El registro histórico está lleno de excelsos artistas cuya obra admiramos pero cuya personalidad adivinamos detestable (en algunos casos no es ni siquiera una adivinanza, si hemos tenido la desdicha de tratarlos). Y el ser humano es tan complejo que con algunos grandes hombres compartimos los principios y las ideas, pero no quisiéramos tener que compartir una comida o una jornada de viaje. Por el contrario, también puede uno tropezar con personas excelentes, amigos por los que se siente el más vivo afecto y con quienes se cuenta en la adversidad hasta la muerte, cuyas creencias nos parecen absurdas o cuyas fidelidades políticas nos resultan odiosas o incomprensibles.

¿Es factible sentir aprecio, humano y hasta intelectual, por un fanático?

El 3 de noviembre se cumplieron los ciento cincuenta años del nacimiento de Marcelino Menéndez y Pelayo, el destacado erudito santanderino. De que fue no sólo un católico al extremo y lo que ahora llamamos un "integrista", sino un verdadero fanático en la defensa de la ortodoxia, caben pocas dudas. Cuando se refiere a la Constitución de 1876, que introduce tímidamente en la intransigente España algo parecido a la tolerancia religiosa, don Marcelino fulmina que fue una decisión tomada "por voluntad de los legisladores y contra la voluntad del país".

Sin embargo, Don Marcelino amaba los libros. Y amar los libros y la lectura es apostar —¡también fanáticamente!— por la comunicación convulsa del alma humana. Dicen que las últimas palabras del estudioso fueron éstas: "¡Qué lástima morirse, cuando aún queda tanto por leer!"

A juicio del propio Menéndez y Pelayo, su obra más importante fue precisamente su biblioteca. Aún puede visitarse y utilizarse en la vieja casona familiar de Santander. La estatua del gran hombre, inolvidable para quien la ha visto una sola vez, está a la entrada de la Biblioteca Nacional, en Madrid. Por obtuso sectarismo ideológico, se ha pensado en retirarla de su lugar privilegiado y relegarla a algún foro menos ostensible.

¡Qué nadie se atreva a tocarla! No es de derechas ni de izquierdas, sino una aparición casi sobrenatural: la efigie de un español captado no a caballo, no arengando a las masas, sino en el trance insólito y feliz de leer un libro.

Fernando Savater. FILOSOFO ESPAÑOL.

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