VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA

Latas de sardinas en la zanja donde ´La Vanguardia´ vio morir a un soldado

Beaucoup à dire... beaucoup à dire...", repite Albert Varoquier. Mucho de que hablar... mucho de que hablar... insiste con obsesión este agricultor francés mientras descarga de su microcoche un periscopio retorcido y dos oxidados rollos de alambre de espino.

A un lado de su microcoche, el montón de chatarra de la Gran Guerra que fue encontrando durante el 2005. Al otro lado, lo que ha ido encontrando este año.

Albert tiene 80 años y trabaja la tierra, y remover aquí la tierra es destripar los terrones de Europa y su suicidio.

Vive en la última casa de la parte alta de Massiges, y éste no es un lugar cualquiera: es en esta colina donde un reportero encrucijada.de La Vanguardia - el rotativo que puso la esquela en portada y la elevó a la categoría de noticia- mejor ha relatado nunca a sus suscriptores el tránsito de un ser humano hacia el más allá.

"Nos dirigimos a Massiges - cuenta Gaziel en su crónica del 13 de septiembre de 1916-. Comienza a declinar la tarde. Ahora vamos alejándonos de las líneas extremas. Andando siempre por la trinchera desierta, llegamos a una El coronel se detiene. ¿Por dónde se irá a Massiges? ¿A derecha, a izquierda? Un ordenanza del coronel contesta: ´Yo creo que debemos ir por la izquierda´.

El ordenanza es joven, robusto; tiene el rostro cubierto de pecas rubias y las orejas grandes y salientes, como de murciélago. ´¿Estás seguro?´, le pregunta el coronel. El ordenanza calla y se sonroja. Luego añade: ´Seguro, no; me parece que debemos ir por la izquierda´. El coronel hace un gesto de contrariedad. ´Anda - le dice al ordenanza-, vuelve al punto de observación y pregunta al guardia por dónde se va a Massiges. Deprisa, que te estamos esperando aquí´. El ordenanza saluda y echa a correr por la trinchera, desandando lo andado"...

- Beaucoup de bla, bla, bla... beaucoup de bla, bla, bla repite hoy Albert hasta la saciedad mientras muestra, uno tras otro, los alucinantes objetos que en los últimos decenios ha ido encontrando en el vientre de los campos de batalla-.

Un paquete entero de cigarrillos alemanes, un montón de periscopios de cuatro metros de altura, incontables bombas de todos los tamaños, una trompeta chafada, decenas y decenas de fusiles oxidados, decenas y decenas de cascos medio carcomidos, muchas botellas, braseros de ambas trincheras para calentarse - "¡el único confort que tenían los soldados!"-, todo tipo de picos, todo tipo de palas, un pedazo de bicicleta militar inglesa, un trozo de camilla, aparatos para vendar los brazos. Una armónica alemana...

- Mire, mire... todavía funciona... - y Albert se pone a tocar la armónica...-.

Dejemos por un momento la resucitada armónica y volvamos a los plomizos acordes de 1915, con Gaziel y su grupo esperando al ordenanza que buscaba una salida al laberinto de trincheras.

"Quedamos aguardando - explica en la crónica-. Se sacan las petacas y se encienden las pipas. La tarde es templada, el aire se resfría, el cielo va palideciendo y la trinchera se llena de sombra. Oímos un proyectil que se acerca. Levantamos los ojos y miramos al aire. La granada silba invisible y estalla con retumbante fragor. ´Ésta ha caído cerca´, dice el coronel... Pasan algunos minutos. Seguimos fumando, recostados sobre el talud de la trinchera, cediendo a la fatiga que la inactividad y la dulzura de la hora aumentan".

