El líder del PNV, Josu Jon Imaz, se ha presentado en Madrid en pleno bloqueo del proceso de negociación con ETA y cuando la vicepresidenta del Gobierno, Fernández de la Vega, anuncia que la Policía está en alerta máxima ante la posibilidad de que la banda terrorista reaparezca con fuerza y con fiereza una vez que en su último zutabe o boletín han justificado la violencia callejera de sus cachorros, sobre los que todavía discute —para darle tiempo al Gobierno— el Tribunal Supremo. Imaz, que ha pasado por numerosos medios de comunicación y foros de debate, ha traído a Madrid un mensaje de moderación y de esperanza, aunque también de cautela, porque en estos momentos nadie tiene la menor certeza, ya que todo depende de las ganas que tengan los etarras de hacer una demostración de fuerza para imponer la negociación política como precio previo a su abandono de las armas.

El nuevo presidente del PNV tiene unos modales y un discurso razonables y transmite una cierta credibilidad de que cumplirá lo que dice o promete, algo que siempre ha sido así en el PNV con Arzalluz, Garaicoechea o Ardanza —como lo han probado los pactos que establecieron en el País Vasco o con el Gobierno de Madrid—, pero que no ejerció Ibarretxe. Entre otras cosas porque con el actual lehendakari, calificado de frontón, no ha sido posible pactar ni hallar puntos de encuentro que incluyeran la menor cesión por su parte, dando la impresión de que para él pactar era imponer, y así le fue con el fallido Plan Ibarretxe, que, una vez fracasado por irrealista e imposible, debió costarle la dimisión o el cese al frente del Gobierno vasco, por donde deambula en plena debilidad.

Arzalluz no es así, ni mucho menos, por más que en Madrid lo satanicen o por más que haya radicalizado su discurso, como se dice dentro del propio PNV. El ex presidente de este partido ha liderado iniciativas y pactos políticos muy importantes —incluso con el Gobierno del PP de Aznar, en su primera legislatura— y ha cumplido lo acordado y su palabra. Y es lo que se espera del joven Imaz, que fue persona del entorno de Arzalluz y que ahora se sitúa del lado de las palomas o sectores más dialogantes del PNV, frente a los halcones o más radicales del sector de Egibar, lo que no quiere decir que Imaz sea más débil pero sí más realista, y falta que le va a hacer en estos tiempos decisivos en los que el PNV se debate entre no pocas cosas, y aquí incluida una creciente tensión interna.

Porque por una parte tiene delante la negociación y quiere su cuota de protagonismo, a sabiendas de que si la negociación avanza y llega la paz Batasuna podría progresar electoralmente en Euskadi con proporciones similares a las de la Esquerra en Cataluña, y a no descartar tampoco un tripartito como el que tiene a Artur Mas relegado a la más sonora soledad. Pero también porque la posición del PNV frente a las pretensiones de conseguir concesiones políticas por parte de ETA a punta de pistola incluye una cierta ambigüedad por parte de Imaz, que dice rechazar los actos de violencia para el inicio de las conversaciones de la mesa de partidos, pero que no pide, como debiera, la renuncia definitiva de la violencia, ni exige a Batasuna que acate la legalidad antes de empezar a hablar, lo que da alas a ETA y Batasuna y supone aceptar las condiciones que ETA puso para declarar el alto el fuego.

Sabemos que nada es fácil, y mucho menos semejante negociación, en la que se ha embarcó Zapatero sin las garantías ni salvaguardas suficientes, de ahí que ahora ciertas cosas se tengan que rectificar con grave riesgo de ruptura, por lo que pueda ser interpretado como un frenazo o marcha atrás por parte de los terroristas. Pero lo que no debe ni puede consentir el PNV en estas circunstancias es, ante las dificultades, jugar a dos barajas: presentándose en Madrid —como suelen hacer en el Parlamento en algunas ocasiones Erkoreka y Anasagasti (uno de los parlamentarios más brillantes que se han visto por Madrid)— en un intento un tanto absurdo de representar en la capital a todo el nacionalismo vasco, para ningunear a EA, partido escindido del PNV con el que Imaz debería intentar la unidad; y actuar en el País Vasco como el centro moderador entre Batasuna y PSOE, lo que tampoco logran en plenitud porque algunos de sus dirigentes (zona Egibar) dan la impresión de estar más cerca de Otegi que de Imaz.

De un político, el presidente del PNV, que ha sido bien acogido en Madrid en su gira de estos días —lo que no sabemos si le beneficia o no en Euskadi— pero que tiene ante sí una labor difícil de compaginar en el laberinto de la negociación donde, diga lo que diga Imaz, se debe de acatar la legalidad y no sólo como marco constitucional, cosa que al PNV y a algunos de los miembros del Gobierno vasco, en particular, importa más bien poco, lo que da alas a Batasuna para avanzar un poco más.