VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA

"´¿Mi coronel, es esto la guerra?´, pregunta el soldado Puig entre balas"

Fue el primer corresponsal de guerra de La Vanguardia y el que más sed ha pasado nunca. "Tenemos la boca seca - escribía Josep Boada i Romeu-; la lengua, llena de una pasta viscosa, se pega al paladar. Si no llegan pronto los refuerzos, algunos no podrán resistir las torturas de la sed. ¡Morir de sed!... ¡Qué horror!... Tengo el vago presentimiento de ser de las primeras víctimas... Cerremos la boca; contengamos la respiración. No hablemos. Es preciso prolongar la agonía, los auxilios no pueden tardar...".

Eran los últimos días de octubre de 1893, y la guerrilla rifeña asediaba en Melilla el espectacular fuerte de Cabrerizas Altas. Más de 600 soldados y cinco periodistas hispanos estaban atrapados entre una lluvia de pólvora y sin una gota de agua.

"¡Qué imprevisión! - exclamaba el reportero-. Los dos aljibes que hay en el fuerte están vacíos... La tropa se halla cansada, sedienta por la excitación de la lucha. Los heridos piden a voces agua, dominados por la fiebre".

El periodista descubrió que la sed ronca, y lo empezó a escribir... "Los caballos, cansados y hambrientos, hacen resonar sus cascos en las vacías bóvedas de los aljibes (...)

Aunque todos sabemos que en los aljibes no hay una gota de agua, continuamente se ven numerosos soldados bajando con cordeles sus potes de hojalata para ver si logran recoger alguna porción olvidada... El ruido producido al chocar el metal en las vacías cavidades se oye sin cesar".

Hoy, esos potes de hojalata también chocarían contra cavidades vacías: sin valor estratégico, Cabrerizas Altas forma parte del acuartelamiento Millán Astray, y acaba de ser restaurado por la Legión, ladrillo a ladrillo, con cariño.

En su espléndida terraza, sobre los aljibes donde la tropa española de 1893 se deshidrataba, los militares sorben hoy refrescos y cócteles en fiestas señaladas. Y las cavidades, allí donde rebotaban los potes de hojalata, han sido acondicionadas para acoger - si fuera necesario- el archivo histórico de la Legión que ya llena otras salas del antiguo fuerte.

"Los soldados - explicaba el reportero- se agolpan en las cubas en demanda de algunas gotas del precioso líquido. Los abanderados, encargados de su custodia, procuran convencer a todos de la necesidad de sacrificarse en bien de los que yacen heridos por el plomo enemigo. Todos lo comprenden; pero la materia, dominando al espíritu, les obliga de nuevo a solicitar, con redobladas ansias, un poco de agua, algunas gotas solamente...".

"Se prepara el rancho de la tropa - relataba-... Para colmo de desdicha, el rancho ¡está salado!...".

"Llegará a un momento en que los líquidos faltarán por completo. La más elemental prudencia nos aconseja demorar todo lo posible ese momento. Se pasa entonces de mano en mano un pote de hojalata lleno de vino y bebemos todos un sorbo. No puede imaginarse martirio igual que tocar con los labios el fresco líquido, desear ardientemente absorberlo y tener que limitarse, cediendo a razones de incalculable importancia, a apurar una cortísima cantidad".

"No hablamos apenas - escribía Boada-: es forzoso ahorrar saliva".

Ahorrar saliva en un alucinante fuerte neomedieval coronado con arcos parabólicos, acabado de construir ese año de 1893 y que parece dibujado por el primer Gaudí.

- Es que don Antonio estuvo por Melilla - comentan hoy en la plaza africana-.

Es improbable que Gaudí pasara por aquí en su viaje de 1891 a Tánger, pero sí pasaron - a partir de esa guerra- algunos arquitectos modernistas catalanes que marcaron Melilla con su particular sello.

Pero volvamos a la pólvora del año 1893, a las "lenguas llenas de pasta viscosa".

