De cómo Ella, sin tiempo, le pide que escriba en su nombre la última carta y de cómo Él recoge el guante, de Luis María Anson y Cayetana Álvarez de Toledo en El Mundo
DOS EN LA CARRETERA
El intercambio epistolar comienza con Él atento a la campaña que un rabino ha emprendido contra la minifalda, pero Ella prefiere recordarle su artículo del martes para plantear el dilema entre monarquía y república. Él contesta que la forma no importa, y Ella le agradece su tono didáctico para confesarle, a continuación, que sus quehaceres políticos la han dejado sin tiempo para redactar su tercera y última carta, por lo que le cede la responsabilidad de redactarla por poderes, eso sí, con algunas limitaciones. Él accede, aunque le reprocha en el fondo su absorbente vocación política, y que le imponga condiciones.
ENTRE EL RABINO Y LA MONARQUIA
Querida Cayetana...
El rabino hebreo Yosef Eliashir se paseaba ayer por la calle Génova, te vio entrar en la sede del PP con tu minifalda rubia y, conmocionado, ha emprendido una campaña contra lo que él llama ropa impúdica y forma de vestir lasciva. Con los rabinos integristas has topado, niña. Son peores que Zapatero.
La minifalda, que es la prenda que deben llevar con frecuencia las chicas como Dios manda, se inventó en Grecia. Para coronar a los atletas vencedores en los juegos olímpicos, y también en los píticos (Delfos), ístmicos (Corinto) y nimeos (Peloponeso) se hacía un concurso entre las vestales más guapas de los templos. A la virgen triunfadora, a la miss vencedora, se le cortaba la clámide muy por encima de la rodilla y se la llamaba la fainomérida, que significa «la que enseña los muslos». Píndaro en sus Odas Triunfales cuenta todo esto y exalta desde a Tesalio Hipocles, en el 498 a.C., hasta, muchos años después, al luchador en la palestra Teco de Argos, en el 444 a.C. Los epinicios del poeta tebano, que era un aristócrata dórico, son aleccionadores pero el rabino no ha debido leerlos.
Dos mil quinientos años después, Mary Quant restauró la minifalda que ha podido, temporada tras temporada, con las veleidades de los grandes modistos. Ahí está, ahí sigue de moda. Las jóvenes minifalderas, muchas veces, gracias a Dios, también ombligueras, llenan de belleza las calles de Tel Aviv que las he visto yo, por mucho rabino que las píe. En tiempos de Franco, en los templos se ponía el cartel: «Prohibido entrar con manga corta o sin medias». Como si la procacidad estuviera en la ropa y no en la persona.
Querido Luis María...
Tu artículo del pasado martes me ha obligado a reflexionar sobre un tema del que todavía no hemos hablado en estas cartas: la monarquía. Poca gente conoce como tú el delicadísimo equilibrio ideológico, histórico, social, político y gestual sobre el que tuvo que navegar Don Juan para preservar a la institución de la Escila de la izquierda revolucionaria y el Caribdis de la derecha falangista. Y nadie defiende con más voluntad y acierto el papel heroico y trágico que le tocó jugar al hijo y padre de reyes.
Hoy, el principal reto de la monarquía es el de siempre: cómo reconciliar la irracionalidad y, por decirlo pronto y bien, la inherente injusticia del sistema monárquico con la organización de un Estado moderno. Supongo que habrás visto The Queen, película de Stephen Frears construida en torno a esta aparente contradicción. El argumento se basa en la reacción, fría, institucional, perfectamente coherente de Isabel II ante la absurda muerte de Lady Di, y las sugerencias, primero, exhortaciones, después, de un recién nombrado Tony Blair para que Buckingham Palace se avenga a la conmemoración catártica que reclamaban la prensa y el pueblo. Mientras las flores y la impaciencia tapizan las verjas indiferentes del palacio, la reina se refugia en la infinita soledad metafísica de Balmoral, donde sus nietos conjuran la muerte de su madre a la caza de un majestuoso ciervo de 14 puntas. En tensas llamadas telefónicas, se enfrentan dos conceptos del Estado antagónicos: el de la monarquía, basado en la costumbre, y el del primer ministro, sustentado en la legitimidad que otorga el sufragio universal. En un ejercicio de seducción mutua, tanto la reina como el primer ministro acaban cautivados precisamente por el tipo de poder que no ostentan. All's well that ends well y la reina, en un ejercicio de inteligencia fruto de un instinto de supervivencia perfeccionado a través de los siglos, finalmente consigue rescatar el afecto de sus súbditos con una concesión calculada a la presión popular.
