Del arte de la confitería a las artes plásticas, de Roger Jiménez en El Mundo de Cataluña
CRONICA HISTORICA
La Escola Massana impulsa desde hace 80 años las tradiciones artesanales de Cataluña / Un antepasado familiar murió en el patíbulo por conspirar contra los invasores franceses / Agustí Massana no limitó sus actividades a la pastelería
Vicens Vives dejó escrito que el elemento básico e indiscutible de la sociedad catalana no es el hombre sino la casa, en atención al peso fundamental que tiene la tradición familiar en la historia de Barcelona. Pero, del mismo modo que en el campo toda la tradición se reservaba para la masía, en la ciudad surgió la fábrica, el despacho o el taller de los que salieron generaciones y dinastías de artesanos, médicos y empresarios que mantuvieron el nombre de una casa y la fueron transmitiendo de padres a hijos.
La marca registrada, esa institución más bien fría y puramente notarial en otros países, cobró en Barcelona una romántica fe de bautismo, como un símbolo heráldico al frente de un viejo negocio. Son muchos los Galí, los Rocamora, los Bofarull, los Balañà que han estampado su firma, generación tras generación, en los libros de contabilidad de la casa. No se trata sólo de una simple marca, es la cabecera de una crónica familiar.
Un ejemplo vivo es la familia Massana, dotada de un gusto altamente desarrollado para lo bello, dedicada desde antiguo al arte de la confitería y que ha dado a la ciudad de Barcelona algunos hijos notables. El joven Joan Massana (1786-1809), uno de los primeros propietarios del histórico Forn de Sant Jaume, murió en el patíbulo porque había conspirado activamente contra los invasores franceses. Otro retoño famoso de la misma familia, Agustí Massana, gerente de la célebre confitería de la calle Ferran, ideó la moda de decorar las monas de Pascua con figuras caricaturescas, y fue tal el éxito obtenido que, desde mediados del siglo XIX, puso fin a la tradición de las clásicas monas en forma de rosca o de coca.
Agustí Massana i Pujol (1855-1921) no limitó sus actividades al arte de la pastelería sino que fue también un erudito de vasta cultura y creador de una biblioteca completa sobre indumentaria y otras artesanías suntuosas, que legó a la ciudad cuando murió y hoy se conserva en el Institut Municipal d Història. También hizo otra generosa donación para fundar una escuela de artes plásticas donde se conservasen las tradiciones artesanales, debilitadas por la fiebre de la máquina industrial. Así nació, hace 77 años, la Escola Massana, impulsora eficaz de las tradiciones artesanales de Cataluña, que tuvo su primer establecimiento en la sede del Foment de les Arts Decoratives. En 1932 se trasladó a la Casa Ardiaca, y en 1935 a su actual emplazamiento en el hospital de la Santa Creu.
La Escola Massana ha sabido recoger la larga tradición barcelonesa en los oficios que exigen dedicación, aplicación y rigor, con las enseñanzas más variadas en la rama de las Artes: Artes del Fuego (fundición, cerámica, esmalte); Artes del Tejido (diseño de estampados, tapices, anudado de alfombras, encajes); Pintura (retablos, esgrafiados, vidrieras, mosaicos), y Escultura.
La Massana es la única escuela española donde se estudia la técnica de la laca según la tradición japonesa más estricta. Todo el material necesario para esta especialidad -incluida la resina del árbol urushi, empleada como aglutinante- se recibe directamente de Japón. Se trata de un compuesto de agua y ácido urúsico que contiene una enzima oxidante denominada lacasa con la que se preparan los barnices sólidos y duraderos que tanto hacen resaltar la belleza de los muebles japoneses en una espléndida variedad cromática.
Los navegantes catalanes trajeron a Barcelona muchas de las técnicas artesanas de Oriente, que descubrieron en los mercados de Alejandría o Constantinopla desde la Edad Media. Así, no es de sorprender que en los periodos del renacimiento artístico de Cataluña (el románico o el modernismo, especialmente) haya una clara influencia oriental. No resulta difícil encontrar en algunos museos europeos piezas de vidrio barcelonés que aparecen catalogadas como cristal de Murano. De Barcelona eran típicos los pequeños botijos blancos y azules con coronamientos encrespados, las luces esmaltadas y los porrones de decoración variada. En Barcelona se producían vidrios de las tres categorías, el más vulgar de ellos fabricado con la ceniza de una hierba del Llobregat llamada sosa que servía para las ampollas verdosas. Con la hierba valenciana conocida como barrilla se conseguía un vidrio más fino, pero las piezas más valiosas y transparentes se obtenían con la ceniza de tartrà, que es el poso del vino que sedimenta en las botas.
El vidrio permitía también la fabricación de pequeñas figuras decorativas de gran colorido, parecidas a las que todavía hoy siguen afirmando el prestigio de Venecia, como pájaros, imágenes, cestos de flores El vidrio barcelonés llegó a tener un destacado papel en el dominio de la técnica y en la fabricación de lentes y piezas ópticas de precisión. La Feria de los Vidrieros era uno de los acontecimientos barceloneses más brillantes en los siglos XVI y XVII, un espectáculo que se celebraba en el Born en colaboración con otros gremios y que fue descrito admirablemente por Tirso de Molina.
Toda esta vieja tradición artesana fue recogida por el espíritu de la Escola Massana, aunque en nuestros días los límites pedagógicos han sido ampliamente desbordados con la creación de nuevas secciones, como la del Diseño Gráfico o Diseño Industrial, donde se imparten conocimientos artísticos y técnicos imprescindibles para el mundo actual.
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