ANTES, cuando éramos jóvenes, las celebraciones de la Navidad comenzaban con la llegada del primero de los cuatro domingos de Adviento. En ese punto del calendario sonaban ya las panderetas y las zambombas hasta que la llegada de los Reyes Magos pusiera punto final y generoso a los días de fiesta más intensos y familiares del año. Ahora es el estreno del spot de Freixenet el que marca el arranque de la Navidad. Las televisiones se iluminaron anoche con el baile de Gwyneth Paltrow y Ángel Corella y, como siempre, cayó sobre nosotros un polvo de estrellas que nos invita, se supone, a la bondad y el amor. Pues que así sea.

Para los líderes del PP y del PSOE, empecinados en romperse mutuamente la espinilla, tiene más sentido el mensaje navideño, que, por otra parte, no debe inducirnos al pensamiento débil ni a la comunión rutinaria con lo políticamente correcto. Justamente por eso me gusta subrayar algo que Felipe González dijo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que ayer retrataba aquí, con la precisión de un relojero calvinista, Antonio Burgos. Dijo el ex presidente del Gobierno español que «la tolerancia puede ser una forma de arrogancia indeseable». Cierto. Hay una condescendencia, cada vez más frecuente, que no es convivencial ni integradora, sino que resulta demoledora para esos mínimos principios éticos que cada uno tenemos almacenados en nuestro corazoncito. Es el ingrediente que nos hace diferentes, únicos y no por eso mejores o peores.

Añadió González, a quien tanto embellece la distancia, que «se puede ser tan tolerante que se acepte la ablación del clítoris o la entrega de una niña de 9 años a un señor de 40 porque así lo han decidido sus padres». Cada cual es muy dueño de pensar lo que quiera, pero las palabras del veterano líder socialista me suenan a villancico, a canto de fe en el hombre y esperanza puesta en la humanidad. Algo muy lejano a la sonsa «Alianza de Civilizaciones» que predican José Luis Rodríguez Zapatero y otros funcionarios empeñados en pagar por una hipotética paz con la renuncia a nuestras ideas más profundas y arraigadas. Peor aún: a renunciar a los supuestos que hicieron grande a Occidente.

La hermosa idea, en su día revolucionaria y hoy mostrenca, de que todos somos iguales en derechos y obligaciones no conlleva el supuesto del estampillado. Debemos ser iguales ante la ley y frente a las oportunidades que brinda el futuro; pero tratar de serlo en ideas, gustos y fundamentos para la conducta individual es una traición grave a la naturaleza humana. Algo con lo que se revisten los profesionales del talante y la bondad y, tras señalarlo como tolerancia, convivencia y comprensión echan por la borda de la Historia los 26 siglos que nos ha costado al privilegiado medio mundo que comemos caliente el llegar a ser personas y sentir, por ello, el orgullo de la diferenciación.