Pero, ¿hasta dónde? Y, sobre todo, ¿hasta cuándo? La intuición le dice a la reina que no debe ceder a las inagotables exigencias de la modernidad: primero, por un elemental sentido estético y moral de la dignidad; pero también, quizá, porque es consciente de que cada una de estas concesiones le acerca un paso más al fin de la monarquía. Es un dilema que sin duda conoces: si se trata de ir reconociendo, una a una, las contradicciones del sistema, si se trata de ir plegándose a la implacable lógica democrática, la conclusión difícilmente puede ser otra. Y, sin embargo, la sonrisa contenida de Isabel II no habla de despedidas ni presagia revoluciones que ni siquiera la progre y atolondrada Cherie desea. Es la imagen frágil y sabia de la estabilidad en movimiento.
LA SOBERANIA Y LOS DERECHOS DIVINOS
Querida Cayetana...
La cosa es bien sencilla. La soberanía nacional reside en el pueblo, no en el rey. Y es el pueblo el que a través de la voluntad general libremente expresada hace las leyes por medio de los diputados que le representan en el Congreso. En las ocho monarquías europeas, el pueblo limitó las funciones del rey al arbitraje y la moderación entre instituciones y a la representación pública de la nación. En algunos casos es también el jefe de las Fuerzas Armadas. Los pueblos de Suecia, Noruega, Dinamarca, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y España han entendido que el rey o la reina, respaldados por el sufragio universal de los siglos, ejercen con igual o superior eficacia que el presidente de una república parlamentaria las funciones de arbitraje y moderación, así como la representación de la nación.
En el último referéndum monarquía o república, que se celebró en la nación vanguardia del mundo, Australia, hace cuatro años, el pueblo se pronunció a favor de la monarquía de forma abrumadora, a pesar de tener una reina lejana. Pienso que entre una república presidencialista y una monarquía parlamentaria, los australianos habrían votado por la república. Pero entre una monarquía parlamentaria y una república parlamentaria, el pueblo entendió que las funciones de la jefatura del Estado las ejercía más eficazmente la reina.
A muy poca gente importa ya la forma de Estado. Lo que importan son los contenidos. Si tú me preguntas, querida Cayetana, qué prefiero, la república alemana o la monarquía del sátrapa de Arabia Saudí, te contestaré, claro, que la república alemana. Si yo te pregunto a ti qué prefieres, la monarquía danesa o la república de Mobutu Sesé Seko, del Congo, me responderás que la monarquía danesa.
En la última clasificación de la ONU de las naciones del mundo por desarrollo y calidad de vida, entre los diez primeros países figuran siete monarquías parlamentarias, entre los veinte primeros, doce monarquías parlamentarias. Si en todas esas monarquías el rey cumple eficazmente con las funciones que le ha asignado el pueblo, la corona se mantendrá. Si el rey no cumple con esas funciones o pierde la ejemplaridad moral, el pueblo derribará la monarquía. La institución no tiene otra razón para permanecer que la utilidad. Se terminaron hace mucho tiempo las magias, los derechos divinos y otras camelancias dinásticas o cortesanas.
Querido Luis María...
Me han gustado el tono sobrio y el contenido didáctico de tu carta, que me ha recordado la famosa frase de Talleyrand: «La monarquía debe ser gobernada por demócratas, y una república por aristócratas». Estamos sin duda ante un asunto delicado y complejo. Lástima que esta semana no tenga tiempo para ahondar en ello. Por razones de fuerza mayor relacionadas con esta vocación política mía que tanto te desconcierta y tan poco te fascina, tendré que cederte el resto de la página y también la pluma. Sí, incluso te autorizo a que circunstancialmente ocupes el asiento del copiloto (si es que hasta ahora conducías tú) y escribas mi tercera carta. Esto sí que es una demostración de confianza, de la que francamente espero no arrepentirme. Sólo te pondré algunas condiciones.
