DEBATE
El dilema que enfrentan los políticos cubanos es cómo asegurarle a Castro una presencia después de la muerte. Del tipo de sepultura que den a su caudillo dependerá el margen de cambio que se abra durante la sucesión.
La invisibilidad de Fidel Castro en la política cubana, latinoamericana y mundial, durante los últimos meses, se ha convertido en una extravagancia mediática. A la rara ausencia de un político omnipresente que obliga a La Habana a ofrecer, cada cierto tiempo, una prueba de vida del caudillo, se suma la ansiedad de cambio que provoca una dictadura de medio siglo.
La forma en que sucesores y herederos (Raúl, Chávez, Morales, Lage, Pérez Roque, Alarcón...) han enfrentado la convalecencia de Fidel es sintomática sobre todo porque se trata de la preparación para gobernar, no con la presencia vital del líder, sino bajo su símbolo, bajo su imagen habilitada como espectro político.
La persona de Fidel Castro es una mercancía simbólica demasiado valiosa para las elites del poder en Cuba y sus aliados en el mundo. Durante estos meses, esas elites han debido pensar qué hacer con el cadáver, qué tipo de funeral le consagrarán y, sobre todo, qué aprovechamiento político harán de un muerto tan célebre.
La ausencia de Castro, aún por motivos de enfermedad crónica, es difícil de aceptar para sus más fieles seguidores: Raúl ha dicho que, aunque no se le vea o escuche, gobierna la isla teléfono en mano. Chávez ha declarado que "en las noches camina por campos y villas" y Alarcón dijo en Oviedo que Fidel es un espectador que observa cómo será Cuba sin él.
Todas estas declaraciones nos hablan del nacimiento de un espectro. Si en vida el caudillo fue omnipresente, cómo asegurarle, entonces, una presencia sostenida después de la muerte. Ese es el dilema que enfrentan actualmente los políticos cubanos: del tipo de sepultura que den a su caudillo dependerá el margen de cambio que se abra durante la sucesión. Si Fidel es enterrado como el patriarca que creó un sistema que puede caminar solo, a través de instituciones y nuevos liderazgos, entonces su gravitación simbólica sobre el gobierno sucesor será mínima.
Pero si los herederos de Castro, en la isla y en el mundo, se resisten a enterrar al Comandante en Jefe, entonces el resultado será la fabricación de un espectro político, de un muerto vivo. Como es sabido, esas prácticas taxidermistas tienen una larga tradición en la política latinoamericana. A diferencia de Martí, Zapata, el Che o Evita, Fidel no muere como mártir sino como un estadista longevo que ha gobernado su país durante medio siglo y sin balances representativos o judiciales. En su caso, la construcción del espectro es más difícil, pero no imposible, puesto que su muerte natural puede ser presentada como una "victoria sobre el imperio", que no logró asesinarlo.
Lo que suceda con el cadáver de Fidel no necesariamente está relacionado con la funcionalidad política del espectro. Si, para frenesí de estalinistas y maoístas, a Castro lo embalsaman, o si le construyen un gigantesco mausoleo, no necesariamente la monumentalidad del santuario se traducirá en un mayor intervencionismo político del espectro. La grandilocuencia de un lugar de culto puede conspirar contra la eficacia de una figura evanescente que, como el padre de Hamlet, aparece para perturbar el sueño del sucesor y el huérfano.
En su inquietante libro El gen democrático, Javier Roiz dedicó todo un capítulo a explorar el "poder de la ausencia" que suelen ejercer los espectros. Ahí se reflexiona sobre la experiencia fronteriza de aquellos paseos del fantasma del rey Hamlet por las murallas de la polis. Roiz concluye que la intervención del espectro en la vida política de los mortales se verifica por medio del habla, es decir, a través de la con versación entre el fantasma y el heredero. De manera que las elites cubanas tendrán que hacer de Fidel Castro un espectro capaz de hablar, de comunicarse no sólo con ellos mismos, sino también con la ciudadanía. Y ahí reside la mayor dificultad, ya que si algo parece estar muerto y enterrado, antes que el propio cuerpo del caudillo, es su retórica.
Fidel supo encantar, por medio de la palabra, a un pueblo que ya no existe. Hoy la población cubana no sólo es el doble de la de 1959, sino mayoritariamente nacida después de ese año y con una mayor diversidad étnica, religiosa, moral y política.
La experiencia de casi tres millones de cubanos fuera de la isla y de los sectores más cosmopolitas dentro de la misma presiona fuertemente a favor del abandono de la mentalidad nacionalista e igualitaria que ha regido, durante medio siglo, las principales políticas públicas. El anacronismo del habla política de Fidel es involuntariamente reconocido por sus propios seguidores, quienes, empezando por su hermano Raúl, tratan de usar un lenguaje más acorde con el protocolo de la democracia mundial.
A esa dificultad para hacer de Fidel Castro un espectro que tenga algo que decir a los cubanos del siglo XXI, que lo sobrevivirán, habría que agregar el hecho de que los sujetos que escuchan han cambiado en sus emociones comunitarias y en su percepción de sí mismos. La población de la isla ya no se percibe como un pueblo uniformado que responde a coro y afirmativamente al grito de ¡Patria o Muerte! que, al final de cada interminable discurso, profiere el caudillo.
Copyright Clarín y Rafael Rojas, 2006.
Rafael Rojas. Historiador cubano, docente del CIDE (MEXICO D.F.).

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