CUADERNO DE MADRID

Diana Spencer ha muerto hace apenas unas horas en París y Alistair Campbell ya está en mangas de camisa. Espigado, despierto y elegante. Porque sólo los británicos saben lucir en mangas de camisa, sobre todo cuando son largos, huesudos y juegan a cricket con las neuronas. Campbell, absorto por la fiebre que se ha apoderado de la televisión, apunta en un bloc unas palabras que serán la gloria de su amo. Escribe el escocés: "La princesa del pueblo".

La escena de la libreta de Campbell es una de las más interesantes de The queen,película que hay que ver, por la extraordinaria interpretación de Helen Mirren y por ser una gran lección de política. Una de esas lecciones que sólo pueden dictar los británicos, dado su fuerte apego a los hechos. Para las ideas con labia ya están los intelectuales franceses.

Antes de quedar en fuera de juego por las mentiras de la guerra de Iraq, Campbell fue el arquitecto mediático de Tony Blair. Un auténtico spin doctor,intrigante expresión que da nombre a los actuales especialistas en marketing político: spin significa giro, pero también se llama así al toque especial que los jugadores de voleibol logran dar al balón. Y es una de las propiedades que describe la física cuántica - el espín del electrón-, algo muy complicado de entender para los que somos de letras, pero que viene a ser, a escala infinitesimal, como el movimiento de la tierra sobre su propio eje.

Unspindoctor es algo más que un manipulador de masas, sobre todo en estos tiempos en que las masas viajan en metro con el mp3 pegado a la oreja: cada uno a su bola, cada uno con su blog, su spin y su hipoteca. Toni Negri, izquierdista verboso que estuvo en galeras por dar apuntes universitarios a las Brigadas Rojas italianas, dice que hemos pasado de la masa a la multitud. Y que la multitud redimirá el mundo. El marxismo cuántico es así. Pero volvamos a Inglaterra.

Campbell, que antes de asesorar a Blair fue editor de Daily Mirror,el tabloide afín a los laboristas, capta con gran rapidez la onda emocional de la muerte de Diana y la transforma en sintagma. La princesa del pueblo es la más irresistible portada de los últimos años y a sus lomos Blair se convierte en el gran capitán del sentir popular. La monarquía, encerrada en Balmoral, trastabilla.

Llegados a este punto, Blair, plásticamente interpretado por Michael Sheen, muestra su verdadero talento. No se deja vampirizar por Campbell, siempre en mangas de camisa pero cada vez más embriagado por el éxito de sus intuiciones. The queen da ahí otra interesante lección de política: la inevitable tensión de los líderes con el narcisismo de sus colaboradores, cuando éstos se sienten creadores de realidad.No hay buenos guiones sin un claro liderazgo, pero ay del político que se deje dominar por sus guionistas. El último trienio catalán ofrece algunos interesantes ejemplos de ello. Enamorado de su ingeniosa personalidad, Pasqual Maragall acabó convirtiendo el difícil guión del primer tripartito en una sucesión de gags. Y Artur Mas seguramente ha dado demasiado margen a sus creativos cinematográficos. Veremos si José Montilla triunfa como héroe del cine mudo, pero le esperan grandes éxitos si el spin del catalanismo antropológico consiste en recriminarle, con una retranca más étnica que filológica, que no pronuncia bien las eses sonoras.

Los spin doctors no tienen muy buena fama - Campbell acabó triturado por la BBC-, pero no hay política sin relato. Nunca la ha habido. Yno hay relato sin golpes de efecto. Ahora mismo, en España, el presidente del Gobierno parece necesitado de un giro de urgencia, si no quiere morir asfixiado por sus astucias y sus bondades; por su discurso vaporoso y dulzón. Es curioso, pero le está pasando lo mismo que a Maragall con el Estatut: el enigma del País Vasco, siempre venenoso, siempre hosco, se ha apoderado de una narración que llevaba por título El príncipe de la paz. ETA lo tapa todo.

"¡España merece otro presidente!", se coreaba ayer en la manifestación de Madrid, mientras el señor Agapito Maestre, doctor en filosofía y orador estelar del acto, reclamaba el retorno de la España española y el ocaso de la felonía socialista con timbres del joven Primo de Rivera. Spin lo hubo, vaya que si lo hubo en la calle Velázquez. Pero muy centrista no fue.