Cataluña tiene algo de entrañable: quiero decir: algo que ya estaba dentro de mí y se muestra ahora de repente, en Vilafranca del Penedés, acogiéndome y sacándolo no sé si a flor
De piel -quizás eso sería exagerar- pero sí de una manera hospitalaria y risueña. Estamos en un restaurante de la villa, muy cuco, y a los postres las sonrisas se mezclan con las historias. Todo el mundo cuenta de dónde viene, señalando aquello que le parece peculiar, y se parapeta tras un no sé qué que se queda balbuciendo y que es la amistad y las ganas de vivir. Àngels, Núria, Vanessa -las jóvenes poetas- han conquistado una esquina de la mesa e intercambian -las jóvenes generaciones ya no discuten- sus pareceres; Jordi Llavina, a mi lado, me pide que le cuente las historias que le he contado mil veces. Como un niño que quiere dormir, y después de dormir irse a jugar, me pide que le cuente las historias que le he contado mil veces.
-¿Es verdad que cuando estuvisteis en Bretaña os confundieron con palestinos? - picotea.
-¿Cómo no nos cuentas aquella historia tuya, cuando aquel corresponsal os llamó porque había habido -«por fin»- un crimen horrendo en su pueblo y su crónica, tras haber mandado cientos de ellas en los últimos veinte años, iba a aparecer en primer página? -insiste.
-Jordi: te he contado lo mismo mil veces -le digo.
-Venga, no hagas de rogar.
A la hora de los chupitos, efectivamente, son necesarias las palabras para calmar la sed de vida. Hoy, sin embargo, no tengo el día. A mi lado, una librera bien plantada de Vilafranca me dice:
-Pues yo el año pasado he estado en la Antártida y allí coincidí con dos asturianos.
-¿No me digas! -digo, mientras me echo un vaso de orujo.
-Sí, eran diseñadores. Seguramente los conocerás.
No, no conozco diseñadores asturianos -ni de ningún otro sitio- que hayan estado en la Antártida. En realidad, a la única persona que conozco que haya estado allí es a esta librera que me dice, mezclándose el humo blanco de mi cigarrillo con la pregunta de sus ojos, que ha estado allí con unos asturianos.
-¿Y cómo fue aquello?
-Raro. Íbamos en un barco y al final nos daban una especie de diploma. El capitán nos iba llamando por nuestros nombres, en una ceremonia, y cuando los recibíamos, la gente aplaudía. En el barco nosotros éramos los únicos catalanes. Había australianos, argentinos, noruegos, neozelandeses y los dos asturianos que te digo. Cuando llegó nuestro turno, el mío y el de mi marido, los dos asturianos comenzaron a silbar, con mucho choteo, la Marcha Real.
-¿La marcha real? -preguntó.
-Sí, el himno de España.
Me imagino la Antártida. Un espacio blanco, sin personalidad, un desierto donde no existe -porque no hay gente- el comercio de la palabra. ¿Irse tan lejos, al otro lado del mundo, para reírse de unos catalanes -de los que no saben nada- qué sentido tiene?
Avergonzado musité:
-No todos los asturianos somos así.
-No, si ya lo sé -respondió ella.
Me pregunto que harían dos diseñadores asturianos en la Antártida. ¿Buscar tal vez un equilibrio entre la nada y la nada? Esa inmensa superficie blanca, vacía de vida, ¿les propondría algún horizonte de expectativas? Asturias: la Antártida. Aquí los pingüinos tienen dinero.
-Pero, Xuan, cuenta tu historia -me dice Jordi.
Contesto: ya la he contado muchas veces, pero el secreto sigue si desvelarse del todo. La escribió, mucho mejor de lo que yo la voy a contar, Alfonso Castelao. En un pueblo de Asturias había una loma y en el pico de una loma un castillo. Dentro del castillo había una cripta y dentro de la cripta la tumba de una princesa. La leyenda decía, y la leyenda se contaba en las tabernas del puerto, que la princesa se había muerto de amores. Un día el maestro, el juez, el cura, el médico se fueron de excursión a la Antártida, digo al castillo. Abrieron la tumba y encontraron un esqueleto, todavía bello, de una niña de quince años. Y en el fondo del ataúd, dos o tres kilos de pepitas de cerezas.
-Esta princesa no se murió de amores, dijo el médico, sino de una 'fartura' de cerezas.
Sí, yo, que nunca he estado en la Antártida, ni ganas que tengo, digo lo mismo que Castelao: «Hai xente que nun sabe callar».

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