El retratista de la 'movida'

No es de extrañar, en absoluto, que Pablo Pérez-Mínguez haya definido su estudio, enclavado en el corazón de Madrid, como «una mezcla de cabaré y del gabinete del Doctor Freud». Lleva ya el infatigable fotógrafo 46 años disparando sin fallar con su cámara y por allí, por su base de operaciones, ha pasado un sinfín de rostros de la música, el cine, la moda, el arte, el petardeo... Toda una seña de identidad ese voyeurismo suyo, diferenciador frente a la senda transitada por otros compañeros suyos de generación: el wild side de Alberto García-Alix a pie de calle o las recreaciones surrealistas y cuasipictóricas de Ouka Leele, quien precisamente formaba parte del jurado que ha distinguido a Pérez-Mínguez con el Nacional de Artes Plásticas, tras haberlo ganado el año pasado.

Junto a ella, figuraban Rafael Doctor, Antonio Ansón, Gerardo Kurtz, Carolina Martínez y Marisa Flórez. Un jurado que se decidió por el que fue cofundador de la crucial revista setentera Nueva Lente al valorar «su papel fundamental en el desarrollo de la fotografía española».

Claro que Pablo Pérez-Mínguez siempre será el retratista de la movida, como queda de manifiesto en la rutilante lista de nombres que han desfilado ante su objetivo a lo largo de estas décadas: Cecilia, Tino Casal, Carlos Berlanga, José Luis Perales, Pedro Almodóvar, Fabio McNamara, Poch, Massiel, Guillermo Pérez-Villalta, Iván Zulueta, Bernardo Bonezzi, Paco Clavel, Antonio Alvarado, Paloma Chamorro, Herminio Molero, El Hortelano, Alaska, Luis Antonio de Villena y un larguísimo etcétera.

«¿Cómo me va a molestar que sigan diciendo de mí que fui el retratista de la movida?», se interrogó ayer el fotógrafo en una conversación telefónica con este periódico. «A nadie le amarga un dulce, y es un honor haber participado en una etapa muy importante de la cultura española del siglo XX, como fue la movida. Fue aquello de estar en el sitio adecuado en el momento oportuno», se responde a sí mismo.

En contra del inmovilismo de otros colegas suyos, Pérez-Mínguez proclama sin tapujos su adhesión al imparable boom de la fotografía digital: «El paso de la fotografía analógica a la digital ha supuesto toda una revolución, porque ahora todo el mundo puede hacer lo que antes hacíamos cuatro, o 40, gatos. Cuando toda esta explosión se serene, se va a descubrir una nueva forma de fotografía, mucho más intuitiva».

Mientras tanto, se lanza a hurgar en los negativos de su ingente producción para contraatacar con nuevos y atractivos libros.

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