VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA

Un inquietante césped cubre y se pliega a las viejas trincheras en zigzag

Los jardineros cortan el césped con espíritu de campo de golf. Se agachan para analizar el verde en perspectiva y no continúan segando hasta estar seguros de que la línea es bien recta. Es una metástasis de perfección: no está claro dónde acaba el ajardinamiento y dónde empiezan los impecables campos de trigo que tapizan estas colinas de la Picardía.

El último reportero de La Vanguardia que se pasó por esta suave elevación no pisó un césped tan bien pulido, precisamente. El suelo estaba pegajoso, y no sabía cómo avanzar por los empastados corredores de la trinchera sin pisar con sus botas una masa de barro y sangre espesa. Era el 17 de abril de 1915, y Agustí Calvet, Gaziel,caminaba hundido entre taludes para llegar a la última posición francesa de Thiepval.

"El capitán - explicaba Gaziel en su crónica- se detuvo para indicarnos una mancha sombría, cárdena, que ocupaba el fondo de la zanja, como rastro de un charco reciente.

Y con voz muy baja nos indicó que en aquel lugar murieron anteayer cuatro soldados alemanes durante una escaramuza nocturna. Al amanecer, los centinelas franceses encontraron los cadáveres amontonados sobre un charco de sangre. Para no pisar las huellas todavía húmedas, seguimos adelante saltando por encima de la tierra viscosa".

Aquí, exactamente sobre esta colina, sobre esa viscosidad que no sabía cómo pisar, Gaziel escucharía hoy la música de Erik Satie y Edward Elgar, sedantes sinfonías en un moderno audiovisual dedicado a la ofensiva y masacre del Somme: en este punto más avanzado de las trincheras de Thietval se diseñó en el 2004 un centro de interpretación.

Es el sagrado deber de la memoria: una máquina automática, tipo cafetera, expende medallas del 90. º aniversario del masivo sacrificio de vidas previa introducción de dos euros por la ranura.

Pero volvamos a 1915.

El capitán francés rogó al reportero catalán y al colega sueco que le acompañaba que hablaran muy bajito. "¿Adónde íbamos?... - se preguntaba Gaziel en la crónica-. No se veía en toda la zanja ni un soldado. Y los taludes eran, a ambos lados, compactos, macizos, sin ninguna de las cuevas que tanto abundaban en otras trincheras. Los disparos de fusil resonaban tan próximos como si salieran de la misma zanja por donde divagábamos".

"El callejón terminaba bruscamente, con un soldado-vigía inmóvil, y el capitán nos dijo, siempre en voz baja y con ademán misterioso: ´Éste es el punto más avanzado de nuestras trincheras. Estamos a sólo veinte metros del enemigo; el descuido más leve, la imprevisión más ligera, puede hacer a este soldado víctima de los enemigos que, en el momento más inesperado, salen con sigilo de sus trincheras, se arrastran como reptiles y caen sobre él, asesinándole a puñaladas para no delatar su presencia con disparos´".

Hoy, exactamente en este mismo punto, además de escuchar a Erik Satie, Gaziel se podría comprar la reproducción de una trinchera, tamaño lata de espárragos, por 13,50 euros. Y llevarse a casa, por tres euros, un yoyó Thiepval.¿Frivolización de esta inmensa fosa común? Quizá no. Quizá los soldados hundidos en estas zanjas, si hubieran podido alargar su mano hasta el siglo XXI, de todos los souvenirs habrían cogido el yoyó y se habrían puesto a jugar con ellos para matar el tiempo a la espera de que los mataran a ellos: era cuestión de tiempo.

"Estábamos tan cerca de las posiciones alemanas - explica el reportero de La Vanguardia en su crónica- que el capitán quiso mostrárnoslas con periscopio. A veinte metros del enemigo no es posible sacar ese aparato ni dos dedos por encima de la trinchera. El capitán aplicó el espejo superior del periscopio a la grieta de la tronera y nosotros, echados de bruces en el suelo, miramos por el extremo opuesto. El temor y la vaga ansiedad que nos atormentaban infundían un extraño incentivo a aquella visión inolvidable".

