EL RUNRÚN

He visto con la natural alegría la lluvia de estrellas Michelin que ha arreciado sobre Catalunya. Una cosa realmente extraordinaria de nuestra gastronomía reconocida por la prestigiosa guía de las tapas rojas. Vaya, pues, por delante mi felicitación a los agraciados con semejante distinción aunque debo reconocer que hace años que no frecuento este tipo de establecimientos y menos todavía si los elogia Salvador Sostres. A mí lo que me gusta no es encontrarme un plato enorme semivacío y una cuenta acorde con las dimensiones del plato y no de su contenido. Lo que me pide el cuerpo es una simple ensalada verde. Y es ahí donde empieza precisamente el problema. Uno puede darse de bruces con una especialidad o una genial invención que suele enunciarse diciendo algo así como a la manera de. Pero, Dios, qué difícil es encontrar una ensalada -y perdonen la redundancia- tal como Dios manda.

Yo creo que este mundo está mal hecho, o mejor dicho, que lo estamos haciendo muy mal. ¿A mí de qué demonios me sirve tener un ordenador portátil con un gran número de funciones cuando en realidad sólo necesito un par de ellas y con el resto me hago un lío? Yo necesito un ordenador para tontos y un restaurante para ir a comer una ensalada verde. Yo quiero una ensalada con su lechuga verde que no esté caducada, con su tomate vivo, su escarola que no escueza, su cebolla que pique lo justo, cuatro olivas que me recuerden que el sur existe, su espárrago que no parezca tísico y un huevo duro que tenga aspecto de tal. Yo quiero, en definitiva, la ensalada de toda la vida y eso por lo visto en esta ciudad repleta de estrellas es prácticamente imposible encontrarlo. Y cuando das con una de ellas es un perfecto estadio de inundación. Aquello no es una ensalada, aquello es Venecia toda repleta de agua. Explican que Josep Pla se sacaba un pañuelo del bolsillo, colocaba el contenido de la ensalada en su interior y lo estrujaba hasta eliminar cualquier resquicio del líquido elemento.

Pero no acaban aquí las dificultades de aquellos que tenemos la pretensión de comernos una ensalada en Barcelona. Una vez llega la ensalada cunde el desánimo, la depresión. Parece que en lugar de darnos productos de El Prat de Llobregat nos estén sirviendo caviar iraní traído del mar Caspio.

Las dimensiones son prácticamente las mismas. ¿A qué viene semejante racanería por cuatro hojas de lechuga? Menos mal que estamos con la cosa esa de la dieta mediterránea, pero nuestras ensaladas públicas son francamente ridículas, liliputienses, irrisorias. En ellas sólo abunda el maíz y la zanahoria rallada, todo de lata. Creo sinceramente que el nuevo Parlament que es de izquierda debería reglamentar la composición y las medidas de nuestras ensaladas, porque, aunque parezca mentira, aún quedamos individuos que cuando vamos a un restaurante lo que realmente queremos es comer y no asistir a una representación de ópera. Hay gente para todo, incluso los hay que de vez en cuando tienen hasta apetito y prefieren una simple, vulgar y humilde ensalada verde. Qué le vamos a hacer, hay quienes, como yo, siempre tienen ganas de llevar la contraria y protestar por todo... incluso por una ensalada.