SOBRE CABALLERO BONALD
Más allá de un reciente congreso sobre el creador de 'Manual de infractores', el articulista reflexiona sobre el estilo en el escritor, a propósito del triple volumen titulado 'Relecturas' que recoge escritos críticos, ensayos y dibujos del autor gaditano
Días atrás se celebró un nutrido congreso sobre José Manuel Caballero Bonald en Jerez de la Frontera, su ciudad natal y marco literario directo o metaforizado de su obra. Fue un merecido homenaje con motivo de su 80º aniversario al fundador de Argónida, ese territorio imaginario que el poeta y narrador convierte en alegoría de las marismas de Doñana. La prensa ha informado del encuentro, pero ha pasado desapercibida la otra felicitación simultánea al gaditano, ésta en forma de libro: tres tomos titulados Relecturas que reúnen sus escritos de crítica y ensayos. La paciente recopilación acometida por el poeta Jesús Fernández Palacios se salda con un impresionante conjunto de 1.500 páginas de Prosas reunidas publicadas por la Diputación de Cádiz.
Estos volúmenes descubren a los lectores del veterano escritor su afición de dibujante y pintor. De esta actividad privada se presenta un buen muestrario, piezas no profesionales, pero sí simpáticas, curiosas, llamativas algunas por su punto de humorismo. Aparte de este material inédito, lo importante es el documento de medio siglo al pie de las letras, entre 1956 y 2005, dilatado por una amplia temática que va de la reflexión estética al flamenco. También se encuentran unas creativas páginas sobre el vino, ese elemento primordial de la generación del medio siglo a la que pertenece el autor.
Fueron estos niños de la guerra unas gentes que vivieron y bebieron, según no han tenido empacho en reconocer. Entre nuestro autor y el también activo Angel González, y otros colegas y amigos desaparecidos como Carlos Barral, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma o Juan García Hortelano, trasegaron varias cosechas enteras de caldos y whiskys. Algo tuvo tal afición de refugio frente a la España inhóspita de posguerra.
Unas cuantas de estas Relecturas se acercan desde una postura personal al debate estético forzado por el franquismo. Caballero Bonald fue uno de aquellos compañeros de viaje de la izquierda que admitieron algún grado de utilidad de las letras en la lucha contra la dictadura. Él mismo reconoce que Dos días de setiembre, su primera novela y una de las más notables de su época, está «a medio camino entre un deseo utilitario y una voluntad estilística». Esa instrumentalización de la literatura no pertenece, sin embargo, a las convicciones de un escritor que prefiere el territorio menos concreto de los símbolos, el irracionalismo, la ambigüedad y la creación verbal. De ello queda palmaria constancia en muchas de estas prosas: en su alabanza de ciertos escritores hispanoamericanos como Carpentier o Lezama Lima, en su admiración por lo «real maravilloso», en sus repetidas proclamas a favor del barroquismo. Al barroco dedica un detenido comentario donde aquilata su verdadero alcance: para él, no consiste en un puro gusto por la ornamentación sino que se trata de un modo de conocimiento, un camino para profundizar en la realidad, siempre enigmática.
Caballero Bonald pagó un tributo al compromiso político, aunque en mucha menor medida que los defensores del realismo social. Pronto, sin embargo, liquidó las hipotecas suscritas por culpa de una situación política anómala. Y antes que otros colegas decidió escribir según su gusto, respetando su temperamento, porque piensa que el estilo es el hombre. De todo ello queda constancia en estas páginas que a la vez iluminan la personalidad de su autor y dan a sus dudas y a sus opciones el valor de un testimonio de las vicisitudes de un tiempo.
El realismo no era el ideario de Caballero Bonald. Al revés, otorga la primacía absoluta al escritor barroco, al que es capaz de penetrar en el mundo «a partir de donde se quedó inmovilizado (en situación de coitus interruptus) el escritor no barroco». Con parecidas manifestaciones, contundentes aunque humorísticas, insiste en estas prosas: mientras que su predilecto escritor barroco «se va a la selva oscura del Dante, el que no lo es prefiere el bar de la esquina». Y no falta la provocación exagerada y divertida: «Me gusta repetir que, en literatura, lo que no tiende al barroquismo tiende al periodismo». Postura extrema, sin duda, pero punto de llegada explicable de quien, en contra de sus inclinaciones naturales, tuvo que hacer concesiones, siquiera pequeñas, al periodismo, a rebajar lo literario con lo noticioso.
En fin, que Caballero Bonald encarna ejemplarmente los dilemas de toda una generación y de una época entera. El desenlace de esta dilatada trayectoria ilustra cómo se restablecieron las cosas en su sitio: al cabo, triunfó el derecho de cada quien a escribir como mejor le parezca, sin dar cuentas a nadie por preferir el barroquismo o el periodismo.
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