Como a los militares que no han entrado en combate, a Rajoy el valor se le supone, igual que su pasión por el trabajo y la dedicación política, y en caso contrario que alguien nos cite de memoria los diez grandes logros u obras completas a su paso por el Gobierno de España, del que fuera vicepresidente y ministro de la Presidencia, Administraciones, Educación e Interior, si descontamos su esfuerzo de posar ante los pintores para colgar un cuadro suyo en cada departamento como la prueba irrefutable de que anduvo por allí. Es muy simpático, eso sí, ocurrente y juega a una calculada ambigüedad que le permite no mojarse cuando llueve ni optar, aunque la política sea, por encima de todo, el arte de decidir. Rajoy se pone de perfil, y así hizo su carrera política y se coló en la página final del cuaderno azul de Aznar para ser elegido, por el dedo acusador del líder, el sucesor.
Pero todo eso, que está muy bien y que se completa con su capacidad de opositor y de estudiar al detalle los debates de la política —excelente fue su discurso en el debate del Plan Ibarretxe—, produce, a fin de cuentas, una cierta desesperanza y desazón cuando en este país hay motivos suficientes para estar preocupados por el desgobierno en curso de Zapatero en una nación venida a menos y por la revisión, sin venir a cuenta, de las máximas reglas de la convivencia ciudadana. Entonces, si las cosas están así —aunque no tan mal como dice Acebes parodiando a Nostradamus—, se hace imprescindible el liderazgo, la fuerza política y moral y una capacidad pública y probada para abordar los problemas y tomar decisiones. Y cuando alguien como Rajoy es incapaz de poner orden en su partido, esa desidia o cobardía llega a los ciudadanos con la simplificación de que, si no es capaz de gobernar el PP, cómo va a gobernar España.
La decisión de Rajoy de presentar y recomendar el libro de Esperanza Aguirre contra Alberto Ruiz-Gallardón, amparando a la agresora frente al agredido, es sólo una prueba más de la condición de calzonazos de la política que adorna a Rajoy. Y que quizás por eso y por su capacidad de dejar hacer fue por lo que Aznar —que ahora demacrado y melenudo pide que lo dejen en paz, mientras no para de calentar los ánimos políticos desde FAES— lo escogió a él frente a Rato, convencido el ex presidente de las Azores de que Rajoy sería su marioneta una vez que renovara el poder el 14-M del 2004. Cosa que no ocurrió, lo que le obligó a Rajoy a esforzarse en la compleja labor de oposición, en la que parece cómodamente instalado. Si se ha dicho que Rato perdió la carrera de la sucesión porque no era tan manejable por Aznar y porque se decía que tenía un techo financiero de cristal a tiro de piedra de Polanco, de Rajoy se puede decir que carece de carácter y se duerme a la luna de Valencia mientras hace roscos de humo con el puro.
Y a partir de ahora cualquier dirigente del PP, una vez abierta la veda por Rajoy, está en su derecho de escribir una biografía contra los demás que será amparada y presentada por el líder con la misma alegría y galanura con la que lo acaba de hacer Rajoy con esta autobiografía de Aguirre en la que, al margen del insulto premeditado a Gallardón, no se aporta una sola idea ni se invita a pensar, sino más bien a recelar de su protagonista. De la misma manera, todo dirigente del PP que, como Esperanza Aguirre, dé mordiscos (la Vampira de Malasaña) a la libertad de expresión, fomente la competencia desleal y haga alarde de las peores artes difamatorias contra propios y extraños y conspirativas o ultraconservadoras puede autocalificarse de liberal. Con similar desparpajo que lo hace su protegido y protector (previo pago y cobro de las licencias digitales de la Comunidad de Madrid y sus correspondientes avales) el Nosferatus de la COPE, el más feo y enano de los vampiros mal llamados liberales, que hace mofa de los defectos físicos de los otros y lleva tatuado en el alerón derecho (en el izquierdo mantiene intacta la imagen de Mao que no ha podido borrar) el lema que abre la puerta infernal de la santa cadena de radio de la Conferencia Episcopal: “La calumnia os hará libres”.
Lo siento por Gallardón, de quien se puede discrepar sin temor a la venganza y a quien más de una vez le hemos dicho que hace falta un nuevo partido político —al margen del PP, por supuesto— que defienda la democracia y la libertad. Porque Rajoy le ha negado el amparo para subirse él encima de la melé metiéndolos a todos en la misma sopa o en la misma tropa, cuando en realidad lo que habría dicho, en semejante situación, el Conde de Romanones hubiera sido: “¡Joder, qué capitán!”.

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