Si somos lo que comemos, como aseguran los biólogos, los catalanes debemos ser la encarnación de superman (y de superwoman). Ferran Agulló sostenía que la cocina es una seña de identidad nacional, así que un país como el nuestro, que atesora cuarenta estrellas Michelin, más que una nación, debe ser el paraíso. No resulta casual que Catalunya y Euskadi sean las dos realidades con más galardones de la prestigiosa guía francesa, compartiendo ambos territorios tres restaurantes con la máxima puntuación de esta reputada biblia gastronómica.

En cambio, Madrid no tiene ningún establecimiento que merezca las tres estrellas. Eso sí, dos locales atesoran dos, pero curiosamente ambos están regentados por chefs catalanes. Todo un crisol de culturas, como es la capital de España (una referencia que no falta en ningún discurso oficial), registra una cierta orfandad de cultura gastronómica, si hacemos caso a la puntuación de la Michelin. No deja de ser sorprendente que en el Madrid de los prodigios cada vez se coma peor, a pesar de que en la ciudad el dinero entra a espuertas y crece muy por encima de Barcelona o de San Sebastián.

A lo mejor eso es así porque Madrid no aspira a ser nación de nada, a lo sumo el imperio del business. Uno tiene la sensación de que hay una legión de empresarios que, cuando despega su avión de Barajas, suelta la misma frase que pronunció el alcalde Pich i Pon desde lo alto del Tibidabo: "¡Cuánta propiedad urbana!" Se trata de una generación de hábiles hombres de negocios, que se mueven como nadie en los pasillos de la administración local y autonómica, a los que les sucede con el himno del Madrid lo que le ocurría a Pich i Pon con La marsellesa: que al escucharla "le erizaba los pelos del corazón". En este sentido, Madrid ha trocado su alma castiza, culta y combativa por otra realista, futbolística y pragmática.

En Catalunya, la gastronomía seguirá siendo la punta de lanza de un país que llega tarde a muchas oportunidades de futuro. Aquí llevamos años sin ponernos de acuerdo sobre el país que queremos, pero nos pasamos el día hablando de ello. El tripartito aún no ha debutado y sus dirigentes han pasado horas y más horas ante los manteles coordinándose para no descoordinarse. En estos casos, un restaurante no es un lugar alimenticio sino un espacio para la reflexión. Al menos, que elijan bien los locales y ojalá que se les peguen sus estrellas, aunque tengo la sensación de que pocos de la actual generación de dirigentes obtendrían una consideración superior a la de una fonda de carta corta.