"La noche ha cerrado ya - explicaba nuestro reportero-. En un rincón y en una sartén pringosísima hemos logrado una cuchara de rancho. Como no hay vajilla, ni medios de limpiarla por falta de agua, hay que comer con los dedos y entre la mayor suciedad (...) La luna, con sus pálidos rayos, ilumina el patio del fuerte. En la parte oscura se ve el sombrío bulto de los cadáveres. Entre el silencio de la naturaleza se oye el estertor de la agonía del moribundo... ¡Huyamos de allí!... Pero en todas partes nos persigue el especial ronquido, la fatigosa respiración de aquel cuerpo preso ya de las ansias de la muerte".

"El centinela continúa guardando la poca agua que aún queda en la cuba... Yen un momento en el que le parece que nadie le ve, no puede resistir la tentación... Se agacha con disimulo y anhelosamente lame el tapón, por donde rezuman algunas gotas, para refrescar de algún modo sus labios requemados por la sed. Lo ven algunos jefes, y vuelven la cara entristecidos por la fuerza de las circunstancias, que les habría obligado a fusilarle al darse por enterados".

La sed estiraba las horas como un reloj de Salvador Dalí. No consta que ningún pariente del pintor estuviese sitiado en Cabrerizas Altas, pero - mira por dónde- sí había un tío de Pablo Picasso, el capitán Picasso, que en un golpe de heroicidad rompió a caballo el cerco para pedir ayuda.

La sed derretía la existencia, y las espingardas y los remingtons rifeños agudizaban la sequedad de las gargantas. "Fuego tan espeso, comenta con la mayor naturalidad el coronel Serrano, jamás lo había oído ni en Cuba ni en el Norte cuando la guerra carlista - explicaba Boada-. El médico del regimiento del coronel, muchacho catalán, sereno como pocos, hace sus primeras armas.

- ¿Es esto la guerra? - le pregunta al poco de entrar en fuego-.

- Sí, amigo, pero retírese de aquí que este no es su sitio- contesta el general conociendo lo peligroso de aquel lugar-.

- Pero... ¿no hay más que eso? - replica Puig, que así se llama el valiente médico-.

- Nada más. Pero apártese usted de aquí, que el fuego arrecia - insiste cariñosamente el coronel Serrano-".

Un siglo después, más catalanes en Cabrerizas Altas. En 1974, un legionario ampurdanés llamado Joaquim Aymamí se encontró - ahora sí- a Dalí por Figueres y le pidió que dedicara un libro al Tercio Gran Capitán.

- En la Legión hay un montón de gente que escribe poesía - afirma hoy el subteniente Moreno acariciando el garabato daliniano en lo alto del fuerte-. Aquí hay más cultura de lo que la gente cree.

Pero en 1893 lo que había era una sed delirante. "A toda costa queremos salir del fuerte... vale más morir de una bala que de sed". Y, al cuarto día de asedio, el reportero de La Vanguardia y otro colega aprovecharon una fugaz apertura de la gran puerta para - "envueltos en una verdadera nube de balas"- atravesar el cerco a pie y llegar a Melilla.

"Entramos en una casa - relata-. Pedimos agua. ¡Nos parece un sueño!".

Y más catalanes en escenas que parecen soñadas: "Los soldados catalanes - explicaba Boada una vez liberado el fuerte-, organizados en coros, cantan delante de las tiendas de sus jefes. Otros bailan sardanas al son de la música de su regimiento".

Dos siglos después, Melilla la Vieja huele hoy a Jerusalén. La piedra es blanca y la restauración es impecable, casi ampurdanesa. En la plaza Pedro de Estopiñán, el Conquistador, hay una tienda de comestibles regentada por una familia musulmana. Es verano, el calor aprieta y el paladar se reseca.

- ¡Qué! ¿Has vendido muchas cervezas? - le pregunta un melillense cristiano al joven musulmán de la tienda-.

- Ya no vendo cervezas.

- ¿Y eso?

- Mira. Es lo que hay.