La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

27 Noviembre 2006

El síndrome Heidegger, de Xavier Antich en La Vanguardia

La tormenta cultural de más calado del último verano fue, como recordarán, a raíz de las declaraciones de Günter Grass en que reconocía haber pertenecido, con 17 años, a la Wafen-SS, el cuerpo de elite y brazo de combate de las SS hitlerianas. Las declaraciones sorprendieron, sobre todo, porque Grass había sido una de las voces más críticas con el pasado nazi de Alemania y uno de los que con mayor insistencia habían reclamado la asunción pública y colectiva de la culpa. Su actitud siempre había sido clara y explícita frente a los intentos revisionistas de negar el exterminio organizado por el Tercer Reich y, también, frente a una cierta complacencia digamos comprensiva que empezaba a tomar cuerpo en muchos sectores de la cultura alemana y que, contextualizando el nazismo en la complejidad de su génesis y recordando los excesos de las tropas aliadas, intentaba minimizar el peso colectivo de una culpa que para muchos en Alemania, por lo que parece, empezaba a ser excesiva y sofocante.

Hace un par de semanas, la cuestión volvió a adquirir protagonismo informativo. Sobre todo, a raíz de una carta publicada en el diario israelí Haaretz donde Grass pedía disculpas a los habitantes de Israel, reconociendo: "Llevaré de ahora en adelante, hasta el fin de mis días, sobre la frente, la marca de Caín de la doble S". No hace falta jugar a ser adivinos para intuir que la polémica no se cerrará aquí. Y, sin embargo, desde la distancia histórica y geográfica con unos acontecimientos realmente complejos, quizás el caso Grass ofrezca algunas lecciones no del todo despreciables ahora que, en Catalunya y en España, después de haber pasado como de puntillas por el treinta aniversario de la muerte de Franco, los proyectos de ley de la Memoria Histórica y del Memorial Democràtic intentan establecer un marco legal para una cierta evaluación, por fuerza incompleta y, según muchas opiniones, insuficiente, respecto al propio pasado histórico de este país bajo la dictadura.

La confesión de Grass, sobre un episodio silenciado durante más de sesenta años, puede ser interpretada en el contexto alemán como una reacción a lo que podría denominarse el síndrome Heidegger. Un pensador que, como es sabido, adquirió compromisos explícitos con el nazismo, a estas alturas ya perfectamente estudiados, y que nunca en vida desmintió explícitamente, así como nunca pidió perdón por ellos ni dedicó una sola palabra de compasión a las víctimas. El silencio de Heidegger es, todavía hoy, la razón fundamental, aunque no la única, de su indignidad. Y sin embargo, asistimos en la actualidad a un intento de recuperación exculpatoria de Heidegger, como se puede leer en el libelo de Marcel Conche Heidegger en la tormenta (acabado de publicar aquí por Melusina), que incluso lo convierte en un resistente.No me cabe ninguna duda de que la confesión de Grass es una reacción al síndrome de Heidegger, un intento de no dejar en silencio la expresión de la propia culpa. Y así, aunque con retraso, Grass se inscribe en la línea inaugurada por Karl Jaspers con sus lecciones de 1945 sobre la culpabilidad alemana. La cuestión, aquí, es si colectiva e institucionalmente este país, respecto del franquismo, finalmente seguirá, como hasta ahora, bajo la versión local del síndrome Heidegger o si será posible de algún modo, ya que no puede hacer de Jaspers (¡han pasado treinta años!), hacer, al menos, de Grass. Porque más vale tarde que nunca.

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