La Coctelera

Caffè Reggio

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26 Noviembre 2006

El catalán está hoy, más que nunca y pese a la política lingüística, en peligro de extinción, de Montserrat Nebrera en El Periódico

LOS USOS SOCIALES EN UNA COMUNIDAD BILINGÜE

Anthony Burgess aplicó su teoría sobre el lenguaje cuando asesoró la memorable película cuyo título he dado a esta modesta reflexión sobre los usos y abusos de la lengua en el actual momento político catalán. Según Burgess (y muchos más), el lenguaje habría nacido de forma instrumental y ligada al desarrollo cultural de las distintas manifestaciones homínidas en un pasado remoto. Compartiría por ello el prestigioso ensayista un axioma capital para abordar el tema: las lenguas no pertenecen a los territorios, ni siquiera son de las personas; por el contrario, son estas las que, condicionadas por su espacio-tiempo, lo están también por una lengua determinada, aquella que define, en palabras de Noam Chomsky, su competencia lingüística. Bilingüe es, así, el individuo que, construido mentalmente en torno a una lengua, traduce internamente a otra con tal velocidad que ni siquiera él sabe en qué lengua piensa, por más que ello no niegue que solo cabe pensar en una.

Es riqueza acumular, junto a la competencia lingüística originaria, tantos conocimientos de otras lenguas como se pueda, aunque en sentido profundo solo lo es cuando tales lenguas se dominan de verdad, pues ensancha la capacidad de aprender una nueva sin detrimento del buen hacer en cada una de ellas. No es el caso de Catalunya, sin embargo, donde siendo la mayor parte de la población bilingüe social, su competencia en ambas es crecientemente deplorable, como se advierte sin recurrir al informe Pisa de turno. Conocer muchas lenguas (aunque sea chapurreadamente) nos hace más competitivos, pero no hacerlo bien en ninguna, nos aleja de los ideales de la cultura.

Junto a estas evidencias se produce incontestablemente otra: las lenguas, todas ellas, tienen una vida, lo que supone nacimiento y muerte. El lenguaje humano, verbal y no verbal, permanece desde el misterio al que aludía Stanley Kubrick en el inicio de 2001, una odisea del espacio, pero sus manifestaciones idiomáticas, siempre a la deriva, van desapareciendo, ya sea por desuso, por aniquilación expresa o por asimilación en otras. Ni el enormísimo latín, tan central en nuestra historia, sobrevive hoy más que en raíces y residuos a través de las lenguas romances, incluso aunque Ratzinger se haya empeñado en atraerse a los lefebvrianos a través de la recuperación del rito preconciliar en la misa.

AHORA BIEN, la constante desaparición de lenguas no es óbice para no reclamar de particulares y poderes públicos una actitud militante en pro de su conservación, no solo porque es patrimonio cultural del más alto nivel ese vehículo del pensamiento, sino porque las lenguas exteriorizan nuestros modos de ser, la identidad, que dirían algunos. Ello no significa que la lengua sea, como algunos interesadamente defienden, elemento conformador del hecho nacional. Poseídos por las lenguas, más que poseedores de las mismas, compartiendo un mismo modo de expresión verbal de sus emociones y pensamientos, los integrantes de una comunidad pueden constituir nación o no, dependiendo de muchas otras cosas, de modo que nación y lengua no están asociadas más que para quien lo pretenda, y para aquellos a los que logra convencer. El País Vasco y Catalunya son un claro ejemplo.

Algunos políticos no serán capaces de admitirlo en público (por intereses de partido o por orgullo mal entendido), y una enorme parte de la población no lo sabe, pero el catalán es hoy, más que en ningún otro momento desde la normalización fabriana, una lengua en peligro de extinción. Una política lingüística (cada vez más salvaje por sus formas y por la falta de explicaciones como esta) no ha podido evitarlo ni evitar la paradoja: cuando el catalán estaba proscrito en las aulas y en las instituciones, se hablaba fluidamente en la calle; ahora que la apariencia pública excluye el castellano, los usos sociales pesan tanto que hasta ha surgido una formación política ad hoc, que se arroga sin razón alguna ser pionera en hablar de la libertad en este ámbito, aunque lo haga desde dos hechos ciertos: se rechaza a buenos profesionales por no saber catalán, pero es creciente el número de catalanes, ironía del destino, castellanohablantes. Más que nunca, por más proscripción pública que se haga de ellos, esa es la realidad.

Y ASÍ LLEGAMOS al meollo de la cuestión: no acepto la dignidad del político que pretende hacer de su incapacidad personal una virtud pública. Que nadie diga con orgullo que hablará en castellano porque así lo hará mejor. Esa justificación, que en un ciudadano de a pie es no solo comprensible, sino signo de los tiempos, no constituye estandarte de nada más que de sus particulares carencias en la palestra pública. Yo, que pienso en castellano, que creo que cualquiera en público y en privado puede y debe ser libre en su expresión, que no puede obligarse a nadie a hablar en una lengua u otra por respeto a la autodeterminación personal, la única universal y defendible desde cualquier ideología democrática, niego tal derecho a quien esconda en el defectos. Porque esconderlos es lanzar la población, como un escudo, por delante del escaño que esas mismas personas le han dado.

Cada parlamentario es, no se olvide, la representación del todo, incluso de los que no votaron. Exigiría de cada uno la ejemplaridad moral, antes que nada, y mucho más que escandalizarnos por la corrupción ajena, ejemplar sería que cada uno de los que nos sentemos, con honor, en la asamblea legislativa catalana, hiciéramos examen de conciencia de lo que hemos decidido jurar. Mentirnos y mentir en torno a las razones de nuestros principales gestos no me parece el mejor comienzo para nuestra búsqueda del fuego. Aunque mucho me temo que eso no evitará que me venga de natural dirigirme al señor Montilla en castellano.

Montserrat Nebrera. Diputada del PP en el Parlament.

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