Entre los asuntos que trates en mi nombre, me gustaría que figurase la manifestación de las víctimas del terrorismo y el proceso de negociación política con ETA. Te dejo que critiques duramente al presidente del Gobierno, pero en ningún caso puedes meterte con el PP, que bastante tenemos ya con las injurias volcánicas de López Garrido y las sinuosas intoxicaciones de tu amigo Rubalcaba. Tampoco estaría de más que citaras la encuesta del CIS, que corrobora lo que hace tiempo te vengo diciendo respecto a nuestras posibilidades de ganar las próximas elecciones generales. Y que hicieras alguna mención al dramático fracaso de la Ley contra la Violencia de Género -dos millones de maltratadas y más de 60 muertas en lo que va de año- y, aunque sea de manera lateral, a la Ley de Igualdad, gracias a la cual las mujeres nunca más sabremos si nos fichan o ascienden por mérito propio o porque la tiranía de la cuota impone otra fémina. En fin, Luis María, estos son tus generosos parámetros de actuación. Diviértete, diviértenos y no me hagas quedar mal. El domingo a primera hora te llamo. Ah, se me olvidaba un detalle importante: quedan absolutamente vedadas la prosa erótica y las cartas de amor.
ANSON ESCRIBE Y SE CONTESTA CON LA VENIA
Querida Cayetana...
No sólo no me declaras amor en tu segunda carta de esta semana sino que próvidamente la dedicas a ponerme límites y censuras. Acepto de buen grado tantas recomendaciones que procuraré incumplir de forma escrupulosa. Nuestros lectores que crecen, por cierto, como las manifestaciones de la AVT, esperan que algún día arríes la bandera de la so-lemnidad, le hagas novillos a Acebes y te vengas conmigo a un teatro alternativo o, tal vez, a una exposición de Millares o Marga Dirube.
Aunque a ti te gusten más Simónides y Baquílides, la superioridad de Píndaro al cantar los Juegos Olímpicos y sus vestales minifalderas me parece incontestable. No sé por qué rehuyes el tema. Frente a papanatas como el rabino Eliashir, escandalizado por tu minifalda, Píndaro exaltó al lidio Pélope, un tipo como Dios manda, bastante ansoniano ante la belleza femenina. Este Pélope era hijo de Tántalo, un cabroncete que ofendió a los dioses, incluso hubiera menospreciado a tu adorado Rubalcaba, al rechazar el néctar y la ambrosía que le servía Ganímedes. Le condenaron a un atroz suplicio. Afrodita decidió salvar a Pélope, del que se enamoró por cierto el cacorro Posidón. Menos mal que Hipodamia, hembra de acentuadas virtudes, y turgentes, se ventiló a Pélope y puso las cosas en su sitio: «Duramos un solo día -escribe Píndaro con eco en Sahkespeare y Calderón-. ¿Qué somos? ¿Qué no somos? Sombras de un sueño es el hombre». Los epinicios pindáricos exaltan la historia mítica de Cirene y la leyenda de los argonautas. «Cuando los dioses nos conceden un resplandor de gloria, entonces nos envuelve una gran luz y la vida es dulce», escribió el poeta clásico pensando en Acebes y la victoria que tú anticipas en las generales. Lo que no sé es si a Gallardón le crecerá, como a Píndaro, un Tifón, aquel hideputa que no quería saber nada de cítaras y minifalderas y fue sepultado bajo el Etna. De tiempo en tiempo todavía ruge.
Querido Luis María...
Como de sabios es rectificar te retiro todas las limitaciones de mi segunda carta para que hagas lo que has hecho toda tu vida: lo que te dé la gana.
Las manifestaciones de la AVT, querido Luis María, son la bofetada que más enrojece el rostro de Zapatero, la evidencia de la indignidad nacional de su negociación con ETA. María San Gil ha denunciado los embustes con el mismo valor con que Loyola de Palacio lucha contra el cáncer. Juan de Palafox que, como sabes, fue obispo sagaz, azote de jesuitas, inteligencia lúcida en la España decadente de Felipe IV, dijo que la verdad en la calle se hace doble verdad. Max Weber afirmó en 1919 en La política como profesión que Alemania no podía aceptar cabizbaja una paz que resultaría efímera. Tu enaltecido Rubalcaba, aunque sea el más listo del Gobierno, naufraga en la incompetencia. Ni él ni Zapatero han leído a Weber. A diferencia de lo que pensaba nuestro admirado poeta Gil de Biedma, hay gente que tiene convicciones y ellas mueven la voluntad. Las víctimas del terrorismo saltan a la calle porque creen en lo que defienden. La última encuesta del CIS demuestra que la oposición del PP es ya alternativa. Nos escribiremos todavía muchas cartas hasta que, en las próximas elecciones, los ciudadanos retiren a Zapatero de sus ocios y ocurrencias, de sus paseos por los jardines decadentes de La Moncloa.
Por poderes,
Cayetana Alvarez de Toledo.
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