Desde que se cayó el muro de Berlín y el ejército rojo regresó a sus cuarteles, el séptimo de caballería de Estados Unidos en Europa perdió su razón de existir, y desde aquel momento y tras el paréntesis de la guerra de los Balcanes, que fue declarada por Javier Solana —y en la que la OTAN incurrió también en graves responsabilidades como los ataques premeditados a civiles, en la RTV de Belgrado—, la Alianza Atlántica sufre una crisis de identidad y proyecto —como la política española de defensa y seguridad— y se ha convertido en un punto de debate y discrepancia entre Europa y Estados Unidos, que mantienen sus diferencias públicas desde el inicio de la guerra de Iraq, y ahora a propósito de la guerra de Afganistán. Una misión aceptada por la OTAN y para la que Washington pide mayor esfuerzo militar de sus aliados europeos para combatir a los talibanes, mientras que las naciones del Viejo Continente se oponen a ello —España incluida— y subrayan que su misión debe estar más encaminada a la reconstrucción del país que a fomentar la guerra, aunque también dicen que colaborarán en caso de extrema necesidad.
¿Qué hacer con la OTAN? Ésa es la cuestión. Para Estados Unidos la OTAN debe abandonar para siempre su vieja zona europea de vigilancia y seguridad para llegar a ser una especie de gendarme mundial, al servicio de los llamados valores de Occidente y, por supuesto, a las órdenes militares del Pentágono, como ha ocurrido hasta ahora en la Alianza con el argumento de que USA es la primera potencia militar del mundo y además el país que más aporta al presupuesto de la OTAN. Asimismo, Estados Unidos querría ampliar el número de aliados atlánticos a otros países europeos e, incluso, a naciones como Japón o Australia para culminar sus fines y completar su liderazgo global.
Pero Europa tiene otras ideas y otros proyectos, más cercanos a la idea de la Comunidad Europea de la Defensa —o a la fracasada UEO— que defendió el general De Gaulle, y que algunos líderes europeos de ahora, como los de Francia, Italia, Alemania y España, querrían reconducir en el seno de la UE para dotarla de una política propia de defensa y seguridad, de la que recelan Estados Unidos y su aliado tradicional, Gran Bretaña. Un proyecto de defensa propia europea que pondría en duda la propia existencia de la OTAN —aunque algunos mantienen sus recelos y reticencias con la tormentosa Rusia de Putin—, al menos tal y como está para, en el mejor de los casos, dejarla reducida a un lugar de encuentro y coordinación de las políticas de defensa y seguridad de Europa y Estados Unidos, de igual a igual.
A pesar de todo esto, el presidente Bush insiste en su empeño de convertir la OTAN en el gendarme global de Occidente, aunque el presidente, en plena retirada de su mandato y fracasado en Iraq —y en Afganistán—, ya no tiene el crédito y la influencia de otros tiempos, sino más bien al contrario, porque los líderes europeos saben que sus pueblos no aprueban las iniciativas militares de Bush, ni su estrategia de la unilateralidad, ni su teoría de la guerra abierta como respuesta al terrorismo que ya ha fracasado en Iraq, Afganistán, Líbano y Palestina, y en estos dos últimos países por su apoyo a Israel.
El presidente no se quiere marchar derrotado de Iraq ni de Afganistán y por ello pide un mayor esfuerzo militar de sus aliados en ambos conflictos inacabados y sin visos de una solución fácil ni cercana, y especialmente en Afganistán, iniciativa a la que se oponen la mayoría de los países europeos que, como España, aportan sus tropas a la misión que la OTAN dirige en ese territorio, cada vez con más dificultades. Una guerra en la que los españoles han perdido ya muchos soldados, en los accidentes o incidentes del Yakolev 42 siniestrado en Turkía o en el helicóptero caído o derribado en territorio afgano. Y de la que los soldados españoles deberían salir lo antes posible, a la vez que el Gobierno de Zapatero debe solucionar, para siempre, el problema de la ausencia de cobertura y de una garantía automática de Defensa para Ceuta y Melilla que por el momento le niega la OTAN. ¿De qué le sirve a España participar en una Alianza que le obliga a defender los territorios de otras naciones cuando la OTAN se niega, en caso de conflicto, a defender las plazas norteafricanas españolas, por ejemplo como garantizaba la defensa de Argelia cuando este país era colonia de Francia? ¿Acaso no son Ceuta y Melilla el punto débil de la defensa territorial española? La crisis de Perejil hubiera sido impensable si Rabat supiera que Ceuta y Melilla están bajo el paraguas militar de la OTAN.
Antes de meterse en lejanas guerras donde se dilucidan intereses económicos y políticos —como el petróleo— ajenos al interés nacional español, el Gobierno de Zapatero debería hacer algo que no ha hecho hasta el momento ningún gobernante español desde el inicio de la transición: revisar y reformar su política de defensa y seguridad en profundidad. Y no sólo para conseguir una justa contrapartida de la OTAN sino también para acabar de una vez por todas con la absurda dualidad de nuestra presencia en la Alianza Atlántica, de corte multilateral donde Estados Unidos tiene el mando militar, y la existencia de un acuerdo bilateral con Washington de defensa y cooperación que, curiosamente, tampoco incluye una cláusula automática de defensa para toda España (Ceuta y Melilla incluidas) y sí zonas de mucha oscuridad, como las relativas al paso de armas nucleares por nuestro territorio.
La OTAN está en crisis y Bush y Blair, los comandantes de la guerra de Iraq y del viejo y caduco atlantismo, también lo están en la que será su larga y amarga despedida. Y en medio de esta crisis España tiene empantanados y en riesgo soldados en Afganistán y el Líbano y mantiene en vigor una trasnochada política de defensa y seguridad que nos quita, o nos implica con altos riesgos, mucho más de lo que nos da. El Gobierno actual de Zapatero, que se ganó la simpatía general de un pueblo pacifista como el español con la retirada de las tropas españolas desplegadas en Iraq, no parece dispuesto a ir un poco más allá. Más bien al contrario, nos ha metido de bruces y con más soldados en la crisis de Afganistán para hacerse perdonar por Washington, aunque todo apunta a que ya es tarde para esa reconciliación con la que sueña Zapatero en pos de su reconocimiento en la escena internacional.

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