"Otra granada alemana se anuncia, desgarrando el aire. Su silbido se va haciendo tan fuerte que nos obliga a encoger los hombros, instintivamente. Diríase que el proyectil viene derecho hacia nosotros. El coronel murmura: ´Cuidado, señores. Agáchense ustedes´. Nos tendemos todos en el suelo. El aire chirría, la explosión retumba a veinte pasos. El coronel, temiendo por nosotros, sus huéspedes, grita malhumorado: ´¿Y ese ordenanza, ¿qué hace?´. Todo vuelve a quedar en silencio. Las baterías enemigas se callan. No ha sido más que uno de esos tiros ciegos, inútiles, que venimos oyendo, aquí y allá, desde que entramos en el frente".

"Al cabo de un rato, en la trinchera resuena un rumor de pasos precipitados. Debe ser el ordenanza que vuelve. Pero, en su lugar, aparece el guardián del punto de observación. ´¡Mi coronel - exclama entrecortado-, el ordenanza acaba de ser herido. Está grave. He llamado por teléfono a la ambulancia´.

" Salimos corriendo detrás del guardián. A pocos pasos del punto de observación, sobre un montón de tierra desprendida del muro, hallamos al ordenanza tendido boca arriba, entre un charco de sangre. Al salir del observatorio donde fue a buscar la indicación que nos faltaba, le alcanzó la segunda de las granadas que acababan de estallar. Nos agrupamos en torno a él. Está pálido, retorciéndose, con las manos crispadas sobre el cuerpo. El coronel se arrodilla a su lado, le incorpora, le abraza: ´¿Qué es esto, amigo mío?´. El herido abre los ojos y procura sonreír. ´Nada, mi coronel, no es nada´. Pero al desabrocharle la guerrera brota de su pecho una fuente de sangre y sufre un profundo desmayo...".

Albert, el notario de la metralla, no para hoy de mostrar nerviosamente y sin pausa objetos y más objetos sacados de la tierra, la chatarra de la historia, las historias de la chatarra... una bala clavada en la hebilla de un cinturón francés, una caja de betún alemán, el pincho de un casco alemán atravesado por una bala francesa, un peine francés para mostacho, un peine para mostacho alemán, una bala francesa atravesada por una bala alemana, una bala alemana atravesada por una bala francesa... Todas las ecuaciones de la Primera Guerra Mundial almacenadas en su cobertizo de Massiges.

- ¿Sabe qué pasa? Que aquí la tierra es calcárea y conserva estupendamente las cosas - explica Albert con suma amabilidad-. "La profunda cortesía de las gentes provincianas de Francia", decía Gaziel en sus crónicas.

Más espectros en la colina de Massiges. Albert agarra una rudimentaria granada y se entretiene en explicar lo precarias que eran al inicio de la conflagración...

- Dejemos la granada tranquila.

Y trae una caja que resucita el mismísimo estómago de las trincheras: latas enteras con las pastillas de caldo en su interior, potes con sus granos de café, cajas de confitura que los alemanes robaron en Bélgica, latas intactas de kraben gelé,una lata de sardinas de la marca Clovis la Gauloise ¡con las sardinas - secas- todavía dentro!...

Dejemos las sardinas y volvamos a la carne de los mortales. Regresemos al aplicado y tímido ordenanza que se desangraba el 13 de septiembre de 1916, a las cinco y media de la tarde, a pocos metros de donde Albert almacena hoy las virutas de la hecatombe.

"Llegan dos enfermeros con una camilla - relata Gaziel-. Uno de ellos examina al ordenanza, y dice en voz baja: ´Se está muriendo´. El coronel besa al herido y le estrecha la mano. Se llevan al moribundo. El guardián del observatorio nos dice que, al llegar a la encrucijada, debemos proseguir por la trinchera de la izquierda. Esto es, precisamente, lo que había asegurado el ordenanza".

"No se habla más de lo ocurrido".

Gaziel pone así, con esta frase, punto final al episodio.

El reportero de La Vanguardia no lo sabía, pero el ordenanza de orejas grandes y pecas rubias se llamaba Victor Guyon: es el único soldado francés caído ese 13 de septiembre y enterrado en el cercano cementerio de Le Pont de Minaucourt.

- Beaucoup à dire... beaucoup à dire... - repite Albert rebuscando la historia que se encierra en cada lata de sardinas-.