La Coctelera

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30 Noviembre 2006

Salud pública e inmigración, de Joan Ramon Villalbí en El Periódico

LAS CONSECUENCIAS DEL FENÓMENO MIGRATORIO

Cuando el debate social y político sobre la inmigración se extiende, es útil revisar cómo afecta a diversos aspectos de nuestra sociedad y de los servicios públicos. Así podremos tomar decisiones basadas en la razón. En cuanto a la salud, es preciso aclarar de entrada que los inmigrantes que llegan a nuestro país suelen ser personas sanas. En realidad, más sanas que los autóctonos de su misma edad. El viaje y la dureza de las condiciones en las que a menudo tienen que vivir y trabajar son disuasorios para los que no disfrutan de buena salud y resistencia, física y mental. Pero si son forzados a vivir y trabajar en condiciones extremas durante un periodo largo, sufren problemas vinculados a las malas condiciones de vida, como la tuberculosis.

También nos pasaría a nosotros si viviésemos así. Ocurrió bien cerca, durante la guerra en la ex-Yugoslavia, entre los refugiados y los asediados, en Bosnia y en Croacia. Por ello es importante que les ofrezcamos acceso a servicios médicos, porque si no lo hacemos esos problemas también nos van a afectar: los microbios no saben de etnias ni de culturas. Sin control, se extienden en la población que tengan a tiro.
Por otro lado, muchos inmigrantes proceden de sociedades rurales donde cosas que aquí consideramos corrientes no lo son. Tampoco lo eran para la inmigración procedente de zonas rurales de España hace 30 o 40 años.

La salud pública de los años 70 y 80 hizo un gran esfuerzo de educación sanitaria: en escuelas, comercios y establecimientos, y en las consultas de atención primaria de salud. En las escuelas, enseñando a los niños (y de paso a sus padres) hábitos como la higiene dental, pautas alimentarias, la necesidad de estar vacunados... En muchos establecimientos, mostrando la importancia --de hecho, la obligación-- de disponer de mercancías de origen certificado, de pautas de almacenaje e higiene apropiadas... Y en las consultas, mostrando que hay situaciones que no son patológicas, pero que conllevan riesgos, y que aquí ofrecemos curas anticipatorias para reducirlas: el embarazo, la pequeña infancia...

EN UNA generación, las cosas cambian, y los inmigrantes de los años 60 y 70 adoptaron pronto estas pautas. Ahora toca hacer lo mismo por unos que vienen de un poco más lejos. Pero el tema clave es el mismo. Y nos conviene hacerlo, porque, si no, todos sufriríamos las consecuencias.

Existe un reto más a largo plazo. Sociedades que vivieron la inmigración internacional hace años nos lo muestran. Si los inmigrantes viven mucho tiempo en condiciones precarias, si el racismo se instala y se extiende la segregación, a largo plazo crecerán la frustración, el resentimiento y el malestar. Y estos pueden generar rabia y violencia si explotan, y también más abuso de alcohol y drogas para aguantar. En los actuales inmigrantes y en sus hijos. Si el horizonte que ofrecemos solo es la explotación salvaje y la marginación tendremos una segunda generación en la que muchos buscarán la salida en el margen: lo vimos en los conflictos del cinturón de París. Si el horizonte es el progreso personal --sobre todo para los hijos, criados y escolarizados aquí-- será diferente.

Es la lección que da EEUU, receptor permanente de inmigración, a Europa: la integración social lograda. De ahí se deriva la necesidad de regular aspectos de la inmigración y desarrollar políticas sociales y culturales activas que permitan ofrecer un futuro a los recién llegados: o pueden y quieren ser también catalanes pronto, o todos lo vamos a sufrir.

Una persona con salud y resistencia se puede adaptar durante un periodo a condiciones adversas. Pero, para la mayoría, llega un punto en el que no se aguanta más. Lo vemos a corto plazo, porque sin condiciones apropiadas aparecen problemas como la tuberculosis. Y lo vemos también a medio plazo, porque son más frecuentes trastornos más crónicos: circulatorios como la hipertensión, mentales como la angustia o la depresión... De ahí la importancia de desarrollar políticas activas en este campo.

SE HA HECHO un gran esfuerzo en los últimos años para que los servicios de salud lleguen a la población inmigrante. En vacunas, planificación familiar, atención al embarazo, educación sanitaria en la escuela, acceso a los servicios de atención primaria de salud, control sanitario de comercios y restaurantes... Ha sido por voluntad de equidad, pero también podría haber sido por egoísmo de nuestra sociedad acomodada.
Empezó como exigencia profesional de sanitarios comprometidos que arrastraron a sus asociaciones, pero pronto contó con el apoyo de las instituciones sanitarias. Y con el enfoque básico de no realizar servicios marginales para los marginados, sino tender a que les lleguen los servicios generales. Por cierto, que si en algunos lugares quedan sobrecargados habrá que reforzarlos: para los recién llegados, pero también para los usuarios de siempre, que, si no, verían empeorar los servicios sanitarios públicos.

Los resultados los veremos en el futuro. Ya empezamos a verlos hoy, a corto plazo, con la disminución de enfermedades transmisibles gracias a las vacunaciones y la vigilancia. Pero los grandes retos no dependen del sector sanitario, sino de la sociedad. En definitiva, la salud depende principalmente de cómo vivimos.

Joan Ramon Villalbí. Doctor en Medicina y maestro en Salud Pública, trabaja en la Agència de Salut Pública de Barcelona.

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Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

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