TRIBUNA
Felipe Calderón asume el viernes como presidente mexicano, con escaso margen de maniobra y una montaña de problemas. Pero puede ganar si sigue las lecciones de otros países del sur del continente, como Chile y Brasil.
Como nuevo presidente, Felipe Calderón enfrentará una montaña de problemas. Tendrá que establecer una nueva relación con un Congreso pluralista y difícil, aunque espero que no idiota. Con su pequeño margen de maniobra, Calderón no puede darse el lujo de fracasar con el Congreso como le ocurrió a Fox.
Necesita a un negociador de primera clase, dedicado a trabajar con ambas cámaras de modo de aprobar reformas urgentes sobre seguridad pública, recursos acuíferos y electricidad. Necesita también reestructurar a la Pemex, la petrolera estatal; llevar adelante una reforma impositiva; y abordar los temas de la reelección de los legisladores y de un segundo mandato para los presidentes.
Deberá también enfrentar los terribles problemas de la pobreza, del narcotráfico con su consecuente violencia, y del aislamiento rural. Más allá de todo esto, Calderón no puede evitar tener que lidiar con la arrogante, ciega y arbitraria decisión norteamericana de comenzar a cerrar la frontera con México.
Este será el primer gran dolor de cabezas para el presidente Calderón. Dentro de dos años habrá un cambio de administración en la Casa Blanca. Finalmente, la junta ultra-derechista que perdió todo prestigio en el mundo se irá y ocupará su lugar una administración más inteligente. En los próximos dos años, y aún cuando ya se haya elegido a un nuevo presidente en Estados Unidos, Calderón deberá librar batalla con una espada de dos filos.
Desde el punto de vista internacional, tendrá que negociar derechos laborales y un trato decente para los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos. Desde el punto de vista interno, si la frontera se cierra herméticamente y las cosas se agravan, tendrá que enfrentar el problema de que 500.000 trabajadores encuentren trabajo todos los años, aquellos encerrados detrás de la cortina de cáctus de México.
Esta relación con Estados Unidos promete ser una de las más difíciles de nuestra historia porque ahora depende más de lo que hacemos aquí en México que de lo que hacen los "gringos" en Estados Unidos.
Para esto, Calderón deberá tener en cuenta una lección fundamental de nuestra historia: sólo se debe negociar con Washington de pie y mirando a EE.UU. derecho a los ojos. Cualquier genuflexión invita —y merece— nada más que al rechazo y el fracaso.
Parte de la negociación de México con EE.UU. tiene que ver con hallar una solución para su pobreza. El país está en deuda con López Obrador por haber colocado al tema en lo más alto de la agenda nacional.
El fantasma de la pobreza nos asusta de noche pero al despertarnos lo olvidamos. Con todo, los clarines sonaron ya muchas veces. Durante la Era de la Razón mexicana (1858-1872), el reformista liberal Ignacio Ramírez preguntó "¿Qué vamos a hacer con los pobres?" y Julieta Campos retomó el tema un siglo más tarde en un libro sobre el "México invisible".
Para Campos, lo necesario era remarcar las soluciones desde abajo: abordar la salud económica de los granjeros arrendatarios, de los granjeros colectivos, de los campesinos, de los pequeños empresarios, de los ejecutivos de nivel medio, de los propietarios pequeños y medianos, de los obreros de fábrica y los residentes de los barrios pobres; la fragilidad de los sistemas crediticios locales; e inversiones elementales en educación, salud y comunicaciones.
Mientras México intenta lidiar con la pobreza con su nuevo presidente, hay algunos ejemplos en otros sitios de Latinoamérica, buenos y malos, que vale la pena observar. Chile, por ejemplo, gracias a las buenas ideas que puso en práctica, logró un veloz crecimiento económico con mano de obra y políticas de distribución que redujeron su nivel de pobreza conforme a uno de los principios de su ex presidente socialista Ricardo Lagos ("No hay que empobrecer a los ricos, hay que enriquecer a los pobres").
