Poco que ver su personalidad con los perfiles de Chávez o Morales, el economista Rafael Correa ha recorrido mundo, se ha graduado y doctorado en economía por universidades de Estados Unidos y Europa, no sacraliza a Marx y bebe los vientos por un catolicismo moderno, comprometido con los desfavorecidos de Ecuador, que son los más.
Irritado por las soflamas de religiosidad del magnate y contrincante Noboa, llegó a decir en campaña : “rechacemos al fariseo que insulta la fe de los ecuatorianos”, para acto seguido proclamar su compromiso con la lucha contra la corrupción.
Una vez que las primeras cuentas de la segunda vuelta han sido echadas, todo parece indicar que Correa ha ganado. Y ya los agoreros de Washington están lamentándose desde su unidimensional mundo ideológico.
Prestos, como acostumbran, a satanizar al disidente en su patio trasero –y cierto es que al menos dos son para preocuparse–, mejor harían en comprender que lo mínimo que un candidato honrado puede proponer a un electorado como el ecuatoriano es limpieza más esperanza. O lo que es lo mismo, cerco a la corrupción esterilizante, crecimiento económico y equidad.
La tarea que espera a Correa es ingente y sus equilibrios políticos pasan por convencer a los sindicatos y a los movimientos indigenistas de que los cambios imprescindibles han de contar también con el empresariado. E ahí uno más de los escollos que se va a encontrar en su viaje haciaun mayor bienestar.
Emprender reformas de calado, entre la que no es la menor la constitucional, persiguiendo el desarrollo económico y social, luchando simultáneamente con los palos que en la rueda de la gobernabilidad colocarán intereses muy diversos, parece misión casi imposible.
Político de buena formación
Para comenzar a gobernar y no malgastar la esperanza en el corto plazo, ¿con qué bagaje teórico cuenta el presidente in péctore? Como se trata de un político con buena formación y no ágrafo, su ideología económica se ha ido desgranando en artículos académicos.
Bajo el peso de la globalización, pero sin negar sus inercias, Correa constata la imposibilidad que tienen los países pequeños para mantener el par “estabilidad cambiaria - política monetaria autónoma”, en un mundo con alta movilidad de capitales. Partidario de la tasa Tobin, encuentra más adecuado conformar bloques regionales que busquen la unión monetaria, para así defenderse de las turbulencias del capital financiero especulativo.
Claro que ello le lleva a buscar más paralelismo en el ciclo de esas economías, gobernando el sector real con políticas simétricas, movilidad laboral amplia entre países y, como requisito imprescindible, algún grado de integración política. Nadie negará que como programa regional no está nada mal, pero sujeto a un grado de idealismo elevado, véase si no la languideciente andadura del Mercosur.
¿Puede, quien piense así, ser un revolucionario peligroso? No lo parece, pero sería un error olvidar que, en la política interior de un país pobre y desigual, cualquier avance social es excesivo para los dueños y raquítico para los desposeídos.
Acabar con la dolarización
En lo inmediato, Correa está seguro de que no hay más remedio que acabar con la dolarización, a la que siempre ha calificado de ingenua y temeraria, pues nada hay más lejos de su concepto de unión monetaria. Ni la evolución cíclica es similar con la americana, ni se admite la movilidad de los trabajadores, ni las políticas económicas están coordinadas con las del país emisor.
A la postre, cierta estabilidad aportada por el dólar no se tradujo en mayor bienestar para la población. Mientras tanto, la dependencia del petróleo no consigue, ni en momentos de precios altos, generar beneficios capitalizados en inversiones productivas. Pero salir de la dolarización va a plantear desafíos técnicos no despreciables, que, de no ser gestionados con prudencia, podrían acabar conduciendo a problemas bancarios y de balanza de pagos.
La agenda de Correa tiene un horizonte lleno de cosas por hacer, con una meta redistributiva o, en sus palabras, de justicia social, y unas etapas de alto riesgo político y económico, pero alguien tendrá que ponerse manos a la obra e impulsar las reformas imprescindibles. De lo contrario, Ecuador hará bueno lo que dijo el poeta: “país de tierra transparente, donde medita sin moverse el tiempo”. Las palabras de Carrera Andrade deberían dejar de ser proféticas.
Luis Caramés Viéitez. Director de la Cátedra Bolívar - Universidad de Santiago de Compostela.

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