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27 Noviembre 2006

Es muy simple: que Catalunya funcione, de Jordi Juan en La Vanguardia

EN DIAGONAL

Felipe González arrasó en 1982 con un exitoso lema electoral, simple pero contundente: "Por el cambio". Cuando le preguntaban qué quería decir el eslogan, qué connotaciones políticas o sociológicas representaba, el dirigente socialista se limitaba a decir que el cambio era que España "funcione". Casi un cuarto de siglo después, Montilla se ha presentado en sociedad, mediante el debate de investidura, con esta misma idea, acorde con la imagen plana y sin alardes que está esculpiendo de su persona. Consciente de que existe un cierto hastío del electorado sobre cuestiones nacionales, después de los tres años del Estatut, y que las preocupaciones de la opinión pública van por otro lado, es hora de que Catalunya funcione y punto.

No me voy a poner al lado de los que ya critican al nuevo tripartito por eso. Al contrario, bienvenidos al club de quienes piensan que la Generalitat mueve suficiente dinero para mejorar la vida de sus ciudadanos sin tener que estar siempre quejándose del Gobierno central. En todo caso, cabe lamentar que se hayan perdido tres años en un discurso identitario que además ha dado unos resultados exiguos, como el tiempo acabará por demostrar. Ante un aparato burocrático estatal como el que rige hoy España - sólo hace falta conocer la última sentencia sobre el cambio de sede de la Comisión de Telecomunicaciones-, tampoco se puede colegir que vivimos en la Arcadia feliz. Pero una cosa es plantar un golpe encima de la mesa de vez en cuando y otra escudarse en ello para no hacer las mejoras que el país necesita.

Por tanto, adelante con la idea de que se arremanguen todos para que Catalunya funcione. Perfecto. Ahora bien, este discurso es muy fácil de hacer pero bastante difícil de poner en práctica teniendo en cuenta las características del nuevo gobierno. A las dudas que inspiran el vicepresidente Carod, el conseller Saura en Interior o la macroconselleria de Indústria, Comerç i Universitats, se debería sumar que Montilla tampoco ha dejado una impronta extraordinaria de su paso por el Ministerio de Industria. La sensación de ridículo, vergüenza e impotencia que dio el anterior tripartito, y por ende, la penosa imagen que dejó Catalunya en el resto de España hacen que el rasero de exigencia sea ahora mucho menor. Un selecto grupo de empresarios catalanes concluía el otro día en una improvisada reunión que lo único que le pedían al nuevo Govern era que no hiciera ruido. "Que manejen el presupuesto como quieran, que hagan las infraestructuras que tienen que hacer, pero que por favor no hagan más ruido", resumió uno de ellos amparándose en la privacidad.

Montilla tiene la gran fortuna de que el desengaño general es tan grande que la exigencia ha bajado. Fue como su sesión de investidura: se esperaba tan poco de su discurso y de su estilo parlamentario, que acabó creando mejores expectativas que las que había en el inicio. Montilla ha pasado ya lo peor: la dimisión de Maragall, su designación y la campaña electoral. Ahora se podrá mover en el terreno en que está más cómodo, en los despachos y lejos de los focos. Ha hecho lo más difícil. Pero que no dude que lo que le queda no será fácil.

Esquerra se porta bien

Desde que la dirección de ERC decidió hacer presidente a Montilla, el partido republicano ha entrado en una línea de moderación que espanta. Ningún dirigente de ERC quiso comentar, por ejemplo, la sentencia del Supremo contraria al traslado de la sede de la Comisión de Telecomunicaciones y no han planteado apenas ningún pulso a Montilla por la composición del Govern. Los optimistas dicen que ERC ha madurado y ha aprendido de los errores. Los pesimistas sólo piensan a ver cuánto dura el portarse bien.

Maragall, más familiar

El pasado jueves, el día que Montilla iniciaba su sesión de investidura, el president Maragall cenó con su esposa, Diana Garrigosa, en el restaurante Evo, recientemente laureado con su primera estrella Michelin. Fue uno de los pocos encuentros privados que han podido mantener. Maragall quiere dedicarse ahora mucho más a los suyos y en este sentido planea iniciar unas largas vacaciones con uno de sus hijos en Sudamérica.

El PP y Albert Rivera

Los populares catalanes conocieron con muchos meses de antelación que la estrella de Ciutadans, Albert Rivera, había militado en su partido. La decisión de darlo a conocer después de las elecciones se tomó sin el consentimiento de Josep Piqué, que desconocía el dato. Algunos de sus asesores, que sí fueron informados, pensaban que era una broma.

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