"A veinte metros de nuestro observatorio - continuaba relatando Gaziel- aparecía la fachada del castillo de Thiepval. Los tejados y los muros interiores del edificio habían sido aniquilados por completo: sólo quedaba la fachada, sin puertas ni ventanas, lisa, delgada, roída por todas partes, cubierta de grietas, ennegrecida por los incendios, con los huecos de las aberturas desnudos, dejando ver a través de sus marcos el fondo claro del cielo (...) Detrás de esa fachada en ruinas, tal como la vemos en el periscopio, los alemanes esconden un poder misterioso y, según el capitán, casi sobrehumano".

Todo eso está hoy ajardinado. Césped y más césped inundando el centro de interpretación y el inmenso arco déco que el arquitecto sir Edwin Lutyens culminó en 1932. La orgía de verde rasurado se perfecciona en el sector canadiense de Beaumont-Hamel, donde el césped se hunde y cubre las trincheras perfilando todo el zigzag con sensualidad y suma belleza. La apoteosis del ajardinamiento estalla en el cráter de Lochnagar, una de las 17 apocalípticas explosiones que los británicos hicieron detonar cavando bajo las trincheras alemanas: el fondo del cráter está plagado de estudiadas amapolas, las primera flor que surgió tras la matanza.

Habíamos dejado a Gaziel mirando expectante por el periscopio hacia las trincheras alemanas. A partir de aquí, su crónica se acelera hasta un final de infarto.

"En el corto espacio que separaba los restos visibles del castillo de nuestra trinchera - explica- no había más que una faja de terreno llano. Desplacé lentamente el periscopio para echar una rápida mirada a través de esta zona desierta. De pronto, a unos tres metros de nuestro escondrijo, descubrí a dos alemanes extendidos boca abajo, sobre el suelo, como si vinieran arrastrándose subrepticiamente para sorprendernos.

- ¡Mi capitán! - exclamé con voz débil, exhausta-. ¡Hay dos alemanes escondidos ahí mismo, a tres metros de la trinchera!".

"Nuestro guía y mi compañero - cuenta el reportero- se quedaron estupefactos. Luego, con un impulso instintivo, los tres volvimos los ojos hacia el centinela. Y éste, mirándonos con una sonrisa indefinible, vagamente asomada a sus labios, dijo con ironía:

- ¡No se asusten! Esos dos ya no volverán a levantarse. Yo mismo los maté anteayer y puedo dar mi palabra de que aún están muertos. Se acercaron para sorprenderme desprevenido. ¡Pse! ¡Otra vez será!".

Y aquí termina Gaziel su crónica.

Efectivamente, otra vez será. Seis meses después de que La Vanguardia publicara esta pieza, los británicos se desplegaron en masa por Thietval. Ya partir de ese mismo punto de observación, el primero de julio de 1916 el ejército británico sufrió el mayor número de bajas de toda su historia en un solo día: 19.240 muertos y 2.152 desaparecidos. Y hubo, claro, muchos más días.

Es una guerra perdida: la memoria se diluye. Los que vienen por motivos carnales ya no acuden para recordar al padre que murió aquí, vienen para recordar al padre que recordaba a su padre que aquí cayó. Lo demás es ocio y yoyós. Por eso se construyó hace dos años el centro de interpretación: por el peligro - ¿es un peligro?- de que estos hermosísimos cementerios queden "olvidados y aislados de las nuevas generaciones".

El historiador británico que más sabe de Thietval y todo el Somme es Michael Stedman. Lo encuentro mirando los trigales.

- ¿Fue una guerra de buenos y malos?

- No - responde-.

- ¿Fue un gran error?

- Fue una gran tragedia.

Una tragedia viscosa, inútil y europea. Ajardinada aquí hasta la ausencia.