LA TRASTIENDA

Me gusta mi país. Me gusta Cataluña con todas sus incongruencias. Disfruto de su poliédrico sentido de las cosas, de su complicada forma de explicarse, de los blancos y los negros, hasta de su Historia, llena de errores y aciertos. Cataluña no deja para más tarde analizarse con profundidad. Gracias a todo ello, han tenido la fortuna de desarrollarse en este lugar del mundo cabezas como las de Joan Miró, Salvador Dalí, Pablo Picasso, Antoni Gaudí, Pau Casals, Charlie Rivel, Ferran Adrià, Ignasi Barraquer, y otros más locales, pero igual de universales como Eduardo Mendoza, Josep Pla o Salvador Espriu. Me gustan los miles de microclimas que hay, la diferencias estéticas de su territorio y Barcelona como ciudad prodigiosa, mezcla de tanto y tantos. No puede existir lugar mejor en el mundo.

Pero todo ello es a costa de mucho. Cataluña es un lugar intelectualmente agotador. Su propia actividad, su pasión atemperada en la argumentación de muchas de sus ideas, su confrontación de posiciones, la hacen apasionante, pero cansina. La demostración clara de que es un país de matices, donde los pequeños detalles cuentan más que los grandes trazos y, por ello, tan difícil de entenderla. A pesar de ello, no podemos considerarnos diferentes. Quien ha viajado o ha vivido en otras ciudades lo sabe. Tampoco iguales.

Difícil de comer. Es cierto.

Pensaba en todo ello mientras asistía a los discursos de los seis representantes de las ahora seis formaciones políticas del Parlament. Ciertamente, no fue una sesión memorable, la segunda de esta octava legislatura. Creo que tendremos pocas sesiones memorables en los próximos cuatro años. El propio presidente electo de la Generalitat, José Montilla, ya lo dijo: «Soy discreto, pero transparente; no me río, pero estoy feliz de servir a mi país».

No voy a ser yo el que intente demostrar que detrás de la risa se encuentran grandes proyectos. Eso se lo dejo a los amantes de los libros de autoayuda que son líderes de ventas en las librerías, aunque los diarios no nos enteremos. La verdad es que confío poco en la autoayuda, aunque pueda servir para momentos de desánimo.El trabajo y el esfuerzo siempre están detrás de los grandes logros. Pero sí defenderé que la inteligencia es más propicia del hombre divertido que del serio. El secreto de Montilla ya fue desvelado el pasado jueves. Donde no hay risa hay esfuerzo.Tampoco es mala receta.

En todo caso, este método está alejado de uno de los aspectos más claros de la Cataluña de siempre: la originalidad, tan característica de Miró, Pla, Dalí, de los que también descendemos culturalmente, puede que hasta en mayor importancia que los Companys o los Macià.

Lo de Montilla ha sido como lo de Induráin. Que dio una buena clase de regularidad, pero pocas de arranques con el piñón grande.Y así, ganó y ganó Tours, pero no supo poner la carne de gallina a la afición. Nada que ver con Pujol o Maragall. Claro que, cada uno con su interpretación, dirá si han sido buenos o malos presidentes.Si han demostrado estar a la altura en sus trayectos o no. Pujol, en los momentos de crisis, como el 23-F o los pactos del Majestic, que trajeron los Mossos a Cataluña, y Maragall, en situaciones de alegría, como los saltos con su gabán negro en las fuentes de Montjuic recién llegado de Lausana o su imaginativa forma de enfrentarse a la organización de los Juegos.

Estamos en el momento del gris. Y puede que hasta sea bueno, tras tanta brillantez. Es el final de una etapa. Las conclusiones son interesantes cuando han pasado algunos años. Pero me arriesgo a decir que vivimos de réditos. Culturalmente, que es lo fundamental, durante los 60 y principios de los 70 se abrieron camino las mejores editoriales, los mejores arquitectos, buenos escritores, imaginativas compañías de teatro, fotógrafos, las primeras empresas de diseño, que en 2006 siguen demostrando su calidad. Después sólo ha habido cocineros y alguna excepción. Pasqual Maragall y Jordi Pujol son productos de esos años intensos.

Ahora es el tiempo de los Montillas. Respeto a los que consideren que eso es lo que nos hace falta. Puede que las necesidades pasen a catapultar a alguien que no quiera ser el único protagonista ni precise ser la estrella. Pero intelectualmente debo estar en contra de ello. No será bueno para la generación que está por llegar. Aunque si fuera coherente con el argumento, el gris al que nos conducen los políticos nos puede llevar a una nueva era de color. Por necesidad.

En Cataluña ha comenzado a concluir una etapa en el momento en que un hombre de Iznájar (Córdoba) llega a la presidencia de la Generalitat, en señal de normalidad. Las épocas grises son propensas a consolidar cotidianidades. No es mucho pedir que esa cotidianidad también se aplique a la lengua. Sólo es cuestión de trasladar al Parlament, a la educación, a la burocracia y a la justicia, pero en el otro sentido, la normalidad de las dos lenguas que conviven en Cataluña. Si quiere que no lo haga con fuegos de artificios. Pero que lo haga. A pesar de las dificultades será provechoso para su proyecto. La calle ya es así. Sin duda.

alex.salmon@elmundo.es

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