Que la política tiene un problema con la realidad es harto conocido. Los políticos a menudo se acusan unos a otros de no hablar de lo que realmente preocupa la gente. En otras ocasiones les echamos en cara el estar lejos de la realidad. Pero no son menos los reproches que reciben por no saber liderar los cambios que la realidad necesita. Y por si fuera poco, es pretensión de cualquier político interpretar la realidad de manera que cuadre con sus intereses y objetivos. La realidad es tan tozuda que suele ser más fácil intentar reinterpretarla que modificarla. Para ello, el político pone en marcha un intenso trabajo de invención conceptual para simular que "la realidad es suya", sumando el control de la opinión pública al control del orden público, basado en aquello de "la calle es mía".
¿Qué otra cosa fue el reciente debate de investidura del nuevo presidente de la Generalitat sino un gran taller de aprendices y profesionales de la arcilla, intentado moldear la realidad catalana? A cada nuevo discurso daba la impresión de que el orador apretujaba la realidad del país con sus dedos para conseguir que se pareciera al modelo de país que más le convenía. Cada uno nos la describía de manera distinta, cada uno ponía en nuestra boca cosas que no habíamos dicho nunca, todos ellos intentaban acomodar nuestra compleja realidad indomable a su cómoda realidad inventada para la ocasión. El debate político de la semana pasada no fue otra cosa que el inicio de un combate por la apropiación retórica de la realidad del país que se quiere gobernar.
Pero de entre todas la filigranas retóricas del debate de investidura, hay tres que posiblemente van a marcar esta legislatura y a las que muy probablemente deberemos regresar en otras ocasiones. Las comento brevemente. En primer lugar, entró en la cámara con toda formalidad el argumento de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía sobre la necesidad de respetar la realidad tal cual es. Naturalmente, sus tres diputados se refieren únicamente al respeto de la realidad de los usos lingüísticos. Pero el argumento de Ciutadans presenta grieta tan inmensa que todo su edificio conceptual amenaza ruina. Por una parte, porque está claro que ese respeto a la realidad no es, para ellos, un principio que pueda universalizarse. En otros campos, resulta que sí creen legítimo que los gobiernos intenten cambiar la realidad. Presentarse en política con el argumento de que se debe respetar la realidad tal cual es raya la antipolítica. ¿No se dedica el Instituto Cervantes a la promoción de la lengua castellana? ¿Cabría en este caso una llamada a dejar las cosas como están? En segundo lugar, el argumento del Partido de la Ciudadanía es ruinoso porque llega tarde, es viejo ya. El respeto a la realidad de los usos lingüísticos en Catalunya, tal cual están, superan el viejo debate sobre el bilingüismo y ahora debería atender a una realidad multilingüe. ¿Piden que se implanten líneas escolares en lengua árabe? A Ciutadans se les ve la trampa: cuando dicen que los territorios no hablan, saben que los estados sí tienen lengua, y confían en que el darwinismo lingüístico cumpla su labor a favor del español más rápidamente, sin las resistencias de las políticas de normalización lingüística.
El segundo concepto que la semana pasada pusieron de gala Montilla y Carod-Rovira fue el del patriotismo social.Nada realmente nuevo, como el propio Carod señaló al intentar darle lustre y fondo, remitiéndolo a Narcís Roca i Farreras. Pero lo interesante no son los conceptos aislados del contexto, sino el uso que se pretende de ellos. Y el recurso al patriotismo social, si es que supone algo nuevo, no puede limitarse a lo que estrictamente afirma. Lo interesante es aquello a lo que se contrapone, que probablemente es el patriotismo político. La pirueta me recuerda a aquellos que distinguen entre la nación cultural y la nación política para quitarse de encima la espina de los Països Catalans, como si la nación cultural no tuviera un origen político y su garantía de futuro no implicara algún tipo de dimensión política, al estilo, por ejemplo, de la ciudadanía hispana que este verano proponía Rodríguez Zapatero para toda el área hispanohablante. En definitiva, que o bien patriotismo social es un nombre inofensivo para el patriotismo de siempre o, si es algo nuevo, debe entenderse como un grave paso atrás en la defensa del patriotismo político.
En tercer lugar, se ha dicho que este Gobierno suponía el principio de una etapa posnacional, no identitaria. Por favor, un poco más de rigor. Se podría decir que, efectivamente, el nuevo Gobierno catalán desea encontrar la paz interior manteniéndose en un plano posnacionalista catalán,pero no posnacional a secas. Es decir, es posible que el Gobierno renuncie a las reivindicaciones políticas nacionales y se limite a gestionar lo mejor posible las posibilidades del nuevo Estatut sin levantar ampollas. Si es así, tomemos nota. Pero lo de posnacional sólo sería posible si, uno, ya hubiésemos llegado al cenit de lo nacional, y dos, si el post no sólo fuera a servir para lo nacional catalán, sino también para lo nacional español. Viendo las enormes banderas que enarbola el patriotismo constitucional y laico en la España de El Mundo y la Cope, pero también de El País y la Ser, lo de la etapa posnacional en Catalunya sería como quitar las banderas catalanas de los edificios públicos, pero dejando la otra. Parece que algunos confunden el principio de placer con el de realidad. O aún peor: en ocasiones, más que reinterpretarla, parece que el político va a por la realidad.

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