El mirador
Tal vez sean los efectos del otoño sobre las hojas caducas de la Ciutadella, pero que no hubiese ni una triste y tradicional manifestación frente al Parlament y en tan señaladas fechas parece indicar que, más allá del oasis pujolista y de las tormentas en el desierto maragalliano, nos llevan a un lugar de aguas estancadas. Que lo más sugerente del primer cuerpo a cuerpo entre Mas y Montilla fuesen los lamentos del primero, la mano tendida del segundo y el enfado del líder convergente porque el futuro presidente dijese que CiU se ha quedado sola, recordaba la canción que plañía: "Sola en la vida, soltera y sola en la vida, por una mala partida, ¡ladrón!"
Que a estas alturas Mas se enfade porque le hagan sentirse solo, fané y descangayado nos sonó a tango que, como todo el mundo salvo Argentina sabe, es lamento de cornudo. Y que la respuesta de Montilla fuese tender una mano a la pareja que abandonó frente al altar sociovergente pareció el último gesto de mala conciencia de quien igual un día deba volver a casa arrepentido y con el rabo entre piernas. Así que uno tendía su mano, el otro la suya, pero ninguno acabó por estrechar la del otro y al final se consumará la ruptura de la prometida pareja y el inicio de un trío compuesto por cuatro o cinco, según se mire.
Monotonía otoñal tras el hemiciclo y Carod definiendo un catalanismo "que no será de fin de semana, sino de lluvia fina". Abandonaron la sala muchos diputados de CiU que ven en él al causante de todos sus males nacionales. Palabras de amor contractuales entre Montilla y su futuro vicepresidente, que a lo peor un día podrían acabar como Felipe González y su vicepresidente, y eso que eran amigos sevillanos de toda la vida. En boca de todos, viejos reproches sobre quién votó sí y quién votó no al Estatut y a la Constitución europea, y sobre quién desplegará o no desplegará las sábanas estatutarias del tálamo catalán. "Encerrados en un solo juguete", nos musitó al oído José Zaragoza, más conocido como el malo de la película que como buen lector de Juan Marsé. Encerrados aún y peleándose aún con en el mismo juguete que hastió, desilusionó, hizo abstenerse y deja indiferente a una creciente parte de Catalunya.
En ese ambiente, Josep Piqué se llevó el gato al agua a la hora de la curiosidad y el interés del público del acto. Fue cuando empezó a preguntar por los Mossos y por la conselleria de Interior, queriendo saber qué pasará cuando le toque repartir leña a los okupas a quien tiene por compañera a una concejal que se declaró okupa. Puso cara de telón de acero verde de bilis Joan Saura. Y a la consellera Tura se le puso rostro de Virgen de las Angustias. Ningún problema, porque al acabar la sesión no había frente al Parlament ni una triste manifestación.

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