoli científica del Gran París.
Todos los aburrimientos, ya sean resultado del bienestar o de la violencia, acaban así: en cifras contables.
"Ante un espectáculo semejante - concluía Gaziel frente al Reims bombardeado de 1915-, el cronista debe ceder forzosamente su puesto al simple reporter.Lo único que se puede hacer, después de lamentar una destrucción tan enorme, es lo que hacía Mr. Barnett, el corresponsal del Chicago Express que me acompañó el invierno pasado en mi visita a las ruinas de Senlis: ver si las casas destruidas estaban aseguradas contra incendios, inventariar el desastre y calcular aproximadamente el valor de los daños y perjuicios causados".

Escribe un comentario