La recuperación de los delincuentes, incluso de terroristas y asesinos, es una medida elemental.

Hace unos días la directora general de Instituciones Penitenciarias, Mercedes Gallizo, dijo en Oviedo que, en cifras aproximadas, el 11 por ciento de los reclusos (en España hay unos 64.000) son analfabetos. Un dato bastante esclarecedor de cómo es nuestra sociedad. Ya sabíamos que el caldo de cultivo de la delincuencia está en la marginalidad y que ésta se relaciona muy fácilmente con la incultura, pero una cifra tan concreta nos introduce de lleno en la realidad. Creíamos que en España el analfabetismo estaba casi erradicado y que solo grupos muy excepcionales no tenían o no querían tener acceso a la escuela. Pero resulta que hay más y que, en buena parte, acaban en la trena.

Parece, según los datos de la directora general que se ocupa de las cárceles, que el índice de delincuencia en nuestro país está ligeramente por debajo de la media europea. Sin embargo el número de reclusos es mayor. Pese a ello, a veces se tiene la percepción de que a muchos españoles les gustaría que se enviara a prisión a más gente. Hay quien piensa que nuestras leyes son demasiado blandas y que quien comete un delito, por grave que sea, enseguida está de vuelta en la calle. La inseguridad es un asunto muy manido por los partidos, que la utilizan de manera torticera con frecuencia. Todos. El PP de Mariano Rajoy incluso ha encargado un video al respecto, casi tan polémico como el de José Blanco y el PSOE sobre la anterior tregua de ETA.

Pero al margen de esas disputas partidarias no puede decirse que vivamos en un país muy inseguro. Eso no impide que, desde la concepción individual, todos tengamos un temor fundado a una posible agresión de cualquier tipo. Por precaución la mayor parte de nosotros preferiríamos que los delincuentes en potencia estuvieran bajo control policial, si no directamente encarcelados. Esa es la idea de seguridad protectora que, de manera consciente o inconsciente, nos impulsa cuando se produce algún hecho grave en nuestro entorno. La reacción inmediata se traduce en una reclamación a las autoridades para que se amplíe la cobertura policial. Como cualquier suceso es en sí mismo noticia, la repercusión suele ser inmediata y la alarma subsiguiente, inevitable. Ha habido hasta la tentación de poner en marcha patrullas de autodefensa en algunas áreas castigadas por los hurtos y los robos, principalmente.

Con independencia de la sensación que se transmita, lo cierto es que no vivimos, y los asturianos menos, en un lugar de alto riesgo, según los datos de las fuerzas de seguridad del Estado. Los índices de delincuencia no son altos, pero como el miedo es personal e intransferible no se trata de cifras sino de emociones y, por tanto, de impulsos. Y en ese ámbito las creencias no son fáciles de desmontar. La recuperación laboral y cívica de los reclusos puede parecer un malgasto: la reincidencia suele ser alta, incluso entre quienes se habían convertido en delincuentes populares como El Vaquilla , por ejemplo.

ESTA EXTENDIDO que el cumplimiento de la condena en régimen de semilibertad es una bicoca. La redención de penas, una locura. Hay una presión muy fuerte de la sociedad bienpensante en contra de las soluciones que defiende Mercedes Gallizo y cuantos han luchado desde las instituciones penitenciarias por la reinserción de quienes, en muchos casos, no han tenido muchas otras opciones que la de delinquir.

Es más, el artículo 25 de la Constitución, consensuada por los principales grupos políticos, y en cuya redacción participaron en su día significados representantes de las opciones conservadoras, como Manuel Fraga, dice claramente que "las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación, la reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados". Pues bien, cuando se defienden posturas tan elementales como esta, y eso parece que hace la responsable de las cárceles, suele encontrarse enfrente con un batallón de ciudadanos permanentemente cabreados que, con una vara de medir personal e intransferible mandarían a Villabona o Alcalá-Meco a todo el que se moviera. Y por supuesto allí esperarían que se pudrieran.

EN NUESTRO país se ha producido un retroceso ideológico tan importante en los últimos años, amparado en extremistas que ocupan micrófonos y editan diarios, que al defender posiciones constitucionales puede parecer que se está en las barricadas. Curiosa manera de ser demócrata. Las exclusiones sociales, las cadenas perpetuas, las penas de muerte no han resuelto en absoluto el problema de la seguridad. La recuperación de los delincuentes, incluso de los terroristas, para los que los obispos españoles aceptan "medidas de indulgencia" en caso de abandono definitivo de la violencia, es una medida elemental, incluso para quienes han sido tan perversos como para matar a sangre fría y por la espalda de manera inconcebiblemente salvaje en función de una ideología. Hasta en esos casos caben los arrepentidos.

A lo que íbamos: en la incultura y la desatención se genera la violencia. La marginalidad es la antesala de la cárcel y ahora también el saqueo de los ayuntamientos, por fin puesto al descubierto, aunque eso haya supuesto que entre los presos esté el hombre más conocido de España, Julián Muñoz, para deleite de las televisiones. Pero la verdad es que no son quienes se han enriquecido de manera dudosa los primeros en ir a la cárcel, sino los que apenas tienen oportunidades, caen en las redes de la droga o carecen de los conocimientos más elementales. Y contra eso se puede hacer mucho todavía.

Mario Bango. Periodista.