Se lamentaba un tertuliano de la escudería del PSOE de que los suyos —el Gobierno y el PSOE— ya no le llaman para colaborar en programas de radio y televisión, por lo cual se ve en la penosa necesidad de buscar amparo en los medios controlados por el PP —como Telemadrid— para actuar allí como coartada en nombre del PSOE y ganarse unos euros y algo de notoriedad. Si no le llaman los suyos a este opinador del PSOE será porque otros de la misma camada tienen mejores padrinos o son más lustrosos y más aguerridos a la hora de defender al Gobierno y a su patrón, Zapatero. Pero su lamento nos da pie para comentar los tiempos nuevos que se anuncian en RTVE, bajo la nueva presidencia del periodista Luis Fernández, a quien se le supone más cercano al PSOE porque ha sido propuesto por ellos y porque de lo contrario los socialistas no hubieran aceptado un empate de consejeros entre PSOE y PP, que además se dirime a su favor con la ayuda de los sindicatos y de los representantes nacionalistas o de IU.
En todo caso, bienvenida sea la oportunidad de un cambio de estatutos, modelo y de gestión en la cincuentona RTVE, que está muy lejos de parecerse a la BBC y que por el momento ha pasado, en apariencia, del dominio pleno de un partido a una especie de reparto con truco —a favor del PSOE— en el Consejo de Administración, aunque lo más importante será lo que salga por la pantalla cuando se ponga en marcha la nueva etapa, que la señora Caffarel no ha sabido o no ha podido iniciar, por más que presuman de unos informativos algo más planos y menos publicistas del Gobierno, pero claramente a favor del PSOE, y de unos programas de debate como el de 59 segundos, donde más que analistas profesionales e independientes suelen asistir fanáticos del PSOE y del PP —con algunas y contadas excepciones— que llegan con suma facilidad al insulto y a la descalificación con tal de defender lo indefendible, o todo lo que hace su Gobierno o su partido, por encima de la verdad y de la palpable realidad.
El periodismo español lleva años de progresivo deterioro por causa del alineamiento de los medios —y sus respectivos grupos editoriales— no ya con una ideología o una línea editorial progresista o conservadora, lo que parece lógico, sino con una militancia que raya en lo grotesco y acaba en obscenas manipulaciones al servicio de este o aquel partido, del Gobierno o de la oposición. Y, además, de un tiempo a esta parte se ha puesto de moda la militancia aguerrida ya que, una vez admitido que la función de la prensa en España es la de ser correa de transmisión de la propaganda oficial, se prima en audiencia y lectores a los que más ruido hacen porque se ha educado a muchos de los ciudadanos —lectores, oyentes o televidentes— a seguir los diarios, radios y televisiones de su propio partido. De ahí que la SER —que tiene la ventaja de no tener competidor en su segmento radiofónico pro PSOE, apenas RNE— se haya convertido en la radio del PSOE, de la misma manera que la COPE pretende ser la única radio del PP, y para ello no sólo sube el tono de sus ataques al Gobierno sino que además se dedica a atacar a sus adversarios del ámbito conservador (Punto Radio y Onda Cero), a los que acusa de ser unos timoratos cuando no cómplices del progresismo socialista, que es lo que dicen los talibanes de la COPE del ABC.
Con estos mimbres y esta norma de repartos y cuotas, dos telediarios para el PSOE y uno para el PP, cuatro tertulianos fanáticos para el PSOE y cuatro para el PP, y uno para IU y otro para los nacionalistas, o unos programas culturales controlados por gente del PSOE o de su entorno, va a ser muy difícil que la nueva televisión de Luis Fernández progrese camino de la independencia y de la credibilidad. Entre otras cosas porque en RTVE se mantiene viva la tendencia franquista —oriunda del NODO— de dar sitio a los llamados actos institucionales por encima de la actualidad —visitas oficiales, toda clase de inauguraciones, etc.— lo que no se ve en ninguna televisión del mundo occidental, de la misma manera que las noticias de internacional se construyen sobre las imágenes que distribuyen las agencias internacionales —y si son de catástrofes, mejor que mejor— y no con la verdadera actualidad internacional y la que interesa a España, como debería ser. Para comprobar todo esto bastaría repasar las llamadas de los gabinetes de prensa a los informativos de RTVE —o de cualquier cadena pública, o militante— en las que se dice: el presidente va a inaugurar una oficina de inmigración, manda una cámara; o el ministro tal preside mañana un coloquio sobre los peces y las flores, manda una cámara; o el jefe de la oposición participa en un desayuno de trabajo empresarial, manda una cámara; o mañana llega el presidente de Florilanda, manda una cámara. ¿Alguien ha visto en la BBC todas las audiencias de Blair a dirigentes extranjeros? Si llega Bush, eso es otra cosa porque noticia habrá, o si aparece en Londres el presidente de Irán en las actuales circunstancias informativas también, pero la coba a todo el que llega, desde el aeropuerto, a los besamanos, entrevistas, comidas y cenas, eso es sólo propio de los restos del NODO español: “Su excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco ha inaugurado en el día ayer un pantano más…”, se decía.
En fin, algo se mueve en los medios porque hemos visto al director de El País anunciar un giro hacia la independencia del hasta ahora diario gubernamental del PSOE, y al de ABC denunciar los excesos de la extrema derecha, y unos y otros no sólo por la clara necesidad de recuperar el periodismo independiente y de calidad —al margen, dicho está, de las ideologías—, sino porque se está detectando un cansancio de los lectores de calidad que no aceptan la soflama partidaria y que prefieren quedarse en casa o puede que buscando un periodismo más libre e independiente como el que se escapa por la Red de internet. De ahí que los portavoces de la Moncloa —con la vicepresidenta De la Vega al frente— hayan eliminado los diarios de internet de la Guía de la Comunicación, o que se hayan dado instrucciones para que no accedan a la publicidad institucional, toda una novedad y un esfuerzo del Gobierno de Zapatero en contra de la libertad de expresión, y por supuesto del derecho al trabajo y de la modernidad.
Veremos qué hace Luis Fernández en RTVE —por cierto, el deterioro profesional y la obediencia política de RNE es asombrosa— porque se verá y se oirá. Y pronto podremos comprobar si se acaban las cuotas partidarias y de todo tipo y si la profesionalidad y la independencia empiezan a incorporarse a esa máquina de poder, ocio y cultura que es RTVE en beneficio del conjunto de la sociedad.

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