Aunque internet es el paraíso de los timos, ninguno está tan extendido como el de los ‘clics’, una práctica de dudosa legalidad que utilizan algunas compañías para socavar el gasto publicitario de su competencia.

Internet es el paraíso de los fraudes. Timos con tarjetas de crédito, robos de números PIN, spam que amenaza con colapsar los correos electrónicos... A lo largo y ancho de la Red se pueden encontrar prácticas malintencionadas que perjudican al usuario. Pero ninguna de ellas está tan extendida, ni cuenta con menor protección, como la que afecta a empresas que publicitan sus servicios en internet.

El llamado fraude del clic es ya una práctica generalizada. Algún ingenioso se lo inventó para acabar con los recursos publicitarios de la competencia. Y, desde 2004, empresas como Google y Yahoo! se exprimen los sesos para luchar contra una picaresca que va en aumento.

El mercado publicitario en Internet es uno de los sectores que más ha crecido en los últimos años. En 2005 movió 12,5 billones de dólares sólo en Estados Unidos, y se espera que alcance los 29 billones en 2010. Sin embargo, este sistema ha resultado ser tan lucrativo como arriesgado.

El fraude de los clics comienza cuando una empresa decide poner un anuncio en una web. Normalmente el pago de estas inserciones publicitarias consiste en un gasto en función del número de veces que un usuario pinche –haga clic con el ratón– en ese anuncio. Y aquí es donde comienzan los problemas.

El ABC de los timos

El fraude se puede llevar a cabo de varias maneras. La más sencilla: contratar a una legión de personas que se dediquen a clicar cada dos por tres en los anuncios del enemigo. Por ejemplo, el periódico The Times of India publicó un artículo en el que denunciaba que miles de amas de casa, profesionales y universitarios recibían dinero a cambio de permanecer sentados frente al ordenador para pulsar en estos anuncios durante horas. Por estos servicios recibían entre 18 y 25 centavos por clic; un máximo de 200 dólares.

Su insistencia conseguía erradicar la publicidad de esas empresas, que acababan retirando los anuncios al agotar el presupuesto destinado a este tipo de márketing. En mercados donde la mano de obra es mucho más costosa, otra técnica empleada es confiar en software de ordenador que mimetizan el comportamiento humano. Estos programas son prácticamente imposibles de localizar porque utilizan ordenadores en áreas geográficas dispersas y diferentes IP. Demostrar que existe un fraude es complicado, aunque la fabricación de programas destinados a ellos va en aumento.

Chantaje a Google

En marzo, el servicio secreto de Estados Unidos detuvo al californiano Michael Anthony Bradley, un programador de 32 años que diseñó Google Clique: un software especial para sortear AdSense –la protección que usa el motor de búsqueda–. Bradley trató de chantajear a los responsables de Google y les pidió 100.000 dólares a cambio de no distribuir su creación.

Pero Google no es la única compañía vulnerable. También están amenazadas Yahoo!, SearchMarketing, Overture, Kanoodle y FindWhat.com. Los timadores atacan a estas páginas web en donde más les duele: en los anuncios, su mayor fuente de ingresos. Y, curiosamente, no perjudican ni a los usuarios de Internet, ni tampoco a los motores de búsqueda que, obviamente, obtienen mayores ingresos con cada clic que reciben sus anuncios, aunque con ello ponen en tela de juicio su fiabilidad. Tanto Yahoo! como Google aseguran que están desarrollando sofisticados algoritmos para proteger a sus anunciantes, pero no han hecho público ninguno de ellos. En teoría, para evitar que alguien pueda sortearlos. Estas compañías afirman que los ataques no son tan frecuentes como la gente piensa, y que no hay motivo para alarmarse. En cambio, los analistas de internet discrepan, y aseguran que entre el 10% y el 20% de los clics que recibe la publicidad online son falsos. De confirmarse la cifra, se tiran a la basura un billón de dólares anuales en facturas publicitarias. Este gasto innecesario despierta el recelo de los anunciantes, que pierden anualmente millones de dólares en publicidad fantasma, cuyo mensaje no llega a nadie.

Martin Fleischmann, dueño de Atlanta company, pagó dos millones de dólares anuales en ciber-publicidad, hasta que descubrió que la mayoría de los clics recibidos en sus anuncios provenían de zonas tan remotas como Mongolia, Botswana y Syria, en donde su empresa ni siquiera operaba. Era, evidentemente, una víctima de un fraude que, en los últimos tres años, le ha costado más de 100.000 dólares. Unas cuantas compañías del calibre de Kimberly- Clark, Colgate-Palmolive y Ford Motor han anunciado que, en 2007, solicitarán a las web que contraten auditores online para que estudien el gasto real y el generado por este fraude. Algunos site ya tienen un sistema de control. Por ejemplo, Google, que ofrece una sección llamada ¿Dónde aparecerán mis anuncios?. Se mencionan nombres como AOL y The New York Times, pero en ningún momento se habla de otras webs que captan su publicidad y la reciclan para insertarla en páginas que actúan como verdaderas plataformas de este timo.

En realidad, da igual de qué manera se defiendan los espacios que soportan publicidad en la Red porque, por el momento, no existe ninguna solución cien por cien efectiva. Y tampoco hay mayor interés en encontrarla. Se trata de una práctica delictiva a la que pocos gobiernos prestan atención porque no afecta directamente a los usuarios de Internet, sino a los anunciantes. Salvando expcepciones como el Código Penal en California, y el Computer Misuse Act 1990, en el Reino Unido, la Ley no persigue a estos criminales, que seguirán haciendo de las suyas hasta que alguien dé con la fórmula mágica.