En tres años, los catalanes hemos pasado de no tener ningún ex presidente de la Generalitat a contar con dos. Jordi Pujol y Pasqual Maragall dispondrán de sendos despachos con vistas al paseo de Gràcia, a menos de cinco minutos el uno del otro. El gran bulevar comercial de la ciudad se convierte así en la avenida de los ex mandatarios. ¿Y para qué sirve un ex president? Pues la verdad es que el Estatut no les dedica ningún artículo especial, más allá del que establece su asignación mensual y su pensión vitalicia, y la sociedad tampoco se ha preocupado de ello. No existe un manual, de tal modo que la hoja de ruta se la tiene que trazar cada ex a su medida.
Entiendo que es un lujo para un país contar con dos personalidades tan dispares, y a la vez tan carismáticas, como las que encarnan Pujol y Maragall. Pero me temo que la actual clase política no parece demasiado dispuesta a escuchar sus consejos o sus reflexiones; es más, en privado, después de un halago comedido, los sitúan más en el pasado que en el futuro, más en el frontispicio de catalanes ilustres que en el oráculo de los sacerdotes de la gentilidad. Manda una nueva generación de políticos, a los que la transición cogió imberbes, que han ido ganando presencia en los partidos desplazando biografías ilustres. No se trata de que los ex presidentes catalanes deban convertirse en los Pepito Grillo de la vida del país, porque esto supondría la deslegitimación de los cargos, pero pueden servir de referencia en momentos de crisis, de estímulo en instantes de incertidumbre.
La política estadounidense confiere a los ex presidentes un estatus especial, a modo de valor permanente de la sociedad, y hemos visto a personajes como Carter interviniendo en conflictos internacionales con la bendición de la Casa Blanca, ya fuera en Bosnia, en Etiopía o Haití, independientemente de que mandara un presidente demócrata o republicano. Pero también hemos visto a Bush padre y a Clinton en misiones especiales en catástrofes como el tsunami o cerrando filas tras el 11-S. Los ex presidentes americanos suelen ganarse la vida escribiendo memorias y dictando conferencias, pero también representando al Estado. Clinton ganó 7,5 millones de dólares con su actividad pública, pero también obtuvo un intangible mediático cuando intentó tender puentes con Cuba.
Los países que creen en ellos mismos están obligados a contar con la experiencia de quienes han gobernado, porque los ciudadanos invertimos en nuestros presidentes no para convertirlos en estatuas al final de su mandato, sino para aprovecharlos como un activo irrenunciable.

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