Infancia, de Carmen Gómez Ojea en La Nueva España
Un infante es quien no habla, aunque los bebés, con sus glosolalias y balbuceos, sin duda nos cuentan historias fabulosas, de las que los adultos no entendemos ni papa. En cierto modo, los perros, los gatos o las vacas también son infantes. Nos ladran, maúllan y mugen, pero nosotros nos quedamos in albis, mientras que ellos son capaces de conocer por un simple gesto nuestras malas o buenas intenciones. La infancia no es santa ni comprendida. No es intocable ni pertenece al territorio del tabú y de lo sacro ni se encuentra apartada de todo daño. Sufre malos tratos, agresiones y muerte violenta a diario. Y es incomprendida no sólo en lo tocante a sus balbucencias, sino también a sus llantos. Quien observe a un infante con ojos atentos de emoción y asombro, no con mirada de uno de esos doctos en biología que piensan que el hombre es el ombligo del mundo y que, de toda la humanidad, el de los biólogos es el más perfecto, seductor y redondo, descubrirá que es una criatura divertida y astuta, además de tierna, con su carácter y sus gustos propios en cuanto a música, a tacto de la ropa, a colores, olores y al sabor de la leche. Por eso tantos bebés se aburren y protestan rabiosos y airados, hartos de la misma musiquilla de la mariposa colgada de un barrote de la cuna o de que el pecho sepa siempre a algo insípido y triste, debido a que el alimento de su madres es monótono, ya que aquí se come poca fruta, pese a la canción mediterránea de la dieta sana, pues es una aguja en un pajar el restaurante que incluye en sus postres un fruto que no sea la pera deprimente o la manzana oxidada, y hastiados de que el biberón termine por ser como el pan y el agua de los cautivos, porque en los laboratorios nadie tiene una sesera lo bastante sustanciosa para ocurrírsele introducir en las tediosas leches de los neonatos saborizantes y aromas gratos. Los infantes no son insensibles. No lo eran ya de fetos, cuando en el útero soñaban y se chupaban el dedo, o incluso se reían. Existen casos registrados en la literatura médica y en la Biblia, que es también en cierto modo un manual de medicina, de algunos que saltaron de gozo, a la vez que, a través de las paredes del vientre, se escuchaban sus carcajadas alegres. La infancia debería ser un bien común, no una propiedad privada de nadie, tratada con menos ignorancia y más consideración. Recientemente se celebró su día y se habló mucho de la maldad de quienes la golpean, dañan y asesinan. Debería incluirse en esa fecha a los otros infantes, los animales, a quienes les cortan la cabeza con una catana, les sierran las patas, les arrancan los colmillos y la piel, les clavan un estoque o los operan para que no ladren. Desde luego que no son niñas ni niños ni humanos. Quizá ninguno de ellos quisiera serlo. Yo, en cambio, como soy una degenerada, si sufriera avatares como Buda, querría, igual que cuando era pequeña, reencarnarme en un vaca asturiana de ojos adormilados de drogadicta y piernas esbeltas, para ir metiendo mucho ruido con los tacones de las pezuñas, por los caminos de la aldea. Después de todo, no es muy estrambótico, o no lo es tanto si se compara con el sueño de una amiga mía que va todos los años a Ciudad Rodrigo a ver si se encuentra de nuevo en la carretera rural con su amor, el toro blanco que la hechizó con sus testículos rosados y su mirada, brillante y un poco exoftálmica como la de Picasso.
