Pesebre a juego, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Este año se han acabado los experimentos con el pesebre oficial de la plaza Sant Jaume, que depende del Ayuntamiento de Barcelona. Después de dos años de ensayos más o menos vanguardistas, se ha encargado el belén a la Associació de Pessebristes de Barcelona con el concurso de la escuela de jardinería del IES Rubió i Tudurí. Según nos avisan, será un pesebre como mandan los cánones y en él se representa la montaña del Pedraforca y Els Encantats del parque natural de Aigüestortes. La puesta al día del pesebre no ha tenido mucho éxito, quizás por la misma razón que la escudella i carn d´olla sigue gustando mucho más que el mismo plato deconstruido delicadamente por algún genio de los fogones. Ciertos géneros no soportan bien un exceso de creatividad. Para buscar la última frontera expresiva ya están la pintura o la escultura, no hace falta secuestrar al pobre caganer, personaje que no tiene ninguna culpa de nuestras ansias de emular a Andy Warhol.
Pero este retorno al tradicionalismo pesebril no se produce por azar. Coincide con el primer rodaje del alcalde Hereu y con el estreno del president Montilla. Son dos hombres poco dados a los riesgos estéticos y cercanos al gusto general de eso que llamamos las clases medias-medias. En este sentido, las fotos domésticas (con o sin esposa) de los candidatos durante la campaña revelan más verdades profundas que mil páginas de discursos. El verdadero carácter de un líder puede habitar en un rincón entrañable del hogar, junto a una figurita de Lladró. No hay nada más profundo que la piel, creo que dijo Gide. Y la piel del cordero pesebrístico es una iluminación perfecta sobre nuestros nuevos mandatarios, socialistas todos ellos desde el consistorio a la Moncloa, sea dicho a beneficio de inventario. Todo encaja y es coherente. Hereu y Montilla no están para perder el tiempo con polémicas que den bombo a diseñadores amigos, ávidos de convertir el pesebre en una performance digna del gran Joseph Beuys. En el mundo de Montilla y de Hereu lo que toca es el pesebre de toda la vida, "no fos cas".
Todo se acaba. Llegan aires nuevos. Era propio del maragallismo confundir la extravagancia con la creatividad, a ver qué salía. A veces salía algo memorable y a veces salía un churro colosal. Tuvimos los Juegos Olímpicos en la lista buena y el Fòrum de les Cultures en la lista mala. Las relecturas off del pesebre de la plaza Sant Jaume fueron un síntoma más del canto del cisne de una aristocracia local que ahora se jubila y que miraba a los pesebristas (y a tantos) como gente muy rara. Con Montilla y con Hereu no habrá más confusiones. Los conservadores, y ambos lo son, nunca ponen en duda las tradiciones.
