GAMONEDA, PREMIO CERVANTES

En la poesía de Gamoneda arden las pérdidas y hay un temblor de desasosiego, música en el abismo. En sus versos hay un mundo de palabras que modela con la última luz de la desolación, esa luz que - asegura- sólo reside en sus ojos y que proyecta imágenes en la hoja en negro. Pero en la gélida, metálica expresión de la inquietud de Gamoneda respira también el gozo, un sentimiento indirecto de salvación por la poesía; a partir de la negatividad, encuentra una nueva energía para reconstruir el mundo, donde sobrevive la belleza como aquella flor descubierta por Leopardi en el paisaje devastado del Etna.

Su poesía es un animal de luz que respira en la oscuridad extrema. La poesía es música, es decir, tiempo, o sea, memoria. Y la equivalencia, la analogía, las imágenes, el ritmo y las metáforas son los instrumentos que el poema tiene para hacer visible lo invisible, crear una realidad verdadera y cicatrizar la herida entre conciencia y materia. Por eso Gamoneda, pero antes que él Juan Ramón Jiménez, distingue entre poesía y literatura: una crea realidad, la otra es ficción. Y por eso los poetas que siguen la gran tradición de Virgilio a Garcilaso, de san Juan de la Cruz a Rimbaud, Mallarmé, Valente o Ashbery, abarcan mejor la realidad de su lugar en el tiempo que los llamados realistas o naturalistas. "El realismo es un estilo", suele mofarse Gamoneda de la escuela rival - Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes...-, hegemónica hasta hace poco en España.

Gamoneda ha conseguido superar en su obra ese dilema entre la autonomía del texto (no hay referencias externas) y su raíz biográfica. Sus poemas participan de los dos. El poeta que mejor ha dado testimonio del horror nazi no utilizó una poesía informativa: Celan. Al igual, en España, la poética más fiel a la realidad de los vencidos en la guerra civil no es la de Alberti o Celaya. Es la de Gamoneda, con sus ecos del estupor, la humillación, el miedo, la desesperanza y la devastación moral.

El poeta ha escrito que se mira en el espejo de la muerte. Huérfano de padre desde que tenía un año, Gamoneda adquirió conciencia del mundo y de la poesía a los cinco años. En 1936, viendo desde su casa en León - donde terminaba la ciudad y comenzaba el campo- a los presos republicanos que iban a morir fusilados: sus rostros sin luz tras los barrotes, el transporte de los cadáveres, la sangre tras la descarga. En sus versos aparecen entremezclados los rostros de sus muertos, de su padre, de sus amigos de lucha clandestina y de sus amigos suicidas. También está la presencia de su madre viuda, permanente y posesiva, y cómo aprendió a leer, con el único libro que había en su casa, Otra más alta vida,poemas modernistas de su padre.

Empleado de banca durante 24 años, funcionario de la Diputación y gerente de una fundación nacida bajo el ideario de Giner de los Ríos, no quiso abandonar a su madre anciana para irse a vivir a Madrid a dirigir la editorial Taurus. Entre largas etapas de silencio, el camino de construcción de su voz poética pasa por Blues castellano y cristaliza en Descripción de la mentira.A partir de aquí, inicia sus mejores libros, recogidos en Esta luz excepto sus sonetos- en constante reescritura en busca del despojo de ornamento, borradas las primeras huellas que dieron origen al poema. A sus versiones de otros poetas las llama "mudanzas" y a su reescribir "tachaduras": "no respiro igual ahora que hace 50 años", dice para justificar la inestabilidad del sujeto del poema. Gamoneda pertenece, por edad, a la generación de Gil de Biedma y Valente, aunque él no tiene parentela: "Vivo sin padre y sin especie ; / callo porque no encuentro en el osario ciego/ del sonido aquellas como frutos/ antiguos, las adánicas, redondas / palabras oferentes. Van perdidas / las prietas de salud; quedan vestigios: / astillas, soledad, tierras, estatuas.