Y Luiz Inácio Lula da Silva logró reducir el nivel de pobreza en Brasil de un 28 % en 2003 a un 23 % en 2005. El ingreso real de los hogares más pobres de Brasil aumentó cerca de un 30 % entre 2004 y 2005, el salario mínimo creció también y la inversión y la educación mejoraron, sin una suba de la inflación o del déficit.
No cabe duda de que Brasil tiene sus problemas con Lula, incluidos el crimen y la corrupción. Pero en líneas generales, sus políticas fueron las correctas, en especial si las comparamos con los excesos de gastos y la demagogia de su vecino venezolano, el inefable payaso caraqueño Hugo Chávez.
El presidente venezolano gasta puñados de ingresos por petróleo en dudosos regalos a otros países de modo de ganar una suerte de ridículo prestigio internacional. Imparte bendiciones entre los militares y entre sus familiares, mientras permite el derrumbe de la infraestructura. A la manera de Juan y Eva Perón, Chávez reparte regalos simbólicos: caridad para hoy, pobreza para mañana. Y con exasperante hipocresía Chávez ataca a Estados Unidos aunque depende todavía de él ¡por ser el mejor cliente de Venezuela en materia de petróleo!
A la luz de todos estos progresos y reveses en otros sitios, es hora de que López Obrador deje en México de puntear consignas anti-pobreza y ofrezca algunas políticas prácticas para reducir la miseria.
Los radicalizados lopezobradoristas siguen denunciando el fraude. Una buena parte de la izquierda habla de descontento social y la izquierda entera se enfrenta a la decisión sobre si seguir amenazando a Calderón en las calles con el eslogan "No pasarás" u organizar una fuerza opositora permanente y efectiva sobre temas que vayan más allá de la conducta de la elección.
¿No es hora de convertir lo que se ganó en la calle en lo que se puede ganar en el foro? Las protestas callejeras, las interminables reuniones y el hecho de invocar al "pueblo" son tácticas que se van a marchitar finalmente.
López Obrador es un respetado izquierdista pero no representa a toda la izquierda. La izquierda mexicana, condenada muchas veces a ser un papel picado de carnaval político, logró armar una política alternativa responsable desde los años 80 bajo la dirigencia de líderes tales como Heriberto Castillo, Cuauhtemoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.
¿Hubo fraude el 2 de julio pasado? ¿Ocurrió solamente en la elección presidencial —y no en los votos para elección de senadores y diputados— o en las municipalidades leales al izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD)? ¿Es fraudulento el Tribunal Electoral o demostró imparcialidad una y otra vez en las elecciones locales y estaduales? ¿Hubieran tildado de corrupto al Tribunal Electoral si López Obrador hubiera ganado otro 0,5 por ciento de los votos?
Todas estas cuestiones palidecen al lado de los hechos. La realidad es que la izquierda mexicana cuenta hoy con una presencia política mayor que la que tenía durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, que nacionalizó los recursos petroleros de México.
Fuera de la lucha presidencial, la izquierda logró una gran cuota de poder en el Congreso, a nivel local y regional. No veo que sus senadores, diputados y alcaldes renuncien a sus puestos para llevar adelante una campaña permanente al grito de López Obrador de "al diablo con todas las instituciones".
A pesar de nuestras imperfecciones, el abarcador y democrático México que tenemos hoy necesita otro lenguaje y otra actitud. La izquierda necesita verse y organizarse como un movimiento político permanente, y no como un arrebato circunstancial. La izquierda mexicana necesita con vertirse en una alternativa auténtica a la manera de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, superando la personalidad de la dirigencia política del estilo López Obrador.
La izquierda mexicana tiene un largo camino por delante. Tanto Lula como Lagos, Bachelet y Evo Morales en Bolivia necesitaron tiempo, paciencia y organización para llegar al poder. Representan a una izquierda latinoamericana que es muy diversa y para nada monolítica. Espero que algún día México pueda sumarse a sus filas.
Carlos Fuentes. Escritor mexicano.
Copyright Global Viewpoint y Clarín 2006.
Traducción: Silvia S. Simonetti.

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