VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA

Golf y vallas contra inmigrantes en el epicentro de la guerra de 1893

Yonaida Sel-lam notó un golpe en el pie. Estaba junto a la valla de Melilla en un acto para recordar a los subsaharianos muertos al intentar saltarla. Miró hacia su dolorido talón y descubrió incrédula que el golpe era de una pelota de golf.

Al poco llegó una chica corriendo.

- Lo siento mucho - dijo la golfista en pruebas recogiendo la pelota.

Pocos greens habrá tan contrastados como estas 17 hectáreas que se remueven para acoger nueve hoyos: un campo de golf cuyo césped - agarren fuerte el palo- acariciará a los subsaharianos del centro de estancia temporal de inmigrantes y bordeará el perímetro de la pinchante valla de Melilla por Sidi Guadiach, santuario islámico y epicentro de la guerra de 1893.

De campo de batalla a campo de golf: es aquí y por el fuerte de Cabrerizas Altas donde La Vanguardia narró por primera vez una guerra.

"El fuego arrecia por ambas partes de una manera espantosa - escribía Josep Boada, incrustado en el ejército español contra la guerrilla rifeña-. Los moros arremeten como furias del Averno, envalentonados por su incalculable número. El estruendo del cañón rasga el espacio continuamente".

Eran del siglo XIX, pero podrían ser crónicas del XXI.

Podría ser cualquier error de la OTAN en Afganistán: "Los cañones del vapor Conde de Venadito - escribe el reportero- han destruido la casa del santón de Sidi Guadiach, matando a sus mujeres".

Podría ser una crónica de Abu Graib: "Un penado de los de la guerrilla de Ariza cometió ayer la barbaridad de cortar las orejas a un moro apresado. Sangrando por las cruentas heridas, lo presentaron al general en jefe. La hazaña produjo indignación. El penado creía haber realizado un acto meritorio. Fue fusilado. La escena fue tristísima".

Quizá Guantánamo: "El instigador de la rebelión de las kabilas, Maimón-Mohatar, ha sido capturado y, al entrar en el bote que debía conducirle al barco de guerra, atáronle fuertemente los brazos nuestros marineros. Si no le cuesta la cabeza, acabará su vida en un silo".

Podría ser Beirut un día de julio: "El ruido de las descargas atronaba en el espacio".

Podrían ser niños en la guerra de Gaza: "Ahora mismo - relata nuestro reportero- me comunican que el ejército meha anulado un telegrama que daba cuenta de haber cogido los soldados del fuerte Camellos a un chiquillo hebreo portador de pliegos para los rifeños y en los cuales se les daba cuenta de las fuerzas de la plaza y se les anunciaba el envío de armas".

"El general Macías ha dispuesto que sean expulsados los hebreos que habitan en Melilla, pero pagándoles el pasaje a los pobres (...) Expulsados los judíos, ocupan sus viviendas los soldados".

"Como visión imperecedera - explica un día el periodista- recuerdo aún aquella cabeza, sin vida ya, tambaleándose al compás de la marcha, tinta en la sangre que a borbotones salía por el orificio hecho en el pómulo por una bala...", podría ser la muerte de un soldado estadounidense cualquier tarde de Bagdad, y no: es tal como vio nuestro reportero la muerte de Margallo, el general que dio nombre a esta guerra.

"Tiene heridas por arma de fuego. Múltiples fragmentos metálicos en casi todos sus órganos y extremidades...", podría ser la muerte de cualquier soldado español en el Sidi Guadiach de 1893, y tampoco: es el parte médico de uno de los tres últimos nigerianos muertos al intentar - el pasado julio- saltar la valla por este mismo perímetro.

- Para mí la valla significa autocomplacencia, sangre, dolor y sobre todo resignación, porque sabiendo lo que significa, esta ciudad ha aprendido a vivir con ella - dice hoy Yonaida, musulmana de origen bereber, laica, con una hermana que se cubre con hiyab y otra que es soldado regular del ejército-.

"En la plaza del fuerte había tendidos siete cadáveres alineados y cubiertos por unas mantas. Apartamos la vista de aquellos fúnebres despojos, pero mientras logramos esto tropezamos con una camilla manchada de sangre y que conservaba aún algunos coágulos y trozos de seso pegados al lienzo... Era la camilla de Margallo...".

Era la guerra de 1893 y podría ser una mina asturiana del 11-M: "Apenan el ánimo los continuos descubrimientos en Melilla de armas para el contrabando. ¡Y pensar que son los españoles los que venden las armas con que nos combaten los rifeños!".

O podría ser el plató soñado por cualquier cámara de Al Yazira o la CNN: "Apoyados en las barandas de la terraza del fuerte, en los quicios de las puertas, apuntábamos febrilmente nuestras primeras impresiones. Estábamos fascinados por la grandiosidad del espectáculo. No teníamos tiempo para acudir a todos los sitios que llamaban nuestra atención ni ojos bastantes para abarcar los mil incidentes del combate".

Podría ser cualquier nota sobre el peaje de Martorell, Renfe cercanías o del amor que AENA profesa por El Prat: "Como necesidad mayor - se quejaba la dirección de La Vanguardia-nada tenemos que oponer al establecimiento de la censura, aunque tanto y tanto se presta al abuso; pero siempre que el Estado no cobre, como cobra ahora, palabras que no trasmite, y siempre que la censura se establezca para todos igual, porque lo curioso es que las dos noticias que suprimió a nuestro corresponsal la censura en Melilla las dejó correr cuando las expedieron los corresponsales de Madrid".

"Los moros se lanzaron sobre los nuestros con singular furia y admirable arrojo - escribe Boada-. Las descargas menudean, la gritería es inmensa, destacándose entre todo agudos ayes y lamentos arrancados al dolor de las heridas; los cañones redoblan sus disparos, haciendo retemblar el fuerte, que parece desplomarse y hundirse para siempre".

Podría ser cualquier hermoso día de la historia del mundo: "El oficial Valero, con su habitual sonrisa, se detiene un momento para examinar las posiciones de los moros, y exclama entonces, admirado del nutrido fuego que sostenían: ´¡Caramba, como tiran esos maldi...´ una bala, atravesándole el estómago, no le dejó acabar la frase. ¡Estaba mortalmente herido!...".

Podría ser... no sé: "He podido recabar algunas ropas y dagas de las que los bravos disciplinarios tomaron a los rifeños. Mando esos trofeos de guerra para que puedan ser expuestos en el salón de La Vanguardia".

"Un soldado herido venía arrastrándose en dirección al fuerte huyendo de los moros, que le perseguían de cerca como fieras hambrientas. Los nuestros, al verle, le protegen con sus disparos, y él, sin cesar, va avanzando, avanzando siempre, dejando en el camino un reguero de sangre. Con la vista seguimos sus movimientos. Ya está cerca del fuerte cuando de pronto se yergue, blandiendo su bayoneta, que hunde en un bulto de color terroso. Era un moro herido...".

La más nítida descripción de estas crónicas melillenses aparece por la redacción de La Vanguardia telegrafiada el 9 de noviembre. Unos tiradores españoles descubrieron a dos rifeños recogiendo cartuchos por donde hoy se construye el campo de golf. Los soldados les dieron el alto y "los moros contestaron disparándoles sus armas - relata nuestro reportero-. Entonces, de un certero balazo, el soldado Antonio Miguel lanzó a uno de ellos a la eternidad".

Todo parece muy irreal. En 1893 nos lanzábamos unos a otros a la eternidad. Hoy, nosotros les lanzamos pelotas de golf y ellos no sabemos muy bien qué nos lanzan.