La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

29 Noviembre 2006

Nunca pasa nada, de Quim Monzó en La Vanguardia

Hace tres años, cuando Maragall llegó a la presidencia de la Generalitat y, durante la investidura, llegó el momento de cantar Els segadors,un amigo - fervoroso seguidor socialista a quien ni loco se le hubiese ocurrido nunca cantarlo antes- se puso a hacerlo con voz vibrante y emocionada. Cuando le pregunté por qué ahora lo cantaba si hasta entonces se mostraba remiso, me dijo. "Ara ja es pot!" Para él (y para muchos otros), durante los veintitrés años de gobierno convergente el himno nacional había sido algo así como secuestrado. Con Maragall en el poder, incluso él podía ya cantarlo sin remilgos. Tres años después, a nadie se le ocurre que cantar Els segadors presente problema alguno. Ahora la melodía sectaria ha pasado a ser El virolai.

A pesar de que ha habido en la historia otros presidentes de la Generalitat nacidos en Andalucía, durante esta campaña electoral muchos creían (o decían creer) inconcebible ver a uno en el lado noroeste de la plaza Sant Jaume. Pues ya está ahí y no pasa nada. De hecho, nunca pasa nada. Por más cataclismos que unos y otros anuncien en campaña electoral, por muchas vestiduras que se rasguen, por muchos tabúes que consideren intocables, luego no hay cataclismos, las vestiduras se recomponen en un arreglo y los tabúes se manosean que da gusto. Todo fluye y evoluciona, y sólo los memos - acodados en la barra de bar, con menosprecio y esperando las risas de aprobación- dicen cosas como: "¡Pues a este paso un día de estos veremos a un moro de presidente de la Generalitat!". Lo dicen creyendo que ese día no llegará nunca. Pues llegará y no pasará absolutamente nada.

En el auditorio del Palau han concentrado a las personas que no caben en el salón Sant Jordi. En una enorme pantalla pasan las imágenes de los que van llegando, alternadas con vistas de la calle Jaume I y del vestíbulo, cuya alfombra roja pisan Oriol Bohigas, Joan Boada, Montserrat Nebrera y su falda bamboleante... En sus asientos, López Raimundo y Martínez Sistach hablan. Carod frena las ganas de morderse las uñas y mantiene detenida la mano (nerviosamente cerrada) a la altura de la boca. Sentados en las butacas del auditorio, los asistentes se encuentran en una situación semejante a la de un cine y, en consecuencia, se acogen con comentarios las apariciones de unos y otros. La llegada de Joan Clos es recibida con un estallido de risas. Cuando Maragall empieza a hablar, un escalofrío recorre la sala. Es su última alocución pública y puede pasar cualquier cosa. Pero no. Lo más desconcertante sucede cuando explica que desde 1965 ha trabajado siempre en esta plaza, la de Sant Jaume, y detalla que el lugar lo ocupaba una iglesia con ese nombre y primero detalla que la demolieron para, acto seguido, decir que "la corrieron". Hacia dónde ni cómo no lo aclara. Después enumera sus méritos. Cita un montón de veces los Juegos del 92, recuerda la disolución del Área Metropolitana, recuerda que, la primera vez que se presentó a la Generalitat como cabeza de lista del PSC, ganó; y medio arremete contra la ley electoral. Es un fenómeno. En muchos momentos la gente ríe de sus palabras, pero cuando acaba - público entregado- le dedica una larguísima ovación. Luego Benach lee la proclamación de Montilla como presidente. Promete el hombre el cargo y le ponen en el cuello la medalla presidencial.

El poeta del día es, hoy, Salvador Espriu. Montilla cita un fragmento de La pell de brau:"Si et criden a guiar / un breu moment / del mil · lenari pas / de les generacions, / aparta l´or, / la son i el nom". Grandes aplausos cuando acaba y entra el coro de cámara del Palau de la Música, que se sitúa e interpreta Els segadors.Como hace tres años, ni los socialistas le hacen ascos a cantarlo. José Montilla mueve los labios siguiendo la letra del himno. Un poco más allá, en la misma mesa presidencial, el ministro Jordi Sevilla guarda silencio. Fue él quien, con gran perspicacia, a finales de enero dijo que aún no había llegado el momento de que un charnego fuese presidente de la Generalitat.

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