Un fantasma recorre Europa: la excesiva dependencia del gas ruso. ¿Qué tiene de real esta amenaza? Depende. En Europa Central y del Este, el legado de la URSS aún pesa como una losa. Sin embargo, en los principales mercados europeos (Alemania, Francia, Italia y Holanda) el porcentaje del gas ruso sobre el total del consumo varía entre el 6% de Holanda (en realidad, un exportador neto) y el 33% de Alemania. Otros grandes mercados, como España, Reino Unido y Bélgica, tienen poca o ninguna dependencia, aunque esto puede cambiar a medida que crezca el consumo y los yacimientos del sector británico y holandés del mar del Norte se vayan agotando.
A la hora de valorar el verdadero poder del gas ruso como "arma de extorsión política" a Europa, conviene no olvidar que Gazprom es la primera interesada en no disminuir las exportaciones. En realidad, la relación es de dependencia mutua. Durante la mayor parte de la década de los noventa, Gazprom se vio obligada a abastecer el mercado ruso y de la CEI a costa de graves pérdidas económicas. Sólo las exportaciones a Europa la mantuvieron a flote. Probablemente el futuro será diferente, en la medida en que las exportaciones a los países de la CEI resulten provechosas y que el mercado ruso sea rentable, lo que sucedió por primera vez en el 2004.
Pero Gazprom tiene otro punto débil. Los campos que aportan la mayor parte del gas de la compañía han entrado en declive, de modo que es urgente compensar la pérdida de capacidad extractiva con la apertura de nuevos yacimientos, la mayoría de ellos en la lejana Siberia. Y eso requiere inversiones enormes y sostenidas.
Aunque en materia de seguridad energética diversos países se atienen a la norma de "sálvese quien pueda", laUEno duerme, al menos en teoría, a la hora de asegurar el suministro ruso y de diversificar sus fuentes de aprovisionamiento. Para ello necesita abrirse a otras regiones productoras y construir nuevas infraestructuras de transporte. Sus prioridades son seis:
1. Construir un nuevo gasoducto a través del Báltico para llevar gas ruso a Alemania, Dinamarca, Suecia, Holanda, Bélgica y Reino Unido.
2. Establecer nuevas conexiones entre el norte de África y la península Ibérica, Italia y Francia.
3. Conectar, a través de Turquía, a los países productores del mar Caspio y de Oriente Medio con Bulgaria, Hungría, Rumanía,
Austria, Grecia e Italia.
4. Potenciar la construcción de terminales de gas natural licuado en España, Portugal, Francia e Italia (con posible ampliación a Polonia, Grecia y Chipre).
5. Instar la construcción de almacenes subterráneos en España, Portugal, Italia, Grecia y la región báltica.
6. Crear en el Mediterráneo oriental un anillo de gasoductos que transportarían gas desde Egipto y Libia hasta el sur de Europa y hacia Turquía.
Concretar todos estos proyectos supone inversiones astronómicas y grandes esfuerzos de negociación en los que la diplomacia tendrá un papel destacado. Lo que nos jugamos es mucho. Un fracaso en la urgente tarea de implementar una política energética común podría suponer un golpe fatal para el futuro de la UE.

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