Y se apareció Cabrera Infante entre las sombras del Palau de la Música, el viernes por la noche, cuando fuimos salvados por el arte de Bebo Valdés, que tocó junto al contrabajista Javier Colina, sabios y perfectos ambos en este otoño de temperatura veraniega. Y se apareció mi abuelo Vidal, que se marchó a Cuba en 1912 y regresó igual de pobre, pero enfermo para siempre de amor tropical de mulatas que le llamaban Pancho.Y se apareció, cuando sonó El manisero, esa foto del día de la boda de mis padres, años cincuenta de primeras sonrisas después del hambre, las ganas de vivir como angelitos negros al toque de sirena de la fábrica Pirelli. Y se apareció el tren de Matanzas que pagaron los indianos a costa de sueños mandinga, pena que fue guaracha, son, danzón.
Nos salvamos con Bebo, octogenario que desafía todas las leyes de la física y que, con un humor envidiable, se marcó incluso unos pasitos de ritmo amable en el escenario, mientras le dábamos las gracias aplaudiendo. Fatigados de notas sin sentido que nos invaden a diario, el dúo Valdés & Colina restituyó la claridad y la belleza a lo grande, piezas que reconstruyen la vida perdurable, el aguacero necesario sin el cual nos borraríamos. Caminando por el habanero paseo del Prado, por la calle 42 de Nueva York, por avenidas con farolas amarillas y automóviles negros enormes, íbamos viajando dentro del Palau por donde querían las notas de Bebo que, venido al mundo en 1918, es la banda sonora del siglo XX, el legado de tantos y de tanto. No es la vida metida en la música, que sería lo normal. Es la música que se ha vivido a sí misma varias veces (naciendo y muriendo incansable) dentro del cuerpo de este cubano. Por eso suena como la voz de alguien que nunca estuvo aquí pero que sabe todo lo que, si pudiéramos, preguntaríamos. El don del tipo que nos sirve el último trago sin pedir explicaciones.
¿Es viejo o nuevo lo que tocan Valdés & Colina? Es lo último, perenne. El mejor remedio contra un tiempo en que la memoria se convierte en ley del Gobierno o se vende en el escaparate junto al abrelatas de diseño. Hartos estamos de la memoria convertida en chicle, hartos de parques temáticos, hartos de las décadas vendidas en blanco y negro y envueltas en celofán. Pero ahora suena el piano de Bebo y nos salvamos sin saberlo: podemos mirar con otros ojos. Contra lo que pudiera parecer, esta música mira al pasado sólo para, luego, pegar un salto por encima de la nostalgia e inventar, sin red ni truco, el futuro. Por eso el más veterano es el más fresco. La evocación deja paso al momento, que es el único territorio en el que podemos decir yo con certeza.

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