LAS AFUERAS

El 3 de junio de 1997, en la sala de lectura del Museo Británico, un hombre grande, cargado de espaldas, vestido de una manera anacrónica, con un sombrero clerical y un impermeable gris, de piel muy pálida y unos cuantos pelos muy rizados en la barbilla, llamó la atención de los que por allí pululaban: sólo unos pocos sabían quién era -o mejor dicho, a quién representaba-. Nada menos que el escritor Enoch Soames, recién llegado de la tarde de cien años atrás en la que vendió su alma al diablo por viajar al futuro y comprobar en las estanterías de la Biblioteca la dimensión de su celebridad como autor.

Ser alguien para los demás fue su sueño, y se convirtió en su pesadilla: la pesadilla que se muerde la cola. Poco reconocido en su tiempo, era de esos escritores que confían en que el futuro corrija los gustos del presente y lo coloque en su lugar de culto, en las baldas de los grandes -que suelen ser muy pequeñas-. Enoch Soames -o el actor que lo representaba- se adentró en la sala de lecturas y llegó al mostrador donde una señorita que no estaba al tanto de la interpretación del actor -quién sabe, a lo mejor era el verdadero Soames- le atendió gustosa y le hizo llegar un diccionario de la Literatura inglesa, donde Soames comprobó despavorido que su nombre no aparecía como entrada, aunque sí hacía un breve saludo desde el índice de títulos.

¿Títulos? ¿Era el título de un libro y no el autor de alguna obra que la posteridad había celebrado? En efecto: ¿y no es eso lo que quieren todos los creadores, ser una obra más que un autor, ser un poema más que un poeta, ser una novela más que un simple novelista? Enoch Soames no: él quería ser celebrado, biografiado, analizado en las aulas, quería deparar pesadillas a los bachilleres que tendrían que aprenderse sus obras y sus claves, quería que lo anotaran.

Había escrito un par de libritos ante los que la sociedad inglesa de su época se encogió de hombros, y no le quedó más remedio que acudir al Diablo para saber qué le esperaba allá adelante, en el tiempo al que sus latidos nos podrían alcanzar. Así que un siglo después de pactar con el Demonio, entraba en la sala de lectura del Museo Británico y se enteraba de que sólo era un título: el de una novela corta de un tal Max Beerbohm, cronista escrupuloso de la aventura de Enoch Soames, que estaba presente cuando pactó con el Diablo: su alma a cambio de ser alguien en el futuro. Y el diablo cumplió: Enoch Soames era alguien, pero no quien quería ser, sino sólo una ficción ideada por Beerbohm, que lo encapsulaba en una obra maestra de poco más de 50 páginas, convirtiéndolo en un personaje inolvidable del que no puede saberse si existió o fue sólo una ocurrencia de escritor inglés modernista.

Enoch Soames aparece ahora traducido al español por Juan Pedro Aparicio en una bonita edición de la nueva editorial Rey Lear. Uno se lo encontró hace muchos años, incompleto, en la imprescindible Antología de la Literatura Fantástica de Borges-Bioy-Ocampo, y eso le empujó a leer más cosas de Beerbohm sin que encontrara nunca la rotundidad de este relato (era además un caricaturista excelente). Y el 3 de junio de 1997, era de los que esperaba en la sala del Museo que apareciese el verdadero Enoch Soames, que apareciese para enterarse qué había hecho el futuro con todos sus sueños, todas sus ambiciones, todos sus esfuerzos por agarrarse a la vida mediante la literatura, por driblar al olvido con sus relatos y sus poemas.

Y aunque había alcanzado a ser lo máximo o lo mejor que puede ser alguien -un personaje, nada menos que un personaje inolvidable- se sintió cansado, derrotado y vencido. Bien lo retrató Beerbohm cuando nos lo presentaba como alguien comido por su propia soberbia, rencoroso y abismado: y es ese retrato lo que perdura, el Soames de Beerbohm. El otro, el que acaso fuera real a finales del XIX, no es hoy más que un espectro al que sólo podemos compadecer en la lección narrativa que le dedicó Beerbohm.

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