No hay campañas buenas o malas, sólo hay victorias o derrotas electorales. La frase, lapidaria pero irrebatible, pertenece a Karl Rove (Denver, 1950), el gurú electoral que el pasado 7 de noviembre cosechó la derrota más amarga de su trayectoria profesional en los comicios legislativos estadounidenses, que acabaron con 12 años de mayorías republicanas en ambas cámaras del Congreso.

Lo más extraño del que se supone portador de un olfato tan fino es por qué se empeñó en efectuar predicciones tan arriesgadas on the record.En mayo afirmó que los republicanos ganarían diez escaños en la Cámara de Representantes y apenas una semana antes de las elecciones insistió en que el partido de George W. Bush mantendría el control de la Cámara Baja. Pero, sobre todo, los resultados del 7-11 pusieron en tela de juicio una de las teorías más revolucionarias de Rove: que, contra lo que preconizaba la doctrina universal, las elecciones no se ganaban desde el centro, sino desde la derecha pura y dura, al menos en Estados Unidos.

Aunque parece que Bush padre no obtuvo la reelección en 1992 fundamentalmente por la candidatura del empresario texano Ross Perot, que, al dividir el voto conservador, propició la elección de Bill Clinton, Rove está convencido de que el primer Bush perdió por no cuidar suficientemente a su base conservadora y, sobre todo, por haber renegado de su promesa de no subir los impuestos. Así que en el 2000, cuando le tocó el turno al hijo, Rove pergeñó una campaña repleta de guiños a la extrema derecha, aunque fuera enmascarada en el denominado conservadurismo compasivo.

No se puede decir que la campaña fuera un éxito. El candidato demócrata, Al Gore, sacó medio millón más de votos que Bush júnior y sólo la tragicomedia de Florida y la intervención del Tribunal Supremo dispensaron el ticket a la Casa Blanca al candidato republicano.

Pero donde verdaderamente se reivindicaron las teorías de Rove fue en las elecciones presidenciales del 2004. Era tal la animosidad que provocaba el presidente entre las bases tradicionales del Partido Demócrata que su candidato, John Kerry, consiguió ocho millones de votos más que Al Gore cuatro años antes. Pero fue tal la galvanización de la derecha religiosa efectuada por Karl Rove, que Bush obtuvo un poco más de 62 millones de votos, ¡once y medio más que en el 2000!, con lo que batió un récord mundial absoluto, superado sólo recientemente por Lula da Silva en Brasil.

Esa victoria propició una autocomplacencia en los republicanos que resultó letal en las elecciones del 7-11. La guerra de Iraq, la corrupción y la arrogancia en el poder han hecho saltar por los aires las tesis de Rove.

En Catalunya, David Madí (Barcelona, 1971) basó la campaña de Convergència i Unió en una disyuntiva tajante, o el tripartito o nosotros. Aunque CiU fue ciertamente la minoría mayoritaria, sus escaños (48) quedaron lejos de los del tripartito (70). Concedamos - que es mucho conceder- el beneficio de la duda a los votantes de Esquerra, pero ni un solo votante de ICV ignoraba que su sufragio serviría para investir a José Montilla como presidente de la Generalitat. Los números son tozudos: PSC más ICV, 49 escaños; CiU, 48. Fueron la fuerza más votada pero, tras tres años de gobierno calamitoso, casi el 70% de los electores no votó al principal partido de la oposición. Es lo que hay.