«Hay guerras justas, pero no ejército inocente», de ängel Vivas en El Mundo
Jorge Semprún abre en Madrid un congreso que busca recoger todas las lecturas de la Guerra Civil, con historiadores como Stanley Payne, Raymond Carr y Gabriel Jackson
La Guerra no ha terminado de dar que hablar. Todo lo contrario. Ayer comenzó un nuevo congreso internacional dedicado a la Guerra Civil, organizado por la UNED y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Y arrancó en un lugar, allá donde se cruzan los caminos de la Ciudad Universitaria y el Puente de los Franceses, en el que, hace 70 años, se escribieron algunos capítulos que han pasado a la mitología del conflicto.
Ya no estaban allí Durruti, Líster o los brigadistas internacionales, sino profesores que quieren enterrar la mitología a favor del conocimiento y la reflexión crítica sobre aquellos hechos, como expresó en la apertura de las jornadas Santos Juliá, quien recordó una frase que le había oído en tiempos a Jorge Semprún: «La Guerra Civil fue una experiencia demasiado seria como para dejarla en manos de ex combatientes de uno u otro bando». Ésa es la idea, y en ella abundaron tanto el profesor Juliá como el escritor Semprún.
El primero insistió en algo que viene repitiendo últimamente: no ha habido amnesia ni pacto de olvido sobre la guerra del 36; al contrario, siempre ha habido interés por ella y siempre ha estado presente, sólo que no siempre de la misma manera. Primero, en los años de posguerra, fue el mito franquista de una España salvada de la antiEspaña por el glorioso Movimiento.
Hubo que esperar a 1956 para que una nueva generación, Semprún mediante, empezara a afirmarse borrando la división entre vencedores y vencidos. Entonces comenzó la transición, dijo Santos Juliá.
El congreso recién inaugurado no persigue un consenso imposible, añadió su coordinador, sino un espacio en el que quepan todas las dimensiones que caracterizan la Guerra Civil: lucha de clases, guerra de religión, de nacionalismos, pero también enfrentamiento entre dictadura y democracia, fascismo y antifascismo. «Un espacio de encuentro y debate, motivado por la pasión de entender y no por el afán de instrumentalización política del pasado».
Jorge Semprún, que se centró en cinco grandes cuestiones que suscita la Guerra Civil, se esforzó en resultar dialéctico, es decir, en ver las distintas facetas de los acontecimientos. En ese sentido, hizo algunas afirmaciones sugerentes. Por ejemplo, que la Iglesia, siendo uno de los apoyos fundamentales de Franco, fue el único grano de arena que impidió que el régimen fuera estrictamente totalitario. La relativa independencia de la Iglesia fue una vía de agua por la que salieron organizaciones católicas contestatarias. Nada que ver con la «bochornosa» situación actual, añadió.
Otra afirmación jugosa de Semprún, dicha con una mezcla de ironía y provocación, fue ésta: «Stalin fue el padre de Comisiones Obreras». La frase, que algunos suscribirán sin ironía, tiene su explicación: en el 48, una delegación del PCE (Pasionaria, Carrillo, Uribe...) escuchó de labios de Stalin el consejo (o la consigna) de que había que dejarse de guerrillas e ir adonde estaban las masas, combinando, como quería Lenin, los métodos ilegales con los legales. Y en España, las masas estaban en el sindicato vertical.
Semprún, con su interesante discurso, se extendió igualmente en otros capítulos de las fraternales, aunque contradictorias, relaciones entre los partidos comunistas de España y la Unión Soviética. En los años 30, el PCE estuvo dirigido por estalinistas y totalmente sometido a la Internacional Comunista, pero fue también el XX Congreso del PCUS el que más tarde permitió sobrevivir a la dirección moderada, partidaria de la política de reconciliación nacional, del PCE, la de Carrillo y Claudín.
Otra idea defendida por Jorge Semprún en la conferencia inaugural fue que la guerra en defensa de la República fue una guerra justa, aunque eso no implica que no se cometieran injusticias; «Hay guerras justas, pero no ejércitos inocentes», dijo, citando a un personaje de L'espoir, de André Malraux. En cuanto a que el golpe militar que desencadenó la Guerra fuera la reacción preventiva a un golpe bolchevique en marcha, eso le parece «una de las cosas más absurdas que se han escrito en castellano desde que se escribe en castellano».
Semprún concluyó con dos preguntas que no han dejado de oírse desde aquel trágico trienio (y que volvieron a retumbar en el auditorio con gran fuerza): ¿pudo haberse evitado la guerra? ¿Pudo haber tenido un desenlace distinto? Su respuesta fue negativa para ambas, y por la misma razón, por la decisión inquebrantable de acabar con la República que había tomado una parte del Ejército y de la sociedad española.
España en el reñidero europeo
Las ponencias de la tarde estuvieron dedicadas a la revolución que tuvo lugar dentro de la guerra, en la zona republicana, y a la dimensión internacional del conflicto. Antonio Elorza se refirió a la paradoja, señalada en su día por el comunista Manuel Tagüeña, de que la revolución española fue involuntaria; aunque sí existía una presión en ese sentido, la desencadenaron, en realidad, los contrarrevolucionarios que asaltaron el poder.
Enrique Moradiellos explicó que la Guerra Civil no fue una desembocadura extremada de la tradicional pugna entre las dos Españas, sino el reflejo del conflicto a tres bandas que vivió la Europa de entreguerras. Sólo que aquí no se impuso ninguna tendencia: ni el reformismo, como en Gran Bretaña; ni la reacción, como en Italia y Alemania; ni la revolución, como en Rusia. Y, si se llegó al extremo de una guerra que no era inevitable, fue por la división del ejército. A su juicio, el apoyo a los sublevados de dos potencias financieras como Italia y Alemania fue esencial para el desenlace de la guerra.
Angel Viñas, por su parte, se mostró de acuerdo con Azaña en los tres factores que éste señaló como causas de la derrota republicana: la pinza constituida por ese apoyo de nazis y fascistas y la retracción de las democracias, la discordia interna en el campo republicano y la capacidad militar de Franco, cuyos errores estratégicos fueron menores o menos importantes que los de la República. Ésos fueron los factores, y por ese orden, dijo Viñas.
Gabriele Ranzato explicó esa desafección (muchos han hablado de traición) de las democracias europeas por el miedo a la revolución que se había desatado en el lado republicano. En todo caso, además de su influencia en el extranjero, el miedo (comprensible, dijo Ranzato) de la derecha a una revolución contribuyó a ganar adhesiones a los sublevados.
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