CONSULTORIO ATÍPICO
Utopía práctica
Pertenezco a las juventudes de un partido que nos alerta "contra la utopía". ¿Cómo hay que interpretar esta advertencia en un mundo con hambre y pobreza?
MARTA G. RIUS - Barcelona
Se puede interpretar de varias maneras. Una es que moverse por utopías acaba desmovilizando, porque el objetivo siempre queda lejano. Militantes y votantes se desalientan, y la política, por tanto, se vuelve contraproducente. Muchas intenciones, muchos sueños bonitos, pero nada de resultados, ni apenas objetivos claros. En una escena política como la europea, con pies en la realidad y gestos calculados, la utopía está fuera de lugar y se entiende que así sea.
La primera vez que oí esta insólita palabra, "utopía", fue en mi infancia, en boca de un alto cargo del Ayuntamiento franquista de Barcelona. En verano teníamos al personaje por vecino, que vestía de blanco y con bastón, pese a que no lo necesitaba. En una conversación nos soltó: "Desengañaros, amigos, todo lo que no sea estar con Franco es una utopía". Tras lo cual, se comentaba: qué bien habla; ya se ve que es muy del régimen; pero en especial, decíamos, ¿qué demonios significa utopía?
Los contenidos de la palabra pueden variar, pero su significado literal es uno: utopía es un no lugar.La utopía se refiere a un estado o situación que aunque no existan, ni parece que haya hoy sitio para ellos, puede y se desea que existan como realidades en un futuro, que ocupen al final su lugar.Muchos logros de la ciencia, la técnica y la organización social pudieron ser considerados utópicos en el pasado. Entonces, ¿cómo se puede prescindir de la utopía sin caer en un realismo chato o conformarnos con ideas todo lo positivas que se quiera, pero de visión y aliento limitados?
Las ideas son formas de ver, y las ideas utópicas lo son de ver más allá de lo que muestra la realidad o el cálculo. En este sentido, continúan siendo una utopía, por ejemplo: una sociedad basada en la ética, más que en leyes y reglamentos; o una política que sea democrática por entero, o un amor verdadero que dure para siempre, sin sombra de rencor.
¿Qué hay de grande que no esté por realizar? Tenemos por lo menos el derecho a pensar lo primero y a esperar lo segundo, y por eso es tan discutible, creo, que a un joven, nada menos, su partido le pida prescindir de utopías. Los utópicos puede que sean unos ingenuos, pero los realistas que los critican a machamartillo es más fácil que sean unos cínicos. Usted no me dice cuál es su partido, pero algo tiene que decir éste cuando llega la Navidad, apoteosis del año comercial y disparo de la histeria consumista, y, mientras, durante cada uno de estos días festivos, van a continuar muriéndose de hambre 30.000 niños menores de cinco años.
Algo tiene que decir sobre eso un partido político, no porque coincida con la Navidad, sino porque hace casi veinte años que la onerosa cifra no se mueve. ¿Es utópico esperar que desaparezcan algún día el hambre, la enfermedad y la muerte de tantos millones de niños? Hoy por hoy, sí. ¿Pero debemos renunciar a esta utopía? Responda cada cual.
Es legítimo contar con la utopía. Nos aporta dos elementos básicos: una idea orientativa y su estímulo, porque toda utopía constituye, además, una imagen anticipatoria de futuro.
Otra cosa muy diferente es que haya utopías razonables e irracionales, deseables e indeseables, como las de corte totalitario o fanático. Son quiméricas y peligrosas éstas y otras utopías de máximos, donde todo se quiere perfecto e inapelable. Pero una buena utopía de mínimos, como la idea y el ideal de trabajar por un mundo más justo y equitativo, sigue siendo más práctica que muchas medidas realistas o ninguna medida.

Escribe un comentario