Poco a poco van surgiendo por toda España las expresiones de malestar de las personas de buena fe que se creyeron que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tenía un especial interés en cultivar la recuperación de los acontecimientos históricos que marcaron la desgraciada Guerra Civil Española, con invocaciones al recuerdo de su abuelo, Juan Rodríguez Lozano, que murió fusilado en 1936, una desgracia familiar que no es exclusiva del presidente, pues fuimos muchos los españoles que perdimos a nuestros abuelos -o bisabuelos; depende de la generación- en aquel desastre colectivo. Lo triste de todo esto, es que Zapatero utilizó más de la cuenta la imagen de su abuelo, fusilado en 1936 por su lealtad como capitán del ejército republicano, e invocó su nombre en exceso como un pequeño talismán para su operación política particular, que consistía en desenterrar los fantasmas del pasado, pero sin profundizar más de la cuenta, hasta que en determinados medios de comunicación se divulgaron los documentos con la hoja de servicios del capitán Rodríguez Lozano, en los que se descubría que la lealtad del capitán Lozano a la República se había mantenido también frente a la insurrección socialista contra el gobierno republicano en Asturias, donde participó en un intenso tiroteo contra los mineros que figura en su hoja de servicios. Desde el descubrimiento de ese documento, se acabó cualquier interés por la memoria histórica.

Los cándidos profesionales, que veían en el radicalismo verbal de Zapatero una posición política sincera, confirmaron una vez más que estábamos, ni más ni menos, que ante la utilización de una tragedia familiar, para consolidar una imagen personal, dentro de una estrategia política para enterrar al PP en los recuerdos del franquismo. Lo cierto es que el ímpetu con el que el gobierno apoyaba los "foros por la memoria" que se crearon en toda España, con un impulso personal del presidente que había lanzado especialmente la operación en los campos de trabajo de León, en los que se había comenzado a trabajar en el descubrimiento de fosas comunes de la Guerra Civil, se acabó, desapareció sin más -ya nadie quiere ni oir hablar de esto en el PSOE, dejando sólo a Gaspar Llamazares e IU en una operación cuyo frenazo no está siendo valorado políticamente, por la evidente antipatía con la que se contempló desde el principio este fenómeno por la oposición conservadora. Esta reciente iniciativa de Llamazares fue recibida con total hostilidad por parte de un gobierno que ya no quiere ni oir hablar de un pasado que se ha vuelto incómodo para el presidente del Gobierno: El coordinador general de Izquierda Unida (IU) participó ayer en una conferencia sobre la Memoria Histórica organizada por su coalición y en la que, junto a juristas como Carlos Jiménez Villarejo, instó a la anulación de los juicios sumarísimos de la dictadura franquista. Gaspar Llamazares recordó a Zapatero que hace tres años el PSOE reclamaba lo mismo y acusó al presidente de mantener ahora el “pacto implícito entre bambalinas de la impunidad del franquismo".

Las cosas no podían ser de otra manera. La manipulación de la historia, en política, es siempre interesada, y más ante una horrorosa tragedia como la que segó la vida de millones de ciudadanos en la Guerra Civil. Pero no todo el mundo creyó desde el principio en la sinceridad de una operación con la que se pretendía dejar a la oposición conservadora abrazada al recuerdo histórico de Francisco Franco, con la colaboración de un personaje como Santiago Carrillo, al que de aquella se quiso hacer Hijo Predilecto de Gijón por su apoyo a la jugada, cuando se trataba tan sólo de retirar una estatua de Franco en Madrid, y utilizar a los "intelectuales" orgánicos del régimen zapateril, como son los dirigentes de la Sociedad General de Autores de España, como Victor Manuel o Miguel Ríos, que no podían dejar de participar en la operación propagandística, dado el gran apoyo que el gobierno les presta en sus retrógrados planes para mantener la sociedad española en el atraso tecnológico, imponiendo gabelas medievales en la compra de cedés, pero cuando se trata en cambio de ir hasta el final, con las consecuencias jurídicas de la propaganda, entonces se deja sólo a Llamazares.

Memoria la justa

Los miembros del colectivo de trabajadores despedidos de Duro Felguera se llevaron una gran sorpresa, cuando tuvieron la oportunidad de contemplar el largometraje documental realizado por la langreana Lucinda Torre. En ese momento pudieron comprobar que en la película habían desaparecido todas las referencias al origen histórico del conflicto que vivieron con su encierro en el taller de Barros -toda una epopeya mítica de las luchas obreras en la Asturias de la década de los noventa-, para quedarse en una mera recreación estética del clima de enfrentamiento entre trabajadores y policías, adornada con invocaciones a los sufrimientos de los encerrados.

De la película habían desaparecido, con vagas y sectarias justificaciones, las entrevistas, los documentos y en general, todos los materiales que recordaban que aquella gran confrontación había tenido su origen en un intento de estafa protagonizado por el hijo de un conocido cineasta del franquismo, que le había vendido a Pedro de Silva una de las típicas grandes motos que circulaban por la Asturias de la época. Paz Fernández Felgueroso, a la sazón consejera de Industria, había viajado a los Estados Unidos a entrevistarse con un grupo de personajes, encabezados por un supuesto empresario del sector de la aviónica que respondía al curioso nombre de Grant Pottage. Sorprendentemente, la empresa, tenía por nombre Eurometals, y la sede social en gibraltar, a pesar de que se decía que su casa matriz era una gran factoría con sede en California. Se trataba de que Duro Felguera vendiese la nave de Barros a aquel grupo de presuntos industriales de la "aviónica", que pronto se descubría que no eran ni más ni menos que unos chatarreros. Fue el gran precedente del Petromocho, un escándalo que estallo en 1993, ya en el gobierno de Juan Luis Rodríguez-Vigil, bajo cuyo mandato y el de Antonio Trevín Lombán, que se quedó a salvar los restos del naufragio, tuvieron lugar el encierro y las luchas más duras de los despedidos de los talleres langreanos.

Nuevamente, la intervención de la política en la vida cultural, produce efectos indeseables, cuyas causas saltan a la vista del más ciego, leyendo la crónica de El Comercio de hoy, "Cine y Panfletos", en la que el diario gijonés relata el enorme malestar que tiene el colectivo de los despedidos, ante una manipulación de su historia, cuyas causas saltan a la vista: Con 'Resistencia', Lucinda Torre firma su primer largo. Fue nominada al Goya por su corto 'El beso de la tierra' y actualmente trabaja en 'Alegría' un proyecto cofinanciado con el Principado que retratará la vida de una mujer, durante la revolución del 34 en las cuencas mineras. Evidentemente, Lucinda Torre no inmortalizará en "Alegría" al abuelo de Zapatero pegando tiros a los mineros en Campomanes.

La Nueva España cuénta cómo se acallaron en el acto inaugural, lleno de invitados para la ocasión, las protestas en el interior, cuando Torre dedicó la película «a los despedidos y a sus mujeres porque nos abrieron su corazón» y aseguró que «el documental es una reflexión propia de lo sucedido aquel tiempo». Desde el entresuelo alguien gritó un «eso es mentira», pero el grito se quedó ahí, y fue aplacado por los aplausos de la mayoría. Afuera, el histórico portavoz de los despedidos, Manuel Terán, repartía un documento en el que los trabajadores pormenorizan sus discrepancias, que hemos publicado en la sección Documentos de El Comentario TV, para que todo el mundo pueda conocer la opinión de los protagonistas que como Terán, se mantienen firmes en la reivindicación de la verdadera historia del conflicto, frente a los que son partidarios del olvido de la verdad -entre ellos un grupo de los propios despedidos que están siendo sensibles a la humana debilidad por los homenajes y al atractivo de la moqueta roja-, para dejar reducido aquel largo y duro episodio, a su último capítulo, el encierro en la torre de la Catedral de Oviedo, ya en la época en la que Asturias gobernaba la derecha, con el que luego sería el tránsfuga más querido del actual presidente del Principado, Sergio Marqués.

Lucinda Torre ha pasado de ser una joven cineasta sin dinero y sin apoyos para sus proyectos -¡una vez más la triste realidad de la "cultura" subvencionada!-, a ver cómo el Principado financia su próxima película, mientras Televisión Española compra los derechos sobre su edulcorado documental, en el que han desparecido las referencias a la operación Eurometals, y por supuesto, los análisis, como el que por indicación de los despedidos, se encargó al administrador de esta página Juan Vega -con una entrevista grabada en Gijón que ha sido íntegramente liquidada- que de aquella, desde su columna de opinión de La Nueva España, destapó la operación Eurometals en pleno proceso de filialización de Duro Felguera, que llevó al despido de los trabajadores de Barros, en un contexto en el que se producía también la salida del accionariado de Naval Gijón, para preparar el solar de la bahía para su venta por parcelas. Un clima en el que se produjo, como antes decíamos, el escándalo del Petromocho, pero también el Caso Campelo -otro escándalo sin aclarar-, pues en los mismos orígenes del conflicto estaba también la liquidación de otra planta de la histórica compañía langreana, Felguera Melt, situada en la zona de los Tallleres del Conde, donde se intentó la instalación de la gran superficie que llevó a aquel otro gran escándalo que tan bien contribuye a explicar las causas de fondo del conflicto.

La entrevista que grabó Lucinda Torre con nuestro administrador en el cerro de Santa Catalina, ha desaparecido junto con el resto de los materiales que explican la historia, la "memoria histórica" del conflicto de los despedidos de Duro Felguera. Queda, eso sí -según parece-, mucha emotividad sin realidad. La misma retórica hueca, que complace a los que no quieren saber la verdad de los hechos históricos para quedarse en la epidermis de las cosas, los que se conforman con el culto a una estética hueca de gomeros y cargas policiales, con música trepidante de fondo, mucho humo y muy poca